Se me ha ocurrido este titular, como podría haber elegido “Unos por otros la casa sin barrer”, o aquel otro dicho: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”. El caso es que esta temporada la cosa funciona medianamente bien en lo deportivo, aunque siempre podría ser mejor. Ayer domingo, sin ir más lejos nuestro Hércules venció a domicilio, fue en las Islas Baleares, frente al conjunto del Peña Deportiva. Nada más y nada menos que una manita, cinco goles a uno, en las islas, y de paso matando otra vez el presagio negro del césped artificial, que tanto nos está haciendo sufrir esta temporada lejos de Alicante.
La odisea de acudir cada quince días al estadio Rico Pérez a ver al Hércules, en la cuarta categoría del fútbol español, es una peripecia o aventura que se ha ido degradando en todos los sentidos. La conjunción es la misma si se hace a pie o si se llega en coche, pero si se utiliza el vehículo y el sufrido aficionado estaciona en el aparcamiento oficial, pronto tendrá que lidiar con el gorrilla de turno que le indica, le orienta y le “ayuda” a aparcar. Un atraco y extorsión en potencia, aparte de la frustración de que te hagan creer que no eres capaz de hacerlo solo, encima pagar para no encontrar a la salida una raya en una puerta o un espejo roto —Policía local, nacional y seguridad privada del club se arremolinan y concentran todos juntos por la zona de oficinas y puerta cero—.
Sin salir todavía del aparcamiento, camino del recinto podremos apreciar diversas porquerías: resto de comida podrida de varios días, indigentes con sus bártulos y sus humildes pertenencias, otros más durmiendo junto a columnas o rincones del exterior y todo ello aderezado con rastros de heces y orines a lo largo y ancho de todas las paredes, desde Fondo Sur a Fondo Norte, pasando por Preferente. En las tardes que calienta el sol, el hedor es evidente y la náusea insoportable. Si D. José levantara la cabeza y viera que el estadio que un día edificó se ha convertido hoy día en sus alrededores en fonda, hostal o posada de pobres, la volvería a agachar.

Ya dentro del campo, el abandono por parte del club es total en todo aquello que no tenga que ver con lo meramente deportivo. Los aficionados que son abonados al Palco VIP se encuentran con unas butacas viejas, ya descoloridas, y un antepalco o sala donde no se limpian los cristales y no se friega el suelo. La zona más principal del palco, o más vip, sigue manteniendo un ágape o lunch en el descanso; en la otra, eso se fue al garete con la excusa de la pandemia, que se lo llevó por delante.
Desaparecieron de la barra, ahora abandonada y sucia, los camareros; y las botellitas de agua las coge uno mismo, calientes en verano y calientes en invierno.

Otra aventura puede ser ir al servicio en determinadas zonas del campo. Desde cisternas o grifos de los que brota agua sin parar a otros que están secos. Y luego la luz, en estas fechas y ya caída la noche en más de una ocasión, en los aseos no hay iluminación. Si uno, al menos, está ávido y listo a la hora de desabrocharse y encontrarse sus atributos, luego tendrá otros dos problemas: aquello de acertar o atinar y no malograrse al entrar o salir con las escaleritas de acceso.

Alguien debería pedir alguna responsabilidad. El campo no es del Ayuntamiento, el campo no es del Hércules —que sí lo explota y utiliza—, el campo es de la Generalitat o de alguno de sus organismos, pues alguien tendrá que pedir responsabilidad.
No hace mucho, en el transcurso de un partido, ardió un cuadro de luz debajo de uno de los vomitorios. ¿A qué están esperando? ¿A que ocurra una desgracia, un altercado? ¿A salir en los telediarios de toda España por alguna barbaridad? Sabido es que hay un plan integral por parte de este gobierno valenciano y también del anterior para llevar a cabo una nueva instalación y transformar lo actual en eso que llaman un “Arena”, pero hasta que llegue ese súper complejo deportivo —si es que alguna vez llega—, el de siempre, el sufrido aficionado, a pagar y a tragar. A veces me pregunto: ¿por qué todavía seguimos yendo? Debe ser que el sentimiento y el amor por los colores deportivos de un club están por encima de todo y de cualquier cosa.
Pero, en fin, como diría un castizo de mi pueblo: “Sr. Mazón, por la titularidad; Sr. Barcala por los exteriores y Sr. Ortiz por la propiedad del club que juega y explota las instalaciones: QUÉ ASCO, QUE CERDERÍA, QUE GUARRERÍA”.
Eso sí, el césped, el terreno de juego, este año está muy bien. Sobre todo, después de la última resiembra.
Lo has clavado, Diego: asco, cerdería y guarrería. ¿Te leerán los responsables? Acaso. ¿Tomarán medidas? Ni caso, palabra ésta que lleva las mismas cuatro letras de asco. ¡Cien años de historia para esto! No se puede caer más bajo.