Como hemos hecho otros años, en este tiempo de final de Cuaresma que hace ver a su final lo tremendo de la Semana Santa, de la que tanto entendieron los españoles de todas las edades y todas las etapas históricas, que se llenaban de esperanza para cumplir promesas porque como tales entendían sus privaciones, sus esfuerzos, sus penitencias, internas y externas, y hasta públicas, de tal modo arropadas de costumbres festivas en gastronomía como en la belleza de sacar a la calle viejas imágenes que representaban a algunos misterios del Vía Crucis de Cristo, llegando a su muerte y colocándolo en su santa sepultura, con posterior espera para verle resucitar tras una noche pascual intensa y expectante hasta ver redoblar las campanas después de unos días sin decirnos nada. La Semana Santa española llena las calles de silencio y de tensión contenida, y es por eso que llega el día de la Resurrección y con él la locura del revoloteo de campanas y de tracas que son las demostraciones de alegría de nuestra entrañable tierra de levante, que es el primer lugar por donde va saliendo la luz de cada día iluminando de alegría a cada persona, según se hace notar espléndidamente en nuestros pueblos cargados de historia y de devoción, de esperanza.
Así nos hemos encontrado con nuestra sabia, pedagoga y santa madre religiosa, tan querida en toda la Iglesia, Santa Teresa de Jesús, que decía, por ejemplo, y como siempre hacía (o sea, orando, hablando con Dios) en su Libro de la Vida (capítulo 39):
“Señor mío, no me culpéis, que con algo me tengo de consolar; que si en cosas grandes os sirviera, no hiciera caso de las nonadas pues no os sirvo en nada ¡Bienaventuradas las personas que os sirven con obras grandes! Si con haberlas yo envidia y desearlo se me toma en cuenta, no quedaría muy atrás en contentaros; mas no valgo nada, Señor mío. Ponedme Vos el valor, pues tanto me amáis (…)”.
«Estando muy inquieta y alborotada, sin poder recogerme, y en batalla y contienda, yéndoseme el pensamiento a cosas que no eran perfectas –aún no me parece estaba con el desasimiento que suelo–, como me vi así tan ruin, tenía miedo si las mercedes que el Señor me había hecho eran ilusiones. Estaba, en fin, con una oscuridad grande de alma. Estando con esta pena, comenzóme a hablar el Señor y díjome que no me fatigase, que en verme así entendería la miseria que era, si Él se apartaba de mí; y que no había seguridad mientras vivamos en esta carne. Dióseme a entender cuán bien empleada es esta guerra y contienda por tal premio, y parecióme tenía lástima el Señor de los que vivimos en el mundo. Mas que no pensase yo me tenía olvidada, que jamás me dejaría, mas que era menester hiciese yo lo que es en mí. Esto me dijo el Señor con una piedad y regalo, y con otras palabras en que me hizo harta merced, que no hay para qué decirlas.
Éstas me dice Su Majestad muchas veces, mostrándome gran amor: ‘Ya eres mía y Yo soy tuyo’. Las que yo siempre tengo costumbre de decir, y a mi parecer las digo con verdad, son: ‘¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos?’. Son para mí estas palabras y regalos tan grandísima confusión, cuando me acuerdo la que soy, que –como he dicho, creo otras veces, y ahora lo digo algunas a mi confesor- más ánimo me parece es menester para recibir estas mercedes, que para pasar grandísimos trabajos. Cuando pasa, estoy casi olvidada de mis obras, sino un representárseme que soy ruin, sin discurso de entendimiento, que también me parece a veces sobrenatural”.
(Santa Teresa de Jesús: Libro de la vida)

Leídas estas cosas nos encontramos más cercanos a los misterios de nuestra religión, que está siendo en estos días de pandemia zona acotada, pues nos estamos perdiendo esos desfiles procesionales en los que veíamos mucha vida y sentimiento, trabajo e ilusión y una fe ciertamente arraigada en el pueblo. Nos parece necesario decirlo.
Comentar