Y habría que decir que sociedad prevenida vale por mil. Los 150 litros de agua caídos el pasado lunes trece de marzo en nuestra capital, a muchos nos hizo recordar y retrotraer nuestra mente a aquel treinta de septiembre de 1997, cuando el cielo dejo caer 267 litros por m2, 156 de ellos en tan sólo hora y media.
Las consecuencias de todo aquel episodio fueron devastadoras. Algunos ni tan siquiera habían escuchado por primera vez en su vida, la expresión “gota fría” y si lo habían escuchado, acaso en el contexto de una canción veraniega y desenfadada, con lo cual, no pensaban que fuera nada trágico, sino más bien simpático.
Redes de saneamiento obsoletas y colectores colapsados, que se vieron desbordados y sin poder digerir. Lo nunca visto. La mayor tragedia natural sucedida en Alicante en toda su historia. Cientos de millones en pérdidas, cinco personas muertas, entre ellas un niño. Y un paisaje posterior dantesco. Desde falta de agua potable por el reventón de tubería y falta de fluido eléctrico durante horas, hasta avenidas y calles principales de la ciudad que habían perdido su aspecto y fisonomía habitual, para parecer caminos sin asfaltar, debido a la cantidad de tierra que las cubría. Los propios Reyes de España, visitaron la ciudad días más tarde, y lo comprobaron con sus propios ojos.
Algo así, no debía volver a pasar. No podía volver a pasar. Por eso con el encargo directo de la Presidencia, el Director General de Obras Públicas y posterior Conseller, José Ramón García Antón, junto a los ingenieros de la Consellería, diseñó y ejecutó un Plan de Emergencia antirriada. Una nueva red de evacuación compuesta de medidas para evitar en un futuro un hecho semejante. Se acometió una nueva red de colectores, tuberías y sumideros, en los puntos clave de la ciudad.
En principio era un plan muy costoso y poco viable y constó de dos fases. Una primera, desde el propio 1997 hasta el año 2001, que abordaba los puntos de drenaje en importantes avenidas de la capital: calle San Vicente, la Rambla, avenida de Salamanca, avenida de Alcoy, avenida de Novelda o la Explanada. Una nueva y moderna infraestructura con todo tipo de dotaciones. Y una segunda fase, entre los años 2001 y 2005, con unas obras para conformar el encauzamiento de varios barrancos, como el de Orgegia, el Juncaret y el Barranco de las Ovejas, donde todavía a día de hoy quedan actuaciones pendientes.
El montante de las obras de infraestructura alcanzó casi los 18.000 millones de las antiguas pesetas. Más de 105 millones de los euros actuales. Y se compuso entre otras dotaciones, de 40 kilómetros de conducciones, 18 de ellas enterradas bajo tierra. En definitiva se multiplicó hasta por siete la infraestructura ya existente.
Posteriormente y como buen notario, que da fe de todo aquello, la Diputación de Alicante publicó un libro, firmado por el ingeniero de caminos Javier Machí, titulado “El Plan contra Inundaciones de Alicante” y que a día de hoy, además de una verdadera joya de colección, es herramienta de uso obligatorio para profesionales de esta materia.
Y después de los datos, las cifras, y las cantidades, además de la historia, llega la reflexión. A veces se dice de algunas personas que lo mejor de ellas está en su interior, o que es más interesante por dentro que en apariencia. Algo así pasa con esta actuación que la Generalitat Valenciana llevó a cabo en Alicante durante aquellos años. A veces se nos olvida, a veces no la recordamos, porque no es como un edificio que se levantó, y que está visible, cada vez que pasamos a su lado. No es teatro, ni centro de salud, ni casa de cultura, ni pabellón polideportivo, ni línea de tren, ni supercarretera. Es una obra de infraestructura que vale muchos millones y que está enterrada bajo tierra. Pero sin embargo no hay que olvidar que de no estar ahí, lo sucedido este pasado lunes día 13 en Alicante, cuando 150 litros de agua cayeron, podría haber sido de forma muy diferente. Los problemas, las emergencias, los atascos, las incomodidades y los incordios estuvieron, pero no se hizo presente la tragedia.
Es por todo ello, que es de justicia, al menos según mí parecer, reconocer ésta, como la obra más importante de la Generalitat en Alicante. Para no tener que volver a lamentarnos, cada determinado periodo de tiempo, cuando la climatología nos juega una mala pasada, y para no acordarnos de Santa Bárbara solamente cuando truena.
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