ZARATUSTRA HABLÓ

En un principio era la luz.
La luz y el fuego del único y todopoderoso Ahura Mazda, el Dios que reinaba en el gran imperio persa desde que Zaratustra, o Zoroastro, comenzara a expandir las bondades de esta religión allá por el 1600 a. C. De este autoproclamado profeta poco se conoce porque sus orígenes viven más en el terreno de la leyenda que en el de la historia. Lo que sí ha quedado han sido los preceptos que regían esta nueva religión, una de las primeras monoteístas que se conocen y que difundía la teoría dualista de la inevitable lucha entre el bien y el mal, entre las tinieblas y la luz. Vistos hoy sorprenden por su modernidad ya que creían en la igualdad de las personas al margen de su religión, raza o sexo, censuraban la opresión del ser humano y ¡hasta condenaban los sacrificios de animales! Quizás por esto, y según cuentan, los persas tenían fama de tolerantes ya que, por ejemplo, permitían la coexistencia religiosa y no maltrataban (según el gusto de la época) a los prisioneros. Ciro El Grande y Darío parece que eran seguidores del zoroastrismo e incluso Ciro II permitió a los judíos que estaban cautivos en Babilonia que regresaran a su tierra.
Supuesta tumba de Ciro Templo de Zoroastro Lugar donde enterraban a los muertos
LA MUERTE

Uno de los ritos que más nos llaman la atención a los occidentales era el funerario. La llama que simbolizaba a la divinidad era tan pura, que ni la muerte podía rozarla. Los cadáveres por tanto no se incineraban como en la India, y tampoco se podían enterrar porque contaminaban la tierra. La solución la encontraron en las Torres del Silencio. Tras este poético nombre está una construcción, aislada en medio de una tierra siempre árida, en forma de colina terminada en una especie de meseta. Allí arriba, en la explanada era donde los sacerdotes depositaban los cuerpos para que los buitres y luego el sol se encargaran de acabar con todo lo que no fueran huesos blanqueados. Unos restos que después se arrojaban al osario desde un agujero en el centro de la plataforma. Mientras los familiares, que podían haber venido desde lejos, descansaban en unos albergues a los pies de la colina.
Y LLEGÓ EL INVASOR
Este ritual como otros muchos fue ahogado entre las fuertes olas de la nueva religión que entró en Persia. Después de unos mil años de existencia, en el 637 llegaron los árabes y con ellos el fin del imperio Sasánida y el ocaso de la religión de Mazda. Con paso lento pero imparable, Alá acabó con cualquier expresión que no viniera por boca de su profeta, Mahoma. El otro gran enviado, Zoroastro, quedó entre las brumas de algo parecido al olvido durante muchos años.
Maravillosos frisos en Teherán Contrastes de Teherán Quom
Desde entonces Persia ha vivido con la nueva religión, pero conscientes de ser los herederos de un gran imperio y de que su cultura era otra. De hecho, cuando se impuso el árabe como lengua oficial lograron mantener estructuras y vocabulario propios que aún están presentes en el persa actual. También fueron los únicos que tuvieron una Revolución Constitucional por la que ya en 1906 se dotaron de una Carta Magna que establecía una monarquía parlamentaria y la separación tripartita de poderes. Quizás por todo esto, que se les confunda con los árabes ha sido algo que siempre han llevado bastante mal.
Quom Mezquita de Quom En más dde un sentido, Quom
HOY
Hoy en sectores de la población, sobre todo entre los jóvenes e intelectuales, se está viviendo un renacer del nacionalismo frente a la dura represión de la dictadura chií. Curiosamente se reivindica la figura del Sha Reza Pahlevi (quién se lo iba a decir a él cuando tuvo que salir huyendo) como un persa que modernizó el país y que ya habló de un resurgir del nacionalismo iraní. Pahlevi fue quien en 1935 cambió el nombre de Persia por Irán, que deriva de la palabra “Ario”, en un intento por reivindicar unos orígenes diferentes de los semitas. Esto duró hasta 1979 cuando la Revolución Islámica instauró el régimen de los ayatolás.
Y contra él se vuelve a hablar hoy con más fuerza de Mazda y de su fuego eterno, del que dicen que no han dejado apagar en mil años. Y están orgullosos de su arquitectura y de sus poetas, como Omar Jayyám, y su libro Ruba’iyyat, un canto hedonista escrito en el s. XI y descubierto en Europa en el XX. En España llegó incluso a ser muy popular entre la progresía de los años 60 y 70.
La batalla es desigual, pero el sentimiento de identidad iraní se está levantando. Zoroastro versus Mahoma.
Plaza de Isfahan Sala de música en Isfahan Isfahan
Isfahan Isfahan Isfahan
Mujer en Shiraz Puestos en Shiraz Jóvenes en un parque de Shiraz
Puerta de las Naciones (Persépolis) Reflejos en Shiraz Torres de viento en Yazd
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Interesante y clarificador artículo que, junto a las estupendas fotografías, constituyen un valioso reportaje
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