Con demasiada frecuencia escucho quejas de padres y madres con respecto a sus hijos. Insistimos una y otra vez para que se siente a comer en la mesa, para que no se aleje en la playa, para que se dé más prisa mientras damos el paseo de la tarde y se entretiene en todo o se va sentando porque está cansado, pero también si se adelanta porque va demasiado deprisa. Nos quejamos de que ya hace dos días que no se ducha o porque ya lleva una hora a remojo en la bañera, la piscina o el mar. De que no se levanta hasta las mil o que no nos deja pegar ojo…
El caso es que parece que la crianza de muchos se convierte en una especie de lucha diaria y constante en la que padres y madres acabamos agotados y los peques hartos de escucharnos. Y es que, cuando algo no encaja, es importante detenerse para observar qué falla.
¿Se trata entonces de dejarles que hagan lo que quieran? Para nada, básicamente porque eso no es posible ni real y porque tampoco es lo que necesitan. Establecer unos límites que cuidan y sostienen es tan importante para su desarrollo como lo es una comunicación saludable y el juicio, la crítica y la queja constante hacia su comportamiento no es precisamente eso.
Seguramente habrás vivido una escena en la que escuchas una de estas conversaciones en que todo es queja hacia el comportamiento de los peques. Sin duda, ellos también lo escuchan y este tipo de comentarios afectan directamente a su autoconcepto dañando de manera inevitable tanto su autoestima como la relación con el adulto.
Volvemos entonces a la pregunta de si debemos dejar que hagan lo que quieran y la respuesta vuelve a ser que no, pero lo que sí podemos hacer por transformar esa dinámica que nos lleva a luchar y luchar un día tras otro son dos cosas:
En primer lugar, cambiar nuestra mirada. En muchas ocasiones nos situamos en nuestra prisa, nuestro cansancio o simplemente nuestro punto de vista general, pero parece que siempre es el niño el que falla, o va demasiado lento si queremos avanzar en las compras o demasiado activo si hay que esperar en el banco. Sin duda, nosotros tenemos una necesidad, pero no olvidemos que ellos también, y quizás todo cambiaría si logramos integrar o equilibrar la atención de ambas.
En segundo lugar, analizar nuestra forma de comunicación, preguntarnos cómo nos sentiríamos nosotros si alguien que supuestamente nos quiere y nos cuida hablara así de nosotros, intentar buscar una comunicación más empática y respetuosa teniendo en cuenta el escenario global, es decir, la objetividad del momento, nuestras necesidades y las del niño.
A todos nos gustaría tener una crianza ideal, pero te garantizo que, incorporando estos pequeños cambios en nuestro día a día, dejaremos de tener la sensación de que nuestra crianza es una batalla campal para comenzar a disfrutar juntos y establecer las bases de una relación para toda la vida. No me creas y pruébalo tú mismo.
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