Siempre me han atraído aquellas personas que ante la tormenta son capaces de mantener la calma, aquellos que, cuando todo el entorno se torna dramático y presagia nubarrones de la peor especie, son capaces de ofrecer una media sonrisa y aparentar templanza. Será porque esas personas, mejor que nadie, comprenden que para poder ganar una guerra —y perdón por la expresión en tiempos como éstos— casi siempre antes se deben perder algunas batallas. Irene Montero, la ministra de Igualdad, ciertamente ha ganado algunas batallas, de eso no cabe duda, pero algo en el ambiente empieza a dibujar que su extraño y autoritario proceder podría ser antesala de la derrota definitiva.
En el cuento El traje nuevo del emperador que hiciera famoso en el siglo XIX el escritor danés Hans Christian Andersen, relato que otros consideran inspirado en el cuento más patrio de El Conde Lucanor del infante Don Juan Manuel, se cuenta como unos pillos y zascandiles logran hacer creer al rey y a toda su corte que son portadores de poderes mágicos y que, si les pagan por adelantado, cubrirán al rey de los ropajes que nunca antes fueron vistos y que una vez en la calle serán admirados por todos los siervos. El final, ocioso es repetirle, ya saben cuál es.

Justo en esta historia, o fábula, pensaba estos días cuando vi a la ministra de Igualdad celebrando a las puertas del Congreso la aprobación de “su” ley trans. Era claramente la escenografía de fiesta de una dura batalla ganada. Sin embargo, la imagen, si te distancias lo justo para no formar parte del paisaje, casi lo dice todo. Euforia poco contenida a un lado, lloros y rabia al otro. Y no porque unos y otros, unas y otras, fueran enemigos declarados. No, al menos hasta ahora.
Como decíamos, instantes después de que el Congreso de los Diputados aprobase definitivamente la conocida como ley trans la ministra de Igualdad lo festejaba a las puertas del propio Congreso junto a un reducido grupo de activistas trans y miembros del movimiento LGTBI. Y, justo enfrente, otro grupo también escaso de feministas protestaba por lo que consideraban un error histórico, un portazo en la cara a la lucha de más de 300 años del movimiento feminista por la igualdad entre hombres y mujeres.

¿Cómo es posible que una ley cuyo objetivo central era ampliar derechos haya terminado siendo la fotografía del mayor desgarro que ha sufrido el movimiento feminista en los últimos 50 años en este país? ¿Cómo es posible que una ministra y su cohorte de aduladoras y acríticas cortesanas se crean que solo ellas son dignas de vestir los más hermosos ropajes de la lucha por la igualdad? ¿Qué tipo de abducción o engaño les hace creer y defender con tal vehemencia que ellas y solo ellas tienen derecho a hablar en nombre del feminismo, de las miles de mujeres que se jugaron la vida para que, entre otras cosas, ellas estén donde están, y que quienes se atreven siquiera a cuestionar algunos aspectos oscuros de la propia norma, incluidas algunas ilustres socialistas capitaneadas por la expresidenta Carmen Calvo, son poco menos que rancias, fachas, viejas, indeseables, gente que no merece ser oída, ni escuchada, ni ser tenida en cuenta?
Irene Montero, y Podemos por extensión, han ganado sin duda una batalla, y la han ganado con el apoyo de un maquiavélico y calculador presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que debe estar pensando que lo importante aquí es la guerra de fondo —el gobierno de coalición—, aunque en el tránsito haya habido que perder algunas batallas, incluida la ley trans tal y como ha sido aprobada con sus más que seguros efectos indeseados.

La imagen de la celebración —lo señalamos antes— ya lo dice casi todo. Si te abstraes de lo evidente, de la fiesta, el jolgorio, de las palabras de fondo de Carla Antonelli, no cuesta tanto percibir que la ministra de Igualdad, como el emperador en el cuento de Andersen, o en el de El Conde Lucanor según gustos, empieza a estar sola. Muy sola. Y que, como en el relato aquel, la reina de la igualdad también va desnuda. Aunque ni ella lo vea, ni quienes la rodean se atreven a decírselo a la cara.
Y es que, a veces, lo decíamos al principio, no solo es mérito e inteligencia saber mantener la templanza y tranquilidad en las derrotas, sino que también en las batallas que se ganan, hacerlo así, evitando los excesos, debería ser lo más apreciado, lo más inteligente. Más si el duro duelo ha sido contra quienes deberían haber sido tus principales aliadas en ese recorrido. Serenidad, calma, templanza, son palabras que también aquí se echan a faltar.
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Muy oportuno tu artículo. Lo peor del cuento es que sólo los niños se dan cuenta de que la emperatriz Irene y el emperador Pedro van desnudos. Y los niños no votan. Alberto va igualmente desnudo. España no tiene suerte con sus políticos, desnudos de cuerpo, de intelecto y de alma. Y lo mismo pasa con los políticos de Europa, de Estados Unidos, de Rusia, de China y del mundo mundial. Y nos quieren desnudar a todos. Incluso a los niños. Dentro de poco ya no habrá ni niños. Será el fin. Me ha gustado mucho tu artículo. Un abrazo.
Gracias Ramón por el comentario. Es este -la ley trans- un tema espinoso y complicado, donde tan peligroso es pasarse, como entiendo que ha podido ocurrir aquí en el caso concreto, como no llegar (ocultar que hay una cuestión de derechos pendientes y que tienen/deben ser atendidos). Un abrazo.
Curioso enfoque de opinión compañero asociado. Para “todo lo que no sabes sobre la ley trans”, te dejo enlace al pódcast que también se ha publicado hoy en la ‘Hoja del lunes’ y en el que hablamos sobre todo lo relacionado con esta Ley integral que busca reconocer y defender los derechos del colectivo LGTBI.
Aquí tienes el enlace por si te apetece escucharlo:
https://open.spotify.com/episode/1klvWf4uebGb8ZlfIttlCz?si=R0G0mRoxQ4WffpBJvdfN7A
Como parte de un colectivo no puedo expresarme, aunque como mujer y feminista, sí. Gracias por el artículo. Todos los derechos deben ser atendidos, aunque nunca unos en detrimento de otros…
Esa es Alina efectivamente la gran cuestión: atender derechos sin menoscabar otros…
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