Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Trescientas... y pico

¿Por qué nos gustan tanto Ayuso, Trump y Johnson?

Isabel Díaz Ayuso (Fuente: Telemadrid), Boris Johnson y Donald Trump (Fuente: Flickr).

Muchas veces me he preguntado cuales son las razones ocultas, no las razones políticas, que esas serían como más evidentes, para que personajes tan atrabiliarios y estrambóticos, también tan peligrosos para sus países, como son hoy en día Isabel Díaz Ayuso, Boris Johnson y Donald Trump obtengan el alto respaldo ciudadano entre electorados y sociedades tan diferentes y triunfen en política como ellos lo hacen.

En el caso de la primera Ayuso– es claro, además, que desde su cargo de presidenta de una comunidad autónoma está poniendo en jaque a todo el gobierno de la nación y dañando la reputación del conjunto del país, hasta el punto de que su mentor y líder de su propio partido, Pablo Casado, pareciera a veces más un guiñol que está a su sombra y se ve impelido a justificar todas y cada una de las ocurrencias de la presidenta madrileña.

El presidente del Gobierno y la presidenta de la Comunidad de Madrid (Fotografía: Pool Moncloa/Fernando Calvo).

¿Cuál es el gen que les une? ¿Por qué es tan difícil luchar contra ellos en el debate público ordenado de las ideas? ¿Por qué una y otra vez salen victoriosos ante la opinión pública, pese a sus continuos exabruptos y declaraciones que rozan lo paranoico? ¿Por qué los ciudadanos –o una parte importante de ellos– se lo perdonan casi todo? Y, finalmente, ¿cómo ha logrado ser y seguir siendo presidenta de la Comunidad de Madrid alguien que, según algunos analistas, su única y gran experiencia de gestión fue llevar la cuenta de Twitter de Pecas, el perro de Esperanza Aguirre?

Seguramente las respuestas a todas estas preguntas que, a buen seguro, muchos nos hemos hecho en algún momento, a todos estos hechos políticos de primer orden, no son fáciles. Ni siquiera sencillas. Politólogos de toda laya y condición lo intentan explicar con mayor o menor éxito a diario e incluso hay cientos de libros sobre el tema. Solo en el caso de Trump ha provocado la publicación de decenas de libros que tratan –al parecer, sin demasiado éxito– de desmontar al personaje, incluido aquí el muy reciente de su propia sobrina, Mary L. Trump, que con el sugerente título Too Much and Never Enough: How My Family Created the World’s Most Dangerous Man (Demasiado y nunca suficiente: cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo) hace una de las más ácidas críticas psicoanalíticas conocidas del personaje de su tío, al decir de algunas de las crónicas publicadas sobre el citado libro.

Fuente: https://theberkshireedge.com/

 Ya en el terreno más prosaico, que es el único que se puede abordar desde este lugar, se me ocurre que una posible explicación, una posible razón, y todo ello solo a título de juego de ideas, podría ser la secreta e íntima atracción –muchas veces inconfesable– que el ser humano siente por aquellos personajes cuya principal carta de presentación es su aparente rebeldía, aunque luego no sepas bien contra qué ni contra quiénes ejercen esa rebeldía y esa pelea constante contra enemigos que, en tantas ocasiones, solo ellos son capaces de imaginar.

Y está claro que los tres, a su modo y manera, son unos rebeldes. Donald Trump lo es, lo está siendo, contra el orden mundial, contra muchos de los organismos internaciones que las sociedades modernas se han dado para evitar o paliar las consecuencias de los conflictos que asolan el mundo, sean éstos la misma ONU, la Unión Europea o, mas recientemente, la OMS (Organización Mundial de la Salud), contra la que el magnate y político ha reservado últimamente las mayores de sus invectivas a propósito de la lucha contra la covid-19. Recordar, además, que fue elegido presidente por su apuesta contra el statu quo de republicanos y demócratas en la América moderna arrastrando en su aventura al lodazal político al Partido Republicano que se vio obligado a respaldarlo pese a sus claras reticencias iniciales; Boris Johnson lo es también contra toda idea de Europa y pareciera que su solo objetivo fuese este: hacer saltar por los aires cualquier ligazón entre la Isla y el resto de Europa, y que todo lo demás le trae bastante al pairo. Y, finalmente, tenemos a Isabel Díaz Ayuso, que como podemos ver actúa cada día como si fuera una mosquetera contra todo lo que huela a gobierno central, incluida aquí de forma harto peligrosa cualquier tipo de orden o decisión que provenga de este órgano en la lucha contra la pandemia.

Donald Trump (Fuente: Facebook de Cactus24noticias).

Y es que quizás deberíamos confesar abiertamente que nos gustan los rebeldes, incluso más aquellos que parecen destinados a luchar contra causas imposibles. Nos atrajo James Dean en Rebelde sin causa, Marlon Brando en la Ley del silencio, y si tenemos que elegir entre Sancho Panza y Don Quijote escogemos este último, pese a que su locura y sus continuas hazañas son siempre producto de puras alucinaciones. Algo de ese ADN de rebeldes sin causa (aparente) podría existir en esa peligrosa atracción que ejercen estos tres personajes en millones de ciudadanos.

Un Trump dispuesto a enfrentarse al mundo entero si necesario fuera, engrescado con Irán, con China, con la Unión Europea, al que le dimiten los asesores por hornadas para, seguidamente, despellejarlo públicamente con historias que a cualquier ser humano avergonzarían y que a él materialmente le resbalan; un Jonhson al que las críticas internas y externas no hacen más que fortalecerle como líder político y una Ayuso que pareciera que su única razón de ser es ir a la contra, poco importa que muchas de esas decisiones sean en sí mismas pura contradicción.

Y muy posiblemente sucede también que, en contrario y en sociedades convulsas como son en el presente EEUU, Reino Unido y España, la izquierda social y política ha tenido y sigue teniendo graves problemas en confrontar a personajes así. Sucedió en EE. UU. con Hillary Clinton y no está aún claro qué va a pasar ahora con el pragmático candidato demócrata Joe Biden en las elecciones presidenciales de octubre próximo, con permiso, claro, de la afección por coronavirus que afecta al presidente de EE. UU. desde hace unos días; sucede en Reino Unido donde los tories parecen dispuestos al suicidio de su país y nación siguiendo los pasos de su líder Boris Johnson; y sucede aquí con Ayuso, un personaje de mucho menos alcance político, pero que está siendo capaz de fagocitar a su socio de gobierno (Ciudadanos), amaestrar al Vox más intransigente y castizo, siendo más Vox que el propio Vox cuando se le antoja, y, al tiempo, mantener fuera del juego político a toda la oposición. ¿Alguien recuerda alguna iniciativa de calado de Más Madrid, Podemos o del PSOE de Ángel Gabilondo en la Asamblea de Madrid que haya hecho siquiera torcer el gesto a la lideresa popular en lo que llevamos de legislatura?

Boris Johnson. Fotografía: Andrew Parsons (Fuente: Flickr).

 Y todo quizás suceda (seguimos en el terreno del mero juego de ideas), porque esa izquierda social y política de este país casi siempre ha tenido un grave problema con esto de la rebeldía, especialmente cuando ocupa el poder. ¿Se declara ideológicamente rebelde? Sí. Tan cierto como que sus raíces nacen de esa misma necesidad de rebelarse contra lo establecido, contra la injusticia social, pero en nada que alcanza el poder tiene graves dificultades para seguir defendiendo esos mismos principios de amparar la rebeldía interna y la discrepancia de criterios, de buscar acuerdos desde la discrepancia. Solo bastaría como muestra de esto mismo observar el camino seguido por Podemos en su corto recorrido vital y ver los cadáveres políticos que ha ido tirando por la borda para intentar sofocar cualquier intento de rebelión interna (Iñigo Errejón, Izquierda Anticapitalista, Teresa Rodríguez, Carolina Bescansa…).

Además, la pandemia nos ha enseñado –si no lo sabíamos ya– que ya nada hay hoy seguro y que pisamos cada vez más arenas movedizas. Que todo es un campo de experimentación, un campo minado, y en este terreno la rebeldía como marchamo tiene su mejor caldo de cultivo. La rebeldía contra las causas originales de la epidemia, contra los métodos científicos para combatirla, contra la OMS como abanderada del método científico, contra el escalafón médico, contra las medidas de restricción a la  movilidad para parar los contagios, contra los medios de comunicación…

Isabel Díaz Ayuso (Fuente: Wikimedia).

El anarcosindicalismo que tanto enraizó en la España iletrada y en la letrada de finales del XIX y principios del pasado siglo conectaba con eso mismo, con el espíritu libertario que todos, de una y otra forma, llevamos dentro. Con esa necesidad de rebelarse contra lo establecido. Quizás ahí, en la utilización y manipulación de ese sentimiento originariamente ácrata y presente en el subconsciente colectivo de estas tres sociedades, en esa necesidad de rebelarse contra el control, esté parte del éxito de estos tres personajes en cuyas manos y de forma bastante cierta parecen estar a corto plazo el futuro de las relaciones internacionales y económicas en el mundo (Trump), la misma integridad de la Unión Europea (Johnson) y la capacidad de recuperación económica del conjunto de España como país, porque, en palabras de la propia Díaz Ayuso “Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España? No es de nadie porque es de todos”. ¿Cuesta entenderlo, verdad? Seguramente de eso se trata. De que cueste entenderlo. De rebelarse incluso ante el orden del lenguaje.

Pepe López

Periodista.

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