Unas fotos, las de un hombre y una mujer cogidos de la mano, paseando por la playa. El sol sobre el pelo de ella, la conversación que se les supone, ese caminar ligero, con el empuje de quien va al unísono, él levemente adelantado, ella levemente arrastrada. Simplemente unas fotos, tan sencillas, tan cotidianas. Sorprendentemente unas fotos, con la carga explosiva de una bomba de racimo.
Sin duda habrá muchas más, esto no acaba sino de empezar. Fotos en la playa, cenando, de escapada, de incógnito, entrando en el trabajo, saliendo, amenazando crisis, confirmando reconciliación… Y también muchas otras, las de los otros implicados en la historia, los que no paseaban por la playa en esos primeros días del año nuevo, cuando el tiempo estaba todavía de estreno, cuando todo era aún una promesa, cuando todo estaba aún por pasar.
Pero no son esas las fotos que me interesan. La foto de esta historia la vi hace meses, cuando la noticia que contaba era, entonces, noticia. Es la foto de una pareja en las gradas de un pabellón deportivo viendo a su hijo jugar al balonmano. Ella mira al vacío (a la cancha, quizás) mientras parece escuchar lo que él le está contando, su mano en la de él, descansando sobre sus rodillas. Tan sencilla, tan cotidiana, como la foto del paseo por la playa. Si no fuera porque mirarla hiela el corazón.

Porque ahora, al volver a verla, cuando la noticia de esa foto no es noticia, y, sin embargo, ha vuelto a las noticias de cada día, recuerdo lo que pensé entonces. Pensé que en esa mirada de ella al vacío (a la cancha, quizás), en ese gesto de quien hace el esfuerzo por escuchar sin oír nada, quien descansa en la mano de otro su mano confiada, había un dolor profundo. Parece que esté enferma, pensé, que algo se le ha roto dentro, y le duele. Le duele mucho, pensé.
Ahora ya lo sé. En realidad, ahora todos lo sabemos todo. Sí, había en esa imagen, implícito, un dolor intenso, el dolor de quien recoge las migajas del amor. Una mano que sostiene pero no aprieta, un discurso técnico sobre la jugada, ganada o fallada, del hijo común, envuelto todo en un gesto tierno, en una palabra cariñosa, cuando ya nada se mueve al unísono, cuando los gestos no son ya de pasión, ni son las palabras expresiones de amor.
Migajas. Y después, recoger los restos y limpiar la mesa.
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Cristina: Hermosas palabras, hondos pensamientos y bellas sugerencias para enriquecer Hoja del Lunes. Un saludo afectuoso.