Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Al paso

Rezar por la paz

Putin, Trump y Xi Jinping en retratos oficiales (Fuente: Wikimedia).

Dios siente pena de Putin, Trump, Xi Jinping… y nos da ánimo.

Yo llevo mucho tiempo rezando por la paz. Casi todos los días desde hace años. Fallo muy poco. Veo escasos resultados, pero tengo el pleno convencimiento de que Dios me oye como a millones de correligionarios y no creo que me vaya a meter en un lío tratando de explicar por qué la situación mundial, por mucho que empeore, no debe llevarnos a la desesperación. No me gusta presumir de creyente católico. No es mérito mío serlo, sino un regalo de Dios, que me hizo a través de mi familia, alimentado con los consejos de algunos sacerdotes a lo largo de muchos años y completado con muchas lecturas. Ahora que he llegado a la vejez me viene el convencimiento de que no estaría mal dar mi versión de la fe en Dios y de cómo el Evangelio de Jesucristo, su hijo, con el resto de su palabra en todos los libros de la Biblia, es un manantial inagotable para  quienes acudimos allí a beber. Los cristianos asistentes a la misa escuchamos textos de la Biblia, al punto de tener noticia, en el curso de tres o cuatro años, de gran parte de lo que se dice en los libros sagrados.

La misa es algo tan maravilloso que otro día les hablaré de ella. Hoy estoy motivado para hablar de guerra y paz, impresionado por los acontecimientos recientes y los juegos  que se traen Putin, Trump, Xi Jinping y otros inútiles que nos tienen en vilo, agarrándonos por el cuello, a todos los habitantes del planeta Tierra. Han reunido arsenales atómicos impresionantes y amenazan con usarlos en pequeñas dosis disuasorias primero, para luego decidir si nos eliminan por completo y se quedan para el futuro unos miles de familias próximas a los líderes políticos escondidas en refugios antinucleares. En el peor de los casos nos vamos todos al carajo. No creo que Dios lo vaya a permitir. No es entendible que el creador de la Tierra permita que una de sus criaturas pueda acabar con todas las demás.

Estoy planteando una situación bastante absurda y no porque los protagonistas no sean, muchos de ellos, capaces de asesinar masivamente. Suponiendo que tengamos que enfrentarnos a una muerte colectiva, creo que podría afrontar la escena como lo haré  dentro de unos años (tengo 87 y envidio al gran Manuel Alejandro, que ha cumplido 92 y es capaz de recitar grandes canciones con las que hizo más grandes a Julio Iglesias, Raphael, José Luis Rodríguez ‘El Puma’, Rocío Jurado, Alejandro Sanz…). Digo que intentaré abordar los últimos momentos como estoy recorriendo las últimas etapas de esta carrera cuya última meta es el Cielo.

Dentro de poco, pasada la Cuaresma (días en que los cristianos practicamos ayuno el Miércoles de Ceniza y Viernes Santo, nos abstenemos de comer carne todos los viernes, damos más limosna para los pobres y oramos a Dios Padre con más insistencia que nunca pidiendo, sobre todo, por la paz), digo que, pasada la Cuaresma, llegará la Semana Santa con sus tres grandes cumbres: la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el Jueves Santo; la crucifixión y muerte redentora de Jesucristo, el Viernes Santo, y la gloriosa resurrección del Señor, el Domingo de Gloria.

Cristo resucitado, de Pietro Novelli (Wikimedia).

Es preciso recordar una de las frases más decisivas de la predicación de san Pablo: “Si Christus non resurrexit, vana es fides nostra… sed Christus resurrexit” (“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe… Pero, Cristo ha resucitado”.  De la muerte de Jesucristo dan fe historiadores romanos del siglo I y II, como Flavio Josefo, Plinio el Joven y Tácito. Es especialmente valioso el relato del prestigioso Publio Cornelio Tácito, autor de los Anales, en los que, relatando acontecimientos del reinado de Nerón, se refiere a la persecución de los cristianos, sobre todo tras el incendio de Roma. Da fe de la muerte de Jesucristo en Judea, crucificado por orden del procurador Poncio Pilato. Resulta increíble cómo doce apóstoles y unos doscientos discípulos que les auxiliaron a predicar la doctrina salvadora de Jesucristo para todos los hombres y no sólo para los judíos (aunque comenzando por los asentamientos judíos más próximos al cristianismo), con medios de comunicación muy elementales tanto para desplazamientos como para impartición de doctrina, hacían que en el inmenso territorio de Roma cada día aumentara el número de cristianos que creían en la resurrección de Cristo y daban su vida alegremente por testificar lo que vieron y oyeron los apóstoles. Pablo no fue testigo de Jesús resucitado, con quien se reunieron varias veces sus discípulos después de su muerte y todos murieron martirizados por defenderlo. Pero Pablo fue derribado de su caballo por el resucitado. Y creyó. El testimonio, sellado con la muerte de todos ellos por defender al resucitado es, para mí y millones de creyentes, una evidencia intelectual al margen de la fe.

Habrá gente que desconoce por completo el cristianismo y presume de ello, como una dirigente de un sindicato estudiantil que, hace unos cuantos días, se manifestaba, en Parla (Madrid), a favor de que las chicas musulmanas pudieran entrar a clase con el velo (hiyab) con que cubren la cabeza, a la vez que se proclamaba ‘profundamente atea’. Bien está que defienda la no discriminación por creencias, pero no viene a cuento que, con menos de veinte años, presuma de una gran carencia. ¿Cómo ha logrado en tan pocos de vida, estudios, conocimientos y experiencias llegar a tan profundo ateísmo? Como ella hay millones de ateos, que se empeñan en enfrentar razón y fe, asunto vital que, de resolverse en eficaz diálogo, podría dar solución a los grandes problemas a los que se enfrentan la Unión Europea y las grandes potencias mundiales en estos momentos.

Pienso que Dios debe de sentir lástima de Putin, Trump, Xi Jinping y otros grandes y pequeños dirigentes internacionales y nacionales. Recemos para que les cambie algunas neuronas. Acomodemos las nuestras a los nuevos tiempos y, en última instancia, estemos seguros de que Dios nos da ánimo. No olvidemos nunca que la resurrección de Cristo es la garantía de que nosotros resucitaremos e iremos al Cielo al final de los tiempos con un nuevo ‘cuerpo glorioso’. Y mucho antes, cuando venga la ‘hermana muerte’ (como decía san Francisco) nuestra alma volará al paraíso celestial.

Ramón Gómez Carrión

Periodista.

2 Comments

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  • Paz paz paz…
    Ni una pancarta veo
    del sectarismo manipulador,
    hoy en fariseísmo hipócrita,
    siempre por debilidad cobarde,
    que en otros tiempos
    inundaron las calles
    y los festivales de cine
    con el «No a la Guerra»…
    Paz paz paz
    Un abrazo

    • Estamos llegando a tan enormes extremos de degeneración intelectual (no ya puramente humana y religiosa) que sospecho y temo que llegaremos a caer en los terribles momentos del doble dominio del nazismo y del estalinismo. Europa necesita más un rearme moral (con la vuelta a los valores eternos del cristianismo humanista) que un rearme militar. Un abrazo.