Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Opinión

Salvador de barriles

Los barriles restaurados (Fotografía: Toni Gil).

Hace veinticinco o treinta años, una vecina del campo iba a tirar un par de viejos barriles de vino, algo desvencijados y muy resecos. Le pedí que me los diera, ajusté un poco los aros metálicos y les di una capa de barniz; mi Lola puso encima dos buenas macetas y ahí, en una esquina de nuestra casa en el campo de Agost, han permanecido hasta esta semana.

Con el paso del tiempo, la lluvia y, sobre todo, el calor, los tonelillos se habían vuelto a desajustar y su verticalidad estaba descompuesta. Como soy un atrevido, he dedicado los últimos días a tratar de recomponerlos a ver si duran otros tantos lustros.

Mientras iba yo tratando de ajustar las duelas (las piezas de madera combadas) con los aros de hierro o zunchos, he recordado una visita a la bodega de don Salvador Poveda, en Monóvar, y los enormes barriles que había acumulado de aquí y de allá, algunos de ellos destinados a los escombros y recuperados para su magnífico Fondillón —hoy al cuidado de sus descendientes—.

La cuestión fue que un grupo de compañeros de la Caja fuimos llevados por el colega Demetrio Mallebrera a celebrar algún acontecimiento con unos gazpachos monoveros, y la tarde se alargó con la visita a aquella vieja bodega sita entonces entre las callejuelas de la población y una degustación en lo que el vinatero llamaba la sacristía, un espacio recoleto donde guardaba la muestra de sus mejores caldos.

Gazpacho manchego al estilo monovero. Fotografía: Francesc Fort (Fuente: Wikimedia).

Poveda era entonces miembro de la Junta de Gobierno de la Caja del Sureste, una especie de consejo asesor que cada sucursal disponía para orientar a su responsable en la concesión de los créditos. Constaba de cinco o seis personas ilustres de la localidad, que ofrecían su colaboración a cambio de nada. Estas juntas debieron desaparecer a mitad de los años 70, con la creación de la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia que ya dispuso de consejos comarcales o de zona.

Recuerdo que don Salvador comentó algo sobre las viejas cubas, toneles o barriles, y la dificultad que ya había —hace cuarenta años— de encontrar quien los restaurase. Obviamente este oficio no creo que entonces se enseñara en ninguna escuela de formación profesional, y hoy menos. Era una actividad que se transmitía de padres a hijos.

Y vuelvo a mi osadía: he ajustado la base con un poco de yeso, he reclavado los aros, remachado y tapado las grietas de las tapas con pasta, barnizado la madera y repintado todas las piezas de hierro, algunas ya corroídas. Y paso a paso, he tratado de evocar cómo se partiría desde cero para fabricar cada barrilito, y como lo he leído después en la Wikipedia, no es necesario repetirlo; allí está para quien se sienta interesado. Sólo cabe añadir que me parece un ejercicio de singular artesanía que supongo ha sido sustituido por alguna máquina robótica.

No han quedado como nuevos, desde luego, pero he mejorado bastante su aspecto. Negado como soy a tirar a la basura, cualquier cosa que pueda ser útil, o que decore cualquier espacio, han vuelto a su lugar, mera y sencillamente imperturbable en su esquina de siempre. De momento, ¡salvados!

Toni Gil

Periodista.

1 Comment

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  • Enhorabuena, restaurador. Me gustan tur barriles y también que soporten macetas y plantas. No pasa desapercibido tu recuerdo de cuando en la Caja había gente que colaboraba ‘desinteresadamente’. ¡Oh tempora, oh mores!. Un abrazo.