Los dientes oxidados y romos de aquel serrucho de cortar madera que tantas cosas reparó y cuantos puzles dejó a medias.
La puerta del jardín quemada y agujereada por el frío y el agua de los años, que bajaba de vez en cuando con niebla de nieve, que no siempre era blanca después de tocar la calle donde pasé tantos años que, apenas recuerdo cuánto tiempo y cuántas cosas pasaron allí, en ese pasado al que, me acerco tembloroso y derramando algunas lágrimas, cuando esas agujas del tiempo me evocan todo lo que ya no es, todo lo que nunca más será, aunque corra el tiempo hacía atrás, como para borrar las huellas y emprender el camino de la vida por la puerta de atrás, sin pretender en absoluto hacerlo a escondidas.
La calle era de barro y piedra. Mi casa estaba en un callejón. Una pared de ocho o diez metros nos tapaba el sol y el aire solo entraba por una esquina. A veces flotaba un olor acre y otras, flotaba la mierda en mitad del callejón porque todavía no teníamos alcantarillado ni nada parecido. Algunos perros se refugiaban allí, como ocurre ahora con algunas personas y con un montón de callejones.
Mi casa era una planta baja más pequeña que un seiscientos, un dos caballos, o un mini de la época.
Cuando llovía el lugar más seguro era meterse dentro de la alacena donde lo único que había era un cacho de mortadela.
Con todo, allí viví los mejores años de mi vida. Nueve hermanos, mi padre, Antonio, y mi madre, Josefa. Todos en cincuenta y cinco metros. El baño se convirtió en una autentica pesadilla. O madrugabas (cinco y media de la mañana o seis como mucho) o cagar se convertía en una partida de póker sin cartas para ganar.

Todo el barrio estaba repleto de calles de barro.
Recuerdo con nostalgia que había una cabina que vestía la calle, los chavales que jugaban a la trompa, a las canicas, o a las tres en raya.
Camino de la escuela casi siempre me cruzaba con Marta. Yo era un jodido empollón y casi siempre estaba en la primera fila de la clase. Marta nunca me perdonó eso y se cambió de escuela y de barrio y con el tiempo se casó y tuvo dos hijos y su marido se ahogó en la playa un verano de 1990.
Salgo de clase y mi madre me prepara la merienda, pan con aceite y sal y un vaso de agua para oxigenar. Me voy derecho a la ciudad deportiva a entrenar porque, pronto habrá unas pruebas para jugar en el Hércules de Alicante. Pasan dos o tres inviernos y hay que ponerse a trabajar porque la familia es muy grande y la olla se queda vacía demasiado pronto.
El exiguo salón se convertía durante la noche en una habitación para cuatro con dos colchones grandes en el suelo. Algunas noches dormían con nosotros el viejo Tobi y Max, el gato con más vidas que esas que cuentan por ahí que son tres más cuatro.
Y ahora vuelvo después de tantos años. Las paredes están desnudas, pero no solo de cuadros y fotografías, sino también de yeso y pintura. Algunas tejas asoman por los descosidos de escayola y una de las vigas de madera ha adelgazado tanto que todas las termitas la han abandonado.
Y vuelvo a la escuela y el sitio de mi recreo ahora es otra cosa. Allí, al salir de clase hice cola, dos o tres veces por semana, para esgrimir un tazón de leche en polvo y nos hablaban de un plan Marshall, que nunca supe muy bien lo que era.
El sitio de mi recreo era de tierra bien regada con puñados de piedra. A veces pasaban semanas sin hacer gimnasia porque todo estaba repleto de ranas que cargaban en sus mochilas un sin fin de charcos para saltar como si supieran jugar al tranco.
Pronto venderemos el pasado que se difuminará como el humo en su encuentro con el tremendo huracán del tiempo y cruzo la calle del adiós y me veo en un tren rumbo a Madrid con una maleta cargada de momentos inolvidables.
Subrepticiamente me desvelo a las doce de la mañana. El paisaje corre muy deprisa y el sol se sienta en la mesa cuando el libro se abre con un golpe de aire. Bajo a media altura la cortina cuando suena una voz por el vagón del tren. Próxima parada y fin de trayecto Madrid. Estación de Atocha.

Ha pasado el tiempo bien escondido como siempre y no lo ves por más relojes que cuelgues en casa. Calendarios cada año más grandes que intentan decorar el alicatado de la cocina y relojes de muñeca o móviles con alarma. El tiempo está en todas partes, pero no lo conocemos, no entablamos una conversación con él. El tiempo es como un buen truco de magia que no sabes cómo es posible hacer.
El motivo del viaje fue ir a un concierto de ese estupendo grupo musical emergente y que ha dado la vuelta al mundo y ganado distintos premios. One Direction. El estadio Vicente Calderón (lugar del concierto) vivió un par de noches inolvidables y con un lleno a rebosar.
Entre canción y canción hicimos un pequeño recorrido por algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad; el parque del Retiro con sus lagos, su Palacio de cristal y las barquitas de remos en el estanque dorado. Después mientras los teloneros (Five seconds of summer) nos deleitaban con sus mejores canciones hicimos una visita al Palacio Real y sus jardines, al templo de Debod y un espléndido almuerzo en un restaurante encontrado al azar que nos regaló un servicio de máxima calidad y unos platos a juego.
Al día siguiente a primera hora llamé a Ricardo el director de la inmobiliaria, «ladrillo a ladrillo» y cancelé el contrato de venta porque después de todo, el pasado no se puede vender y mucho menos a humo de pajas, por un serrucho oxidado, o por ese laberinto indescifrable de lo que fue y lo que recordamos que fue.
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