Hace un par de semanas asistí, atónito, a unas declaraciones del presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), Gianni Infantino, que al ser criticado por las condiciones de represión y la falta de Derechos Humanos que existe en Catar, el país que acoge el Mundial de fútbol, respondió sentirse “árabe, africano, gay, discapacitado y trabajador migrante”, en referencia a aquellos colectivos que más sufren la represión en sus derechos individuales. Además, el vídeo con su rueda de prensa no tiene desperdicio. No solo las declaraciones, per se, son estúpidas, sino que además se le nota en los gestos, en la expresión y en las formas que no se cree lo que dice. Perplejidad, eso es lo que sentí, ya que se trata de uno de los dirigentes mundiales con una mayor representación. Como dice el refrán —antiguo y machista, pero entendamos el mensaje—, “la mujer del César no solo tiene que serlo, sino parecerlo”, y aquí el señor Gianni, tratando de ser, no lo fue, ni lo pareció. Esta es la realidad que tenemos.
En términos de comunicación, probablemente, haya pocas cosas peores que querer decir una cosa y que se entienda justo lo contrario. Además, si hacemos uso del refranero popular, “piensa mal y acertarás”, es justo lo que algunas y algunos pensamos en el momento de recibir su discurso. Cierto es que abordar temas tan sensibles como la libertad de identidad sexual de las personas, la migración, la explotación, la xenofobia o, más concretamente, los miles de trabajadores explotados y muertos en accidentes laborales mientras trabajaban en la construcción de las infraestructuras del citado torneo futbolístico, es un tema complejo. Con las declaraciones del mandatario del fútbol, el desaguisado resulta monumental.
Quizás, a Infantino le faltó sentirse mujer, el colectivo mayoritario que sufre represión en el país que trataba de defender el dirigente. No podemos negar que todos, en un momento dado, tengamos sentimientos encontrados, no dejemos claros nuestros sentimientos y, sobre todo, nos acojamos a nuestro derecho a cambiar de opinión. Mientras los argumentos esgrimidos lo permitan, es lícito ese cambio de parecer, pero que los cambiemos a conveniencia del auditorio en el que nos encontramos puede ser un arma de doble filo. Tal vez, con nuevos datos sobre la realidad, podemos variar nuestra opinión o ampliarla para ofrecer un discurso más riguroso y a la altura de la circunstancia. Aquí, el presidente de la FIFA solo tenía que hacer de lo que es, el César, y presentar una opinión firme y defenderla, a pesar de que sus intereses pudieran verse afectados por sus comentarios. En lugar de eso, amplió sus enemigos, dejó más cadáveres por el camino y perdió su credibilidad en un desierto, quizás, como los de Catar.
Si recurrimos nuevamente al refranero, observamos que “más vale un amigo que cien enemigos”. Así, el presidente de la FIFA se quedó más solo que la una y sin nadie que pudiera enorgullecerse de sus palabras, forzadas y sin credibilidad alguna. Entendemos, pues, el movimiento #noalmundialdelavergüenza con unos datos aterradores: en la construcción de las infraestructuras del Mundial han muerto más de 6.500 trabajadores inmigrantes (más de 100 por cada partido que se va a jugar) debido a las condiciones de semiesclavitud en que han vivido. Unas jornadas laborales de más de 10 horas con temperaturas superiores a los 40º han sido la base de estos fallecimientos. Tomemos nota para posteriores eventos mundiales donde el espíritu de fraternidad entre los pueblos tiene que evitar estas situaciones. El problema es que la historia es cíclica y el ser humano se empeña en no aprender de sus errores.
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