Una de las máximas de Aristóteles fue aquella que decía que el arte imita a la vida. Aunque a mí, siempre me gustó más la reinterpretación de Oscar Wilde –posteriormente plagiada por Lana Del Rey– que postulaba que no, que en realidad era todo lo contrario: es la vida quien imita al arte. Yo me quiero tomar la licencia de darle una vuelta de tuerca más al aforismo del señor Wilde y la señorita Del Rey para afirmar que la vida a lo que realmente imita, es a una película.
Porque desde luego, menuda película hemos visto esta semana en España con la trama Pegasus: una peli de espías…Pero de las malas. Una mezcla patria de las películas de Johnny English, Austin Powers, Hot Shots, Espía como Puedas y, si me apuras, de Mortadelo y Filemón. Muy en resumen,hace un par de semanas los independistas catalanes denunciaron que el Gobierno les había espiado los móviles y correos utilizando un software israelí llamado Pegasus. Bajo la elegancia de su nombre, se escondía un programa malvado que una vez se metía en tu móvil o portátil, automáticamente hacía copia en otro móvil u ordenador de todas las conversaciones, imágenes o vídeos.
Hasta aquí todo bien: podría parecer una trama más, si me apuras hasta secundaria, en un estado que tiene en sus cloacas una colección de Black Ops de alcurnia como el 23-F, el caso GAL, el de Roldán, el incendio del Windsor, la trama Gürtel, la de Andalucía, el espionaje de Madrid, los papeles de Bárcenas o el caso Villarejo.

Pero como en cualquier buena película de espías que se precie, hubo giro de guion: cuando se le preguntó al Gobierno que cuál era el motivo del espionaje… ¡Su respuesta fue que también había sido espiado por Pegasus! Sí, sí: el software se coló en el móvil de los más altos cargos del gobierno… incluido el del presidente Pedro Sánchez. Desde los wasaps privados con gerifaltes de todo tipo hasta las fotos aún no publicadas de aquel mágico verano en Ibiza, una brecha de seguridad en el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) permitió que le birlaran todos los datos del móvil tanto a él como a la ministra de Defensa, Margarita Robles.
¿Y quién fue el autor? ¡Ah, nadie tiene ni idea! Lo cual es supertranquilizador teniendo en cuenta que vivimos en un mundo en el que el phising está a la orden del día, y un simple SMS puede servir para que te vacíen la cuenta del banco (A quién no le ha avisado “Correos” para “recoger un paquete”, a quién). Porque si a Pedro Sánchez, que lo protege el CNI, se la han dado con queso… ¿Qué no pueden hacerme a mí que mi contraseña es un triste pass numérico? Pedro, por cierto, si me lees haz como yo: pon la activación del móvil por dedo. Así si quieren espiarte, te tendrán que arrancar el pulgar.
Otra película fue la que se vivió en el Santiago Bernabéu. No sé si de las épicas, por la remontada del Real Madrid ante el Manchester City a DOS minutos de quedar eliminado de la semifinal de la Champions; o de las de terror por lo paranormal de la situación. Básicamente, el conjunto blanco necesitaba en el minuto 89 dos goles para forzar la prórroga. En el 91 y sin que nadie todavía sepa cómo, lo había conseguido. Ya en la prórroga, remató la hazaña remontando la eliminatoria con un gol más que le dio el pase a la final de la Champions League. Para todo el que lo vio, le guste más o menos el fútbol o el Madrid, sin duda fue una locura de esas que solo ves una vez en la vida.

La semana no solo tuvo películas épicas y de espías. También asistimos al thriller judicial que se han montado Amber Heard y Johnny Depp. Rápidamente, la primera demandó al mítico Jack Sparrow por violencia de género, y llevan desde hace semanas retratándose en un juicio cuyo premio para el ganador es la fortuna de Depp. O, dicho en términos corsarios, su cofre del tesoro.
Y a estas alturas, el juicio ya es tan o más mediático que el de O.J. Simpson o el de Isabel Pantoja. ¿Por qué? Porque menos guapo se han dicho de todo: de él, ella ha afirmado que era tanto un pirata en el Caribe como en su casa. Porque si Depp no estaba drogado, estaba borracho. O las dos cosas a la vez. Y que además de ser politoxicómano, también era de género agresivo y le pegaba, vejaba, insultaba y hasta violaba. Todo ello apoyado en vídeos donde se ve a Johnny haciendo el papel de su vida: dormir la mona después de la cogorza. Al parecer, los andares ebrios de Jack Sparrow no eran pura “interpretación”.
De ella, él ha dicho que es más mala que Belcebú, que también le pegaba como saco de boxeo, que le torturaba psicológicamente, le hacía luz de gas y todas las manipulaciones mentales y psíquicas habidas y por haber. Añade Johnny, además, que Amber está manipulando al juez, al jurado y si la escuchas, a ti y a mí. Que Amber Heard es el mal encarnado y que le ha arruinado la vida y la carrera. Ha sido ella, su drogadicción no ha tenido nada que ver.

Y del thriller de juicios saltamos a la comedia de enredo para terminar este artículo. Comedia, porque habla de Marilyn Monroe (una de las reinas del género) y enredo, porque habla de las dificultades que ha tenido Kim Kardashian para ponerse su mítico vestido con el que cantó Happy Birthday a John Fitzgerald Kennedy (JFK). La historia es ésta: en Nueva York, esta semana se celebraba la gala MET. Es una absurda fiesta de bienvenida de la primavera de estrellas y celebrities que sirve para inaugurar la temporada de eventos sociales. Como Los Bridgerton pero en moderno. Y Kim, como reina del salseo, quiso cumplir su viejo sueño de desfilar con uno de los vestidos de la ambición rubia. Pero tuvo un problemón: no entraba en el vestido. De forma que, para lograrlo, tuvo que hacer una polémica dieta basada en comer tomates y darse saunas quemagrasas compulsivamente que ha dividido al mundo entre los pros y los contras del método, que ajenos a Pegasus y quizá imbuidos del espíritu épico del Madrid se han estado atizando toda la semana en redes sociales.
Aquí la comedia tuvo un final ácido como los tomates Raf de Kim, porque el vestido nunca abrochó por las posaderas y se tuvo que cubrir con un abrigo. Lo dicho, la vida es una película.
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