Hay veces, demasiadas quizás, que la anécdota y lo superfluo acaba ocupando casi todo el centro del escenario. Que el gran foco del debate político y mediático de nuestro país pareciera girar en torno al envoltorio, huyendo despavorido de su contenido, hurtando el misterio de lo profundo, del contraste de las opiniones. Eso, bien lo sabemos, parece hoy más que una certeza. Nos interesamos por lo superfluo y nos horrorizan las ideas que comprometen. El debate político y mediático alrededor del término “allegado”, o más castizamente “allegao”, es probablemente una de esas ocasiones en las que la radiografía social de lo que somos nos deja más desnudos, ahítos de pensamiento y celebrando acalorados la fiesta de lo inútil. De lo banal.
¿Cuál era, es, el problema?, cabría preguntarse. Recoge la siempre socorrida Real Academia Española de la lengua que “allegado” es “dicho de una persona cercana a otro en parentesco, amistad, trato o confianza”. Entonces, ¿por qué sucedió lo que sucedió? ¿Por qué políticos que se tienen por gente seria, por qué sabuesos periodistas, incluso científicos, opinadores de toda laya y condición y conspicuos analistas de lo humano y lo divino, llevan semanas dando la matraca con el dichoso término y tirándoselo a la cara como arma arrojadiza, tratando de pontificar si fue o no apropiado utilizarlo por parte del ministro de Sanidad, Salvador Illa, en una de sus primeras intervenciones para hablar de las restricciones en las celebraciones navideñas que estaban por venir? ¿Por qué la Junta de Andalucía se ha preocupado muy mucho de explicarnos a todos que en su normativa autonómica para las próximas navidades de la pandemia lo único seguro-seguro es que no va a aparecer por ningún lado la palabra “allegado”? ¿Por qué el gobierno aragonés ha dicho lo uno y su contrario?…
Quizás, como bien recogen desde finales del pasado siglo algunos analistas y algunos pensadores, puede que solo sea que cada vez nos comportamos más como niños, que nos negamos a crecer, y por eso necesitamos que nos traten como infantes, seres inmaduros y adolescentes malcriados, incapaces de asumir una mínima responsabilidad personal que no nos venga impuesta por la autoridad y la norma. Quizás sea esa cierta infantilización de la vida cotidiana, que acaba impregnando casi todo, la que lo explique, también el rasante debate de las ideas al que asistimos. Quizás que nos negamos a hacernos responsables de nuestras vidas y de quienes nos rodean.

Dándole algunas vueltas al tema del falso y banal debate del término “allegado” y de la navidad me encontré, casi por casualidad, este texto de Sònia Valiente en su blog Animal social del diario Las provincias: “Algo que, por desgracia, va más allá de la cirugía estética, de la crisis de mediana edad, o de que, pronto, envejecer esté penado por la ley. Según Marcel Danesi, profesor de antropología y autor de Forever Young, una sociedad inmadura se caracteriza por unos ciudadanos dóciles, donde impera la inmediatez, los contenidos banales y la pornografía de la imagen –entendida ésta por memes, cotilleos, y vídeos virales de carente valor informativo– que satisfacen nuestra curiosidad y alimentan la pulsión de instantaneidad”. Y añade Valiente: “La progresiva analfabetización funcional genera masas anestesiadas que exigen más a la vida sin entender el entorno que les rodea y que acogen encantados los dogmas y, como resultado, la sociedad se polariza. Aún están a tiempo. Corran a la biblioteca más cercana”.
En esta misma línea, reconozco que, seguramente, este artículo no se habría escrito sin el comentario que un amable lector, José Clemente Rubio, me hizo hace unos días a propósito del intenso debate mediático sobre el término “allegado”. “No sé si lo que pretenden estos politiquillos –decía en su desenfadada nota de wasap– es entretener al personal con simplezas escondiendo otras cosas que no llegamos a ver. Un ejemplo, entre otros, ¿has visto las horas de cámaras, difusión, chistes, etc. del tema tan simple como la palabra «allegaos»?
Así que es muy probable que los raros seamos todos los demás, gente que como este amable lector, quieren, queremos, ver un poco más allá de lo que se muestra, quienes entendemos y defendemos que utilizar la palabra “allegado” por parte del ministro fue no solo un gran acierto, sino una ingeniosa manera de humanizar unas navidades que, por mucho que queramos, nunca van a ser lo que habrían sido sin esta puñetera pandemia.
No era, no parecía, tan difícil de entender que hay “allegados” que pueden ser mucho más que familia, y que hay familia que nunca tendrá la consideración de “allegados”, por mucha consanguinidad que se tenga, por mucho árbol genealógico que lo apoye. Eso seguramente no era tan difícil de entender. Salvo, claro, que se quisiera enredar en la nada, que, como sucede tantas veces, no importase tanto lo que se dice sino quién lo dice. Y que se tenga miedo a ejercer la libertad personal. A actuar como ciudadanos responsables y maduros y no como pájaros enjaulados que se morirían de miedo si alguien osara abrirles la puerta de la libertad, que es lo que parecemos en muchas, demasiadas, ocasiones.
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Buen artículo Pepe y muy interesante, mis felicitaciones amigo.
Gracias Alonso por tu comentario.
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