Éste es un santo seglar ante el que hay que quitarse el sombrero o el bonete o el capelo cardenalicio. Tomás Moro (Thomas More en inglés) fue canonizado por el Papa Pío XI en 1935. El 22 de junio celebra la Iglesia Católica su festividad. Con esto del coronavirus se me olvidó felicitar aquel día a los gobernantes y políticos de todo el mundo, de los que es patrón porque así lo declaró Juan Pablo II hace unos años atendiendo las solicitudes de varios obispos y de diversas personalidades del mundo de la política y de la cultura.
Los felicito con tres meses de retraso. ¿A todos? Bueno, a muchos o acaso a unos pocos. Soy consciente de que a muchos de ellos no les gusta tener patrono. Con esto de los patronazgos religiosos ocurre que no caen bien a todos los miembros de los colectivos patrocinados. No veo yo a Pedro Sánchez ni a Pablo Iglesias acogiéndose al patronazgo de santo Tomás Moro, un político que prefirió que el rey adúltero, Enrique VIII, le cortara la cabeza antes que abjurar del catolicismo. Lo primero, Dios -decía- y luego la fidelidad a los grandes principios morales: “El hombre no puede ser separado de Dios ni la política de la moral”.
Eso decía el muy ingenuo y docto abogado, un gran humanista, que escribió varios libros, entre ellos el famoso Utopía, uno de los pocos suyos que leyó el rey casado con la menor de las hijas de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón. Amigo del rey, éste lo hizo canciller. Pero cuando Enrique le exigió que abandonara la obediencia al Papa y apoyara su divorcio de Catalina para casarse con Ana Bolena y separar la Iglesia Anglicana de la Católica, Tomás le dijo que Dios estaba por encima de todo. ‘Perdió la cabeza’, pero su alma vivirá eternamente en el cielo.
¿Cuántos políticos de nuestro tiempo se quieren ganar el cielo? Ninguno. Pactan hasta con el diablo con tal de tocar poder, no digamos si se trata de formar Gobierno. Eso es ‘asaltar el cielo’, que es lo que ha conseguido Pablo Iglesias tras confundir, como Pedro Sánchez y demás políticos sin excepción, la bicoca de la Moncloa con la corte celestial. Ya nadie cree en el cielo, ni en Dios, ni en la moral. ‘Se acabaron los gitanos que van por el mundo solos’, creo que versificaba Lorca en su famoso Romancero, con aquel Heredia camino de Sevilla a ver los toros y que ‘cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro’. Pero no llegó a Sevilla: “Guardia Civil caminera lo puso codo con codo”. Se acabaron los políticos que creían en Dios y en los hombres libres. Ahora solo creen en ellos mismos y en el borreguismo de sus seguidores. Algunos son tan malos y corruptos que han acabado esposados por la Guardia Civil y encerrados tras las rejas carcelarias. Los más son del PP; los menos, del PSOE, sobre todo en Andalucía, donde se dilapidaron cientos de millones de euros del Estado, con la connivencia de sindicatos de izquierda.
Santo Tomás Moro tiene mucho trabajo que hacer en la política española. Más que trabajo, milagros. Ya he escrito en alguna ocasión que Manuel Azaña, presidente de la Segunda República durante los últimos tres años (1936-1939 y antes jefe de Gobierno), proclamó en el Congreso que “España ha dejado de ser católica”, si bien, al final de su vida regresó al catolicismo y murió tras confesarse con el obispo de Montauban, la localidad francesa donde vivía exiliado. ¿Volverá el santo inglés a hacer otro milagro con Pedro y Pablo antes de que sea tarde?
¿Vamos a tirar 40 años de moderación y bienestar a la basura? Los comunistas podemitas y los socialistas sanchistas nos quieren llevar al despeñadero del Frente Popular del 36 al 39, pero lo impedirá el patrón de los políticos aunque sea valiéndose de la Unión Europea, pues del Dios de Moro y de todos se dice que escriben derecho con renglones torcidos.
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