Han olido sangre y parece que ya nada ni nadie les van a apartar de su camino. Así, hasta alcanzar el control del territorio donde habitan, donde habitamos. Es su sino. Conquistar, imponer sus himnos, cegar las puertas de la libertad, obligar a las mujeres y niñas a seguir sus estrictas reglas de obediencia. Decidir por los demás. Siempre fue así. Y no deberíamos mostrar extrañeza de que ahora vuelva a serlo. Tierra sagrada para ellos, tierra maldita para todos los demás. Lo mismo da. Ellos, los talibanes, han vuelto. En Afganistán, sí. Pero puede que no solo.
Unas veces, como sucediera antaño, con sus catecismos de sangre en una mano y con la espada en la otra; otras, como sucede ahora, pertrechados de falsarias escrituras del gran profeta y del inseparable kaláshnikov, eso para quien ose caminar en el filo de la duda. Su determinación es tan grande, su capacidad de camuflaje tan inmensa, su adaptación al medio y su impulso destructivo de tal calibre, que llama la atención que sigamos sin aprender de la historia. Que sigamos viéndolos como un entretenimiento más a la hora de los noticieros, sin alcanzar a ver la capacidad de gangrena de todos y cada uno de sus actos.

Y así, otra vez, aprovechando la huida de los pusilánimes, les vemos salir de sus guaridas. Se llamen estos pusilánimes Putin, Bush, Obama, Trump, Biden…, qué más da. Ellos, centauros de la intransigencia, saben esperar pacientes su oportunidad, sabedores de que ésta siempre acaba llegando. Y aquí están, otra vez, agazapados, haciendo como que no están, pero nunca, nunca, cejarán en su empeño. Eso deberíamos saberlo. Que la tierra que desocupamos la rellenan ellos de pústulas de intolerancia.
Y sí, los vemos regresar de las montañas donde habita la intransigencia para intentarlo de nuevo, porque su objetivo, entonces y ahora, es someter palmo a palmo, metro a metro, pueblo a pueblo, el mapa de las vidas y las conciencias de los que se quedan abandonados tras la retirada en desbandada de quienes dijeron defenderles, a quienes dijeron proteger, y recoger los despojos y llenar de cárceles sin barrotes a quienes no piensan como ellos. Y lo hacen a machamartillo, bien lo sabemos, sin posibilidad alguna de pacto.
Su derrota total, su claudicación, pese a lo que nos contaron, pareciera que nunca va a ser posible. Al menos, no del todo. Son como la hidra, capaces de resistir el aplastamiento más infernal, la oscuridad de años más absoluta, la sequía de siglos más atroz, la condena de los textos por apócrifos, pero a la mínima que la situación del que tienen enfrente flaquea, a la mínima que huelen debilidad, saltan sobre sus víctimas como lobos hambrientos convencidos como están que su misión es sagrada y salvífica.

Podemos pensar, y quedarnos tan tranquilos, saboreando el poso del café en nuestras cálidas y amigables sobremesas; podemos pensar que Afganistán está aún demasiado lejos, que no se atreverán a derribar las puertas de nuestros palacios de cristal. Y, para contentarnos, llegar a la conclusión de que en verdad poco nos afecta todo ese paisaje y desolación a nosotros, ciudadanos de países libres, que vemos como normal cómo nuestros líderes, nuestros gobernantes, van renegando de todo lo que prometieron, con sus hermosas palabras metidas a todo prisa y a todo correr en las maletas diplomáticas de la vergüenza.
Sí, sin duda, tenemos derecho a pensar todo eso. Y a seguir nuestro camino sin darnos cuenta de que puede que ya estén a las puertas de nuestras casas, de nuestras ciudades, camuflados en las instituciones que nos hemos dado para gobernarnos en libertad.
Pero también pudiera ser que no. Que la realidad sea muy otra. Porque, ¿qué otra cosa que algo de esto puede que esté pasando aquí, en nuestro país, sin que seamos conscientes del todo, delante de nuestras conciencias de falsos libertarios, en nuestras calles de gentes bien pensantes, en nuestros pueblos e instituciones gobernados por una derecha civilizada en retirada moral y/o por una izquierda vergonzante que permite la censura de un cartel y de una artista llamada Zahara porque simula la imagen de una virgen?

Podemos, incluso, creer que nada tiene que ver una cosa con la otra, que solo se trata de un cartel, que todo eso son exageraciones, y que los nuestros, esos que saludamos por la calle, o en el ascensor, nunca serán como aquellos otros que habitan tierras tan lejanas. Podemos pensarlo, sí, pero quizás para entonces, cuando despertemos del sueño, ya no solo no habrá carteles, tampoco libros, ni teatros, ni pinturas, ni música, todo eso que nos habríamos perdido de haberles permitido que gobernaran nuestras vidas, porque ellos, los talibanes de uno y otro lado, solo pretenden reinar en la oscuridad.
Y, para entonces, es posible también que sea demasiado tarde. Y que nuestras pequeñas renuncias de hoy, esas a las que casi no damos importancia, acaben siendo los cimientos de su definitivo regreso, de su victoria. Quizás, porque como aquellos otros de Afganistán, éstos, nuestros queridos talibanes, nunca se fueron del todo. Siempre estuvieron ahí. Esperando su oportunidad. Solo eso.
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