Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Al paso

La Virgen María es nuestra madre, ¿a quién temeremos?

Cristo en la Cruz con María y san Juan, retablo pintado por Rogier van der Weyden, hacia 1443-1445, ahora en el Kunsthistorisches Museum en Viena. (Fuente: Wikimedia).

Refugio de los pecadores, consoladora de los afligidos, salud de los enfermos y auxilio de los cristianos.

Comentaba yo en alguno de mis artículos de la Hoja lo fabuloso que era tener, además del padre de la Tierra, un padre del Cielo y recordaba que es mucho más importante heredar de éste los bienes celestiales que los terrenales de aquel, más que nada porque éstos no nos los podemos llevar cuando nos llega la hora de la muerte. A la otra vida nos vamos con lo puesto que no es otra cosa que el alma y, con el alma, el honor. Honor, el que lo tenga, claro. Ya recordaréis aquellos versos que puso en boca del alcalde de Zalamea Calderón de la Barca: “al rey la hacienda y la vida/ se han de dar, pero el honor/ es patrimonio del alma/ y el alma sólo es de Dios”.

De lo que no había hablado a los lectores es de que, además de este padre todopoderoso tenemos una madre igualmente todopoderosa, la Virgen María, presente entre nosotros, porque como madre de Jesucristo y corredentora sólo quiere nuestro bien. María es madre de la Iglesia y la Iglesia somos todos los bautizados. Un sencillo silogismo sirve para deducir que todos los cristianos somos hijos de la Virgen. El relato de las siete frases de Jesús en la cruz recoge una muy emotiva. A punto de morir, dirigiéndose a la Virgen, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y, seguidamente, se dirige a san Juan: “Hijo, ahí tienes a tu madre”. (Acabamos de ver a Jesús, a María y a san Juan en las procesiones de Semana Santa).

Me encanta tener dos madres y los dos en el cielo, la de la tierra porque era maravillosa y su alma me está esperando allá arriba, y la que también fue madre de Jesús y que subió en cuerpo y alma al lado de su Hijo, como nos enseña el dogma de la Asunción. La Virgen María, no murió; se durmió, con san Juan y los otros apóstoles rodeándola y el Señor se la llevó al cielo. Un milagro, sí, pero ¿qué tiene eso de especial si Jesucristo se hinchó a hacer milagros y sigue haciéndolos por intercesión de la Virgen en sus numerosísimas advocaciones y a través de los santos un día sí y otro también?

A mí la Virgen me ayuda todos los días a disfrutar de la vida que Dios nos ha dado y conozco a muchos vecinos y vecinas, coparroquianos y amigos que dicen lo mismo. No nos creemos mejores que nadie, ni mucho menos. Todos somos viles pecadores que, eso sí, creemos en la misericordia de Dios y en que la Virgen es “reina y madre de misericordia, vida y dulzura, esperanza nuestra”, a la que rogamos ayuda mientras vamos caminando: “a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Y le decimos que es nuestra abogada y le pedimos que después de este destierro nos muestre a “Jesús, fruto bendito de tu vientre”. ¿A quién temeremos si Ella está a nuestro lado?

Los que rezamos el rosario (cinco padres nuestros y cincuenta avemarías), a veces terminamos con las Letanías a Nuestra Señora, que no las voy a transcribir aquí completas, pero algunas son alentadoras, no sólo para nosotros, sino también para todo el mundo. Miren lo que dicen algunas plegarías: “Ruega por nosotros, refugio de los pecadores, consoladora de los afligidos, salud de los enfermos y auxilio de los cristianos; reina de la familia, reina de la paz” y un largo etcétera. Me gusta a mí especialmente eso de ‘refugio de los pecadores’, porque significa que quiere a los pecadores y pide a Dios por ellos para que se conviertan; que ella, como seguidora de Jesús en sus predicaciones por Galilea y Judea, sabía muy bien esa cita bíblica de que “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que hacen penitencia”. Otro pasaje evangélico dice que “Dios quiere que todos los hombres se salven”.

No hay más que recordar lo que ocurrió en el Gólgota con Jesús crucificado en medio de dos ladrones. Los dos conocían a Jesús porque el hijo de María, al que seguían multitudes cuando predicaba y que fue recibido por ellas en Jerusalén el Domingo de Ramos, era más famoso que ahora Pedro Sánchez. Uno de los ladrones, Gestas, se dirigió a Jesús, con malas palabras y le pedía que se bajara de la cruz y los salvara de la muerte a ellos también. El otro ladrón, Dimas, le recriminó diciendo: “nosotros pagamos por nuestras malas acciones, pero Él ¿que mal ha hecho?”. Y luego, dirigiéndose a Jesús le dijo: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Y Jesús le miró y le habló de esta manera: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Qué les parece, amigos? Fabuloso este ladrón que cometió su más genial ‘robo’ en el último instante hurtándole al Señor el cielo.

¿Saben quiénes estaban de testigos de este gran acontecimiento? La Virgen y Juan. Y es Juan el Evangelista quien narra cómo un soldado, tras expirar Jesús, introdujo su lanza en el pecho de Cristo y provocó que del costado manara sangre y agua. La tradición cristiana nos cuenta que el soldado se llamaba Longino (Longinus, en latín, porque era romano), que se convirtió al Cristianismo y que años más tarde sería martirizado. Figura en el catálogo de los santos.

Amigos lectores, aspiremos no a ser incluidos en el catálogo de los santos, sino a, bajo la mirada misericordiosa de María, vernos admitidos en los últimos asientos del inmenso teatro del cielo. Ella es nuestra abogada y arrancará una sentencia favorable del Gran Juez que también es nuestro Padre. No entiendo cómo puede haber gente que no quiera tener a Dios como padre y a la Virgen María como madre. Pero si son un seguro de vida… y de muerte. ¡Y gratis!

Ramón Gómez Carrión

Periodista.

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