Nada más ver las primeras imágenes del asaltazo al Capitolio, me vino a la mente el «tejerazo» de febrero de 1981, cuando yo era estudiante, un casi postadolescente, de Periodismo en Pamplona. La diferencia es que entonces, 1981, todo me parecía muy marciano y surrealista: no le conferí el menor crédito a la viabilidad de aquel golpe de Estado, sumergido como estaba en una nueva España: la de la libertad, la democracia, el rey del pollo frito, El Víbora, Kaka de Luxe, y todo eso. El «trumpazo» sin embargo, décadas después, me produjo sin embargo una profunda tristeza, una cuasi depresión, un asquito inenarrable. Semejante fantochada, con violencia e ira, en la cuna de la democracia. ¡Ay!
Al poco de ver las imágenes, me lancé al Facebook para demonizar lo que ya estaban demonizando casi todos y pensé además que el principal culpable de todo era el propio Trump alentando a sus «vikingos» más aguerridos, y no tan aguerridos. Ahora condena lo ocurrido, tras echar ríos de gasolina para que prendiera la barbarie: cinismo y mucha cara dura. El otro día, Lorenzo Milá se remontaba en el telediario a la globalización y a las políticas neoliberales de Reagan, causando grandes bolsas de pobreza en sectores industriales y manufactureros de EE. UU., como el punto cero del ascenso del populismo. Pudiera ser. Yo me sigo preguntando desde la derrota de Hillary Clinton lo siguiente: ¿Por qué el establishment norteamericano, demócratas y republicanos de bien, no han conectado con esa América profunda de la que tanto se habla ahora? Podemos trasladar la pregunta a España donde tenemos a Vox y a Podemos simplificando hasta la náusea problemas complejos que no tienen fáciles respuestas. Se me olvidan los nacionalistas radicales, otros.
El «trumpazo» me ha deprimido mucho porque Trump me deprime muchísimo: en el plano ético y en el estético. Hasta me formulo preguntas banales y veniales para rebajar tensiones: ¿Qué habrá visto Melania Trump en semejante espantajo? Putero, racista y macarra. Pues no lo sé: ni me importa demasiado. Me formulo esa pregunta por hacer unas risas (tristes).
La pregunta del millón que se hacen ahora los analistas más sesudos: ¿Cómo prevenir el populismo que también ha penetrado en Europa? La respuesta sería una tesis doctoral: y no es plan. En el caso de España sí que tengo dos respuestas: 1) Sigo sin entender por qué Rivera y Pedro Sánchez no pactaron en su día un gobierno que contaba con el respaldo de mayoría absoluta en el Congreso; el misterio del Lago Ness. 2) Sigo sin entender por qué Pedro Sánchez y Casado no han conformado para las grandes cuestiones de Estado un consenso en proporción directa a la mayoría social de este país, o, incluso, una gran coalición gubernamental a la manera alemana. Misterios, misterios y más misterios.
Coda: Reproduzco por su interés las palabras del portavoz de Compromís en la Diputación de Alicante, Gerard Fullana, a propósito de la escandalera en el Instituto Juan Gil-Albert, abogando por su refundación: «La promoción cultural tiene que tener un papel hegemónico en el presupuesto de la institución y no en gastos de personal y en dietas por asistencia que se llevan el setenta por ciento».
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Un gran artículo. Me encanta. Enhorabuena.
Rivera no pactó con Pedro Sánchez porque se le subió el poder a la cabeza, y él quería ser el Presidente y Pedro vicepresidente. Luego se le fue toda la fuerza por la bragueta. Buen artículo.
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