Gabriel Miró es como una montaña, como un río, como un valle de la provincia de Alicante; Gabriel Miró, elemento geográfico de esta tierra. Su atención, su escrupulosidad. Elemento geográfico; la geografía sentimental, subjetiva, tan diversa de la objetiva, la científica, la que lo reduce todo a cifras, diagramas y cuadros…
(Azorín: Superrealismo)
Se oye, se dice, se canta que Alicante es la mejor tierra del mundo. También, en un lejano día, asomado al Mediterráneo, se lo repetía a sí mismo desde su casa de Benalúa, el escritor alicantino Gabriel Miró. Se decía: “Yo no sé si será esta tierra la mejor del mundo; pero sé que su lumbre, su tacto, su vaho, traspasa siempre nuestra vida con una suavidad de óleo precioso y una fortaleza de vino viejo. No la trocaríamos por la más abundante. Tierra nuestra por la que aprendemos a sentir y a interpretar el paisaje en su desnudez y aún en su carne viva; tierra de cumbres azules, y de cumbres pálidas como frentes; tierra morena como nuestro pan, y no hay pan como el de casa”.
Es un elogio sobrecogedor de la tierra chica, de la pequeña patria donde uno ha nacido. Se ha recreado en su ambiente y en su clima, y desde el nacimiento ha formado parte de su universo personal. Los que han leído la literatura de Gabriel Miró se han imbuido de su estilo y lo reconocen con emoción. Apenas evocarlo, y la imaginación se desborda. No tiene Gabriel Miró un terruño pequeño en el que verse, mirarse o recordarse. Todo viene a parar a un ámbito de sutil luminosidad. Los del lugar que se describe o en donde suceden ciertas cosas que él cuenta con pretendida delicadeza, en seguida lo perciben, estén donde estén viviendo o viajando donde quiera que viajen. Si decimos que esto es el paisaje mediterráneo alicantino, vale, se admite la respuesta, siempre y cuando se reconozca que le falta sensibilidad; pero si uno se asoma usando la obra literaria mironiana se llenará de una luz escogida, de una brisa como encargada, de un sabor salino de tanto trabajarse el mar, de un perfume etéreo delicado y suave. Aquí, como en todo lo que lleva el nombre o apellido de Alicante, hay vida abundante, trabajadora, creativa, original y desprendida. Obsérvese la cantidad de producciones de este entorno que impregnan de sabor y aroma los momentos brillantes y festivos de las personas de todas las partes del mundo. Todo esto dice y proyecta la literatura de Gabriel Miró con abundancia de detalles. Y para intentar conectar mejor, o no perderse algunos rincones geográficos o sutilezas que hay que saborear, el historiador Vicente Ramos, escribió en 1970 una segunda edición de su muy elaborado trabajo sobre El mundo de Gabriel Miró, o cómo nos gustaba decir cuando hablábamos con el autor: el auténtico universo mironiano. Porque el universo se nos antoja superior en tamaño a todo un mundo.

Su comprovinciano literario y contemporáneo, el insigne escritor de Monóvar, José Martínez Ruiz, Azorín, también lo reconocía (como hemos escrito al principio) como un maravilloso accidente geográfico: En una carta de abril de 1912 le decía: “Me interesa vivamente cuanto usted hace. Personalidad relevante hay en su estilo y en su visión”. Intentó Azorín que Miró fuera académico como él; no lo consiguió y eso le enfadó seriamente como se vio posteriormente en la correspondencia cruzada entre ambos. También había dejado escrito que “Gabriel Miró, en silencio, como en un sueño, va pasando las manos por su querido Alicante”. Y el piropo que debió de gustarle especialmente, decía así: “De Santa Teresa procede la prosa limpia y exacta de Miró”. Vicente Ramos cree, sin embargo, que debió de haberle influido más que Santa Teresa Fray Luis de Granada, por las concepciones mironianas de la Naturaleza y el amor. Pero nos ha escuchado Salvador Rueda y nos ha añadido que el alma de Gabriel Miró era como la de un niño, un filósofo y un poeta. Al expresar los más destacados rasgos físicos y espirituales del escritor alicantino a comienzos del siglo, en palabras de Ramón Gómez de la Serna, destacan las siguientes: naturalidad, timidez, amor de perfección, insatisfacción íntima, verdadero anhelo de escritor, que se plantea forma y fondo.

Ramón Gómez de la Serna nos estaba advirtiendo, trazando los más sobresaliente rasgos físicos y espirituales del alicantino a principios de siglo (cuando salió su libro Del vivir): Gabriel Miró era un misterio personal en los principios del siglo. Era un joven enlutado, pálido, de cara alargada, de mirar melancólico y fijo, tocado con la corbata desaliñada del poeta:
Me preocupaba aquel escritor sediento, sudoroso, febril, que sólo aspiraba a seguir viviendo mientras escribía sus prosas llenas de una realidad desesperante, plástica, densificada por el recuerdo de un camino lleno de sol y lagartijas en su tierra levantina. Era como un músico o un escultor de levante, serio –hombre con botas–, vestido de domingo los días de trabajo –para eso era un artista-, mirando con ojos fúlgidos y un poco enloquecido la cuneta de un camino que serpenteaba a lo lejos entre diferentes calidades de verde y dos azules distintos y a veces iguales, azul de cielo y azul de mar. Se le distraía un momento, pero volvía a abstraerse intrincándose en ese camino que le abstraía.
(Ramón Gómez de la Serna: Nuevos retratos contemporáneos; 1945).
Leeremos de nuevo a Gabriel Miró en confinamiento.
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