Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Impulso irresistible

Un encuentro decisivo

Fotografía: Joshua Choate (Fuente: Pixabay).

Cada vez que salimos a la calle nos exponemos a muchas cosas, pero principalmente nos aventuramos no sólo a pasear o ir directamente al trabajo, a hacer gestiones, recados o compras, sino ante todo a algo que nos mantiene en nuestro natural estado de persona, en donde incluir la necesidad de un saludo, de vernos con alguien, de hacer una breve exposición sobre el tiempo que hace o sobre la luminosidad de la mañana otoñal en nuestra bendita tierra mediterránea, de una ayuda si se observa una necesidad, de un comentario breve si hay confianza para ello acerca de las cosas que pasan o de lo escuchado o visto en las noticias que a veces nos tienen preocupados sobre todo si se pone en evidencia el peligro que puede acarrear alguna decisión política desabrida o fuera de control por incontinencia verbal en cuanto al más idóneo o preocupante uso del lenguaje, o de algún descarado lance no sólo a los adversarios, de cuyas reacciones pueden esperarse tensiones que podrían tener consecuencias, inconveniencias o disparatado uso oral de lenguajes entre rivales no muy dispuestos a ceder en poca cosa para quitar hierro a situaciones tensas. Estamos viviendo en esta alteración generalizada que va acompañada de mucho ruido de sables y de inconveniencias fuera de una lógica de normalidad y de buena voluntad. Ese clima mantenido en tensión por los representantes de toda esta nación es, además, totalmente inoportuno cuando España está sufriendo un ataque viral de consecuencias no totalmente controladas pero ciertamente mortales y con verdadero dolor para tantas familias.

Hemos salido a dar una vuelta y hemos llegado a reunirnos hablando todos de los mismos asuntos que son preocupaciones que nos mantienen alterados, sin apenas sosiego ni tranquilidad en el ánimo. Y cuando somos ya unos cuantos, aunque nuestro pensar ideológico tenga lógicas distantes y hasta sumamente dispares, sabiendo que lo que se mide (y se compara, y de lo que se discute) es el plan y el orden de nuestra convivencia saludable, cotidiana, voluble en todos por igual, creemos que lo mejor es dejar suelta la lengua y que de cada boca salga todo el ardor y el ácido que se va acumulando, cosa de la que hacemos culpables a los que no piensan como nosotros, a los que son enemigos (palabra que no existiría de no ser porque forma parte de una familia enloquecida que procede del odio, del que surge la envidia, el enfrentamiento, el insulto y deseo de venganza de no se sabe qué mal se habrá creído que hacen los que llamamos delincuentes o facinerosos, los que creemos enemigos, quienes nunca nos han visto decirles ningún insulto ni tropelía ni desafío. Y nos preguntamos por qué hemos de vivir en esta situación tan patética que deja nuestro cuerpo y nuestro espíritu en estado de alteración prolongada que, sin pretenderlo, ha creado una brecha que nos llena de tristeza, causa que aumenta de tamaño cuando se ve que quienes esto provocan se burlan de nosotros, circunstancias que nos hacen más vulnerables al creer que somos objetivos fáciles de sus disonancias verbales y sus disparos matones de carnicerías magras.

Ya lo ve usted: salíamos a la calle a disfrutar de nuestro buen tiempo, hemos dado con algún buen vecino, colega o amigo, se nos ha ido cambiando la página del diario en la que estaban diciéndonos maravillas de nuestro fantástico clima, y se le han caído esas letras que lo magnificaban todo cambiándolas por la realidad de los datos de la pandemia (que mira que cuesta que dobleguen las curvas de los pacientes, tan amenazantes durante tanto tiempo angustioso sin entender nada de cómo se infiltra un mal bicho en nuestro organismo y nos altera la vida, de modo que íbamos rectos siguiendo los consejos del equipo gubernamental que tanto ha sabido de esta extraña epidemia que nos mira a la cara como buscando un enfrentamiento con nosotros sabiendo que ataca nuestro estado de ánimo, tan fácil de alterarnos hasta hacernos creer que sucumbiremos con sólo verle alzar la guadaña. Afortunadamente alguien se sube a un balcón y nos dice a todos: No tengáis miedo.

Fuente: https://www.religiondigital.org/

Demetrio Mallebrera

Periodista.

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