La Revolución francesa acabó llevando a la guillotina a sus más insignes protagonistas y Francia cayó en manos del dictador Napoleón, cuyas guerras incesantes dejaron millones de muertos en toda Europa. La Revolución rusa no sólo asesinó a la familia real, sino que Stalin acabó con muchos de sus dirigentes, entre ellos Trotsky, y con unos veinte millones de ciudadanos no afectos al régimen soviético. La revolución nazi hitleriana casi igualó el número de sacrificados por la causa, unos quince millones. La Revolución de Mao se llevó por delante a cincuenta millones de chinos. La seudorrevolución del Frente Popular de la Segunda República Española (llegado al Gobierno ilegalmente, con un pucherazo ‘científicamente’ comprobado) asesinó a más de siete mil sacerdotes, religiosos y religiosas y a miles y miles de ciudadanos de derechas y católicos generalmente. La contrarrevolución franquista se llevó por delante a miles y miles de republicanos.
Tengo la convicción de que la historia de la Humanidad está repleta de revoluciones y contrarrevoluciones; de guerras muy largas y de paces muy cortas. También creo que a lo largo de los últimos veinticinco siglos y pico (un pico bastante corto, pero enormemente ilustrativo, el de estos 22 años del siglo XXI), por cauces culturales paralelos a los geopolíticos, se hicieron ricas aportaciones que mejoraron las condiciones de vida material y espiritual del género humano.
No diré que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque eso es una tontería. Tampoco diré que todas las tradiciones que se han ido fraguando con el paso de los siglos han sido buenas. Las hay buenas y malas, y entre las pésimas está una que es actualidad estos días por las repercusiones que ha tenido, la de las novatadas y bromas absurdas en los comienzos del curso en las universidades de todo el país y que han llegado a ser incluso ofensivas y fronterizas con la delincuencia en un colegio mayor universitario de Madrid. Corramos un tupido (que no estúpido) velo por otras costumbres casi ancestrales ligadas al maltrato de animales, lo que no justifica la ridícula ley de salud animal, ese esperpento legislativo tan nefasto como ridículo).
La democracia y todo el bagaje cultural de Grecia, con las aportaciones del derecho romano y el revolucionario pensamiento cristiano sobre la dignidad e igualdad intrínseca de todo hombre cimentaron lo que se ha llamado hasta ahora mismo, casi, la civilización occidental que el comunismo, el nazismo, el capitalismo y populismo relativista se empeñan en volar por los aires, más temibles que los peligrosos arsenales de bombas atómicas de Rusia y Estados Unidos.
La mejor tradición es el fundamento del verdadero progreso. Hacer tabla rasa del pasado sería (acaso está siendo) el gran error que nos precipitará (nos está precipitando) al abismo, pese a falsas promesas y regalos envenenados. ¿Qué vamos a construir sobre las ruinas del aborto, de la eutanasia, de las violaciones consentidas de menores de edad, de la deformación sexual en las escuelas, de la ley trans para que cada quien y cada ‘cual, cuala y cuale’ pueda cambiarse legalmente de sexo cuantas veces le venga en gana? ¿Hasta cuándo habrán de soportar nuestras generaciones tanta estupidez y tanta maldad bajo capa de progreso? ¿Cómo a unos relativistas amorales y suicidas se les dan ministerios absurdos, donde se legisla contra la libertad e igualdad auténticamente humanas? Dilapidan millones y millones de euros mientras la clase media trabajadora (la otra media está en el paro) no llega a fin de mes.
Llegan las elecciones y todo son promesas, incluso algunos regalos envenenados. Regalos en forma de bonos culturales para los que llegan a la edad de votar; regalos envenenados de rebajas de impuestos varios; regalos envenenados en ayudas a familias con niños menores de tres años, mientras legislan para que puedan abortar adolescentes menores de 16 años sin consentimiento de los padres. Gobierno central, autonomías y ayuntamientos están compitiendo a ver quién regala y engaña más a los votantes.
Regalan con el dinero que antes nos han birlado, nos obsequian con el dinero de los mismos impuestos que ya pagamos y que ahora nos rebajan.
El ideal sería no votar a nadie y nunca. Pero eso no es posible. Todos vamos a las urnas a votar no a los mejores sino a los menos malos.
—Pero es que todos son muy malos
—Pues vote a los menos malos de entre los muy malos.
¡Y yo que estaba esperando a 2023 recordando aquello de año de nieves año de bienes, pero con este formato: año de votaciones año de bendiciones!
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Un gran artículo. Enhorabuena.
Gracias. Un abrazo.
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