Acabo de despedirme de Joaquín. Lo he visto en el paseo, justamente a la altura de un montón de mantas tendidas sobre uno de los bancos de piedra. Parecería ser un lío de viejas prendas olvidadas si no fuera porque envolvían un cuerpo, una mujer de aparente mediana edad, desaliñada, con la tez del color de la cecina, el pelo deslucido francamente ajado. Por debajo de las mantas aparecía una mano asida a un botellín de agua de marca irreconocible.
Por el espacio del paseo habría caminando una veintena de personas: el jardinero que recorta los setos; un policía municipal de los que cuidan que todo vaya bien, sin problemas; algún niño camino del colegio; y Joaquín, mi amigo, que con su reconocida simpatía me detiene para ofrecerme su mano.
Me despido del amigo, arrinconando en el cajón de mis escrúpulos el bulto de mantas y su contenido que, prudentemente, he osado mirar de soslayo, y esquivo a la conciencia y la enfrento a la realidad del olvido. Joaquín me recuerda que acaba de salir de su casa y marcha hacia el café donde le esperan. Un abrazo, amigo, y sigo el camino hacia mis cosas.
“Mis cosas” es el Banco —este con mayúscula— donde me dirijo esa mañana y, probablemente, tenga que estar de pie, desesperando el momento en que me atiendan. Ya se sabe que la experiencia… y lo sospecho a pesar de que en la tele el Banco se anuncie con imágenes de atención especial hacia los viejos. Como tantos.
Confieso que mis setenta y siete años me permiten situarme en ese grupo social. El grupo de los veteranos. Vamos, para que me entiendan, de los ancianos, las personas mayores, los que peinamos canas y, aunque estemos francamente bien, arrastramos nuestra hiperplasia de próstata con su incontinencia disimulada —quizás una hipoacusia moderada— o un pequeño temblor intencional; o esa broncopatía de antiguo fumador (aunque haga más de cuarenta años que se abomina del tabaco) y el temor a que bajo ese: “¡qué bien te encuentro amigo!”, se encubra un sospechoso: “¡cada día más viejo!”.
Los años no pasan en balde y los cursis nos llaman gent gran. ¡Lo que nos faltaba! Dense cuenta, estimados lectores, que, a todo esto, las mantas de la mujer desaliñada han quedado en el pasado y mi vida va a transcurrir por otra dimensión, esta, de paciencia firme en el recinto de un Banco que presume de moderno.

He llamado al timbre tras comprobar que en su interior otras personas esperan. Vengo de Cultura. Para ser exactos, del Registro de la Propiedad Intelectual. Allí me han atendido dos funcionarias, María Isabel y Ana. Necesito pagar una tasa. Poca cosa, pero he de pagarla porque así me lo piden en este lugar —por cierto, con una amplia sonrisa y una silla (por favor, siéntese usted)—. He de “registrar” uno de mis libros y de ahí el pago. Está claro.
La llamada al timbre de la puerta del Banco da lugar a un “clic”, evidencia de que se me permite la entrada. Diez personas, seis sentadas esperando cómodamente y cuatro pegadas a las paredes a falta de asiento. “¿El ultimo?”. “El de las gafas”. “¿Quién, el señor gordito?”. “No, el chico del pantalón todo lleno de rotos”.
Un jovencito luce un vaquero como los que, teniendo yo su edad, llevábamos los jóvenes “progres” (con permiso de la Dictadura, eran los años setenta y ya se sabe… Vietnam molaba mucho). Antiguamente, el jovencito de la silla junto a la columna, el del pantalón roto, se hubiera levantado. “¡Por favor señor, siéntese!”. “No, gracias, no se preocupe”. El insistiría. “Que Dios se lo pague. Pero no”, le hubiera contestado muy amablemente. Sigo en pie, intentando descargar mis lumbares caminando un poco por el espacio que me queda. Es problema de orgullo. Tengo setenta y siete años, pero estoy capacitado para aguantar de pie el tiempo que yo estime oportuno. ¡Faltaba más!
Ese movimiento de educación ya no se lleva y me evito el soponcio. Y el Banco sin abrir la boca, mientras se le franquea la puerta a una chica de unos treinta años, bien arregladita que se dirige directamente a caja. “¡Señorita, pida la vez!”. “Es que tengo hora”. Punto en boca.
Me acuerdo de que tengo que pedir cita para cortarme el pelo y sigo cultivando la esperanza de que antes de que la Administración cierre pueda pagar la tasa. Y así, aprovecho…
El pobre funcionario de caja (uno solo esa mañana) se lía con el cliente que no entiende cómo es posible que el Banco donde tiene depositado su dinero no pueda entregarle la cantidad que él solicita. Se alarga el diálogo. Se hace farragoso. Y más tiempo al tiempo.
“¡Esto antes no pasaba!”, suelta la señora de mi izquierda. “Ya empezamos”, pienso, y llega el momento en que sí comienzo a notar que los años se me cargan en la cintura y aprietan sobre los lomos y las piernas se me duermen y los pies se quejan en silencio. Mas, aun con los pies condolidos, me siento libre de mantas y de miseria y, eso sí, aumenta la esperanza de que podré depositar en caja el pago del expediente.
Y me acuerdo de la mujer del banco y siento cómo la soledad grita allá afuera.
Relato hermoso, lleno de matices y acaso merecedor de que pague usted una tasa en el Registro de la Propiedad Intelectual. Un cordial saludo.
Gracias, admirado Ramon.
¡Enhorabuena, Francisco! Es un relato cotidiano con matices sensibles ante una realidad ajena que has sabido intercalar con tu realidad personal y con tu capacidad de observación de lo que que te rodea. Muy bien conseguido.
Un abrazo,
Juan A. Urbano
Gracias Juan Antonio. Nos vemos pronto. Un abrazo.