Ha sucedido en Cal/Calpe. Unos gamberros, o algo peor, maltrataron “la escalera más bonita de España’, según calificación de la alcaldesa de la localidad. Es una calle muy empinada, hecha de escalones, como las que abundan en el Barrio de Santa Cruz de Alicante y que yo creo que son tan bonitas o más que la llamada ‘calle de España’ del municipio del Peñón de Ifach. Pero la regidora, Ana Sala Fernández, tiene derecho a considerarla la mejor, como tiene razón al condenar el atentado de unos imbéciles que maltrataron los colores de la bandera de España que hacen de la rúa calpina la más fotografiada por los turistas que visitan la urbe.
Oficialmente la calle se denomina Puchalt y no se sabe si los malvados y falsos grafiteros buscaban recuperar el nombre o querían atacar los colores de la enseña nacional, unos colores que vienen de tiempos de Carlos III, como el himno nacional, antigua ‘Marcha de Granaderos’. La alcaldesa ordenó la recuperación de la ‘calle de España’ atendiendo la demanda de unos vecinos indignados por el ataque posiblemente más que incívico de unos desalmados. Un periódico titulaba la noticia como “acto vandálico contra la bandera de España en las emblemáticas escaleras de Calp”.
La alcaldesa quita algo de hierro y dice: “Hay gente que no sabe lo que hace… No sé cómo unos gamberros han podido hacer eso”. Y a uno se le ocurre, como al periódico, que se trata de un ataque a la bandera nacional de gente politizada. En esos mismos días, en el Senado de España, se producía una vergonzosa claudicación (una más del PSOE antes socialdemócrata) aliándose con Unidas Podemos, ERC, PNV, EH-BILDU, JUNTS, PDeCAT, Más País, Compromís, CUP y BNG (se abstuvo el partido de Revilla, el Partido Regional de Cantabria). Se alió para cometer una felonía, a la que anteriormente se había negado: eliminar del Código Penal los delitos de injurias a la Corona y el ultraje a los símbolos de España, entre ellos la bandera nacional.
¿Cómo se les queda el cuerpo a ustedes? ¿Y el alma? Porque del alma y de las cosas espirituales también hay que hablar. Y ha hablado un vicepresidente de la Generalitat Valenciana. Nada menos que todo un vicepresidente de todos los valencianos, entre los límites de Cataluña y Murcia (por la costa, claro). Se llama Héctor Illueca. Lleva poco más de un año como conseller de Vivienda y Arquitectura Bioclimática. Con anterioridad fue director general.
Ambos titulados en Derecho; mientras la alcaldesa defiende los símbolos nacionales (constitucionales), al vicepresidente, perteneciente a Unidas Podemos, los símbolos de España, pues ya ven lo que le importan a la vista de lo que en el partido promueven. Pero lo que ahora quiero destacar es la penúltima actuación de nuestro vicepresidente, una absoluta falta de respeto a los creyentes católicos y a la Iglesia. Ha blasfemado contra Dios y contra la Virgen y ha hecho ostentación de ello en un vídeo que, para más inri, ha sido elogiado por su ídolo Pablo Iglesias. Miren lo que tuiteó quien se quitó la coleta tras fracasar en Madrid: “Si después de este vídeo no te enamoras de Héctor Illueca, que quizá sea el candidato de Podem a la Generalitat Valenciana, es que no tienes corazón”.
¿No es increíble? ¿Cómo se puede exaltar a quien blasfema como un palurdo, como el tonto de mi pueblo que blasfemaba de oídas sin saber ni lo que decía, y que ni siquiera blasfema en catalán, este idioma español que algunos quieren utilizar torticeramente como sinónimo de independencia y base seudocientífica para demandar el derecho a decidir de una comunidad secularmente española? ¿Cómo puede representar a los valencianos en el Gobierno de la Comunidad, que preside Ximo Puig? ¿Puede Puig mantener a tal vicepresidente si no pide perdón? No pido que sancionen a Illueca por blasfemo, sino que le den un correctivo por burdo, faltón, bellaco, antiestético, inmoral. No digo que haya cometido un delito y que la Justicia intervenga por muy vigente que estuviera el artículo 525 del Código Penal. Yo apelo al ‘código ético-cívico’ que no está escrito en letras jurídicas sino en el corazón de las personas decentes que debemos ser respetuosas con las creencias o convicciones de los demás. No hay que hacer burla o escarnio.
Algunas personas, incluso juristas, defienden las manifestaciones intolerables contra la monarquía, los símbolos nacionales o las religiones (no hablo sólo de la católica) como crítica, incluso la duramente satírica, como libertad de expresión. La libertad de expresión tiene límites y no sólo legales. Límites éticos exigidos por el gran derecho de todos a la convivencia en paz e, incluso, en afecto si no en amor. Yo tengo corazón y hago un llamamiento a Illueca y a Iglesias para que pongan su corazón en hora con el corazón de todos los españoles de buena voluntad, amigos de la convivencia y no del enfrentamiento. Necesitamos grandes dosis de fraternidad, además de libertad e igualdad.
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