Don Benito Pérez Galdós nació a las quince horas del día 10 de mayo de 1843, en Las Palmas de Gran Canaria, y falleció en la madrugada del domingo 4 de enero de 1920, en Madrid.
Se cumple así, en el presente año de 2020, el centenario de su fallecimiento. Es en consecuencia oportuno tributar un homenaje laudatorio, al más grande escritor español de todos los tiempos, después del primero de todos, que es don Miguel de Cervantes Saavedra.
Undécimo hijo del matrimonio formado por el teniente coronel don Sebastián Pérez Macías y doña María de los Dolores Galdós, don Benito, dos días después de su nacimiento en la calle del Cano de la capital canaria, fue bautizado en la iglesia de San Francisco de Las Palmas de Gran Canaria. Estudió sus primeras letras en colegios particulares, y estudió el Bachillerato, como alumno interno en el Colegio de San Agustín. Muy pronto comienza a manifestar su disposición para la pintura y la música, y siendo aún estudiante de Bachillerato ya comienza a publicar crónicas y narraciones en periódicos de Las Palmas. En junio de 1862, se gradúa de Bachiller en el Instituto Provincial de La Laguna, en Tenerife, y decide estudiar la carrera de Derecho, para lo cual el 30 de septiembre del mismo año de 1862, marcha a Madrid.
Y llega así Galdós a Madrid casi con 20 años de edad, con ánimo de conquistarla, llevando bajo su brazo una carpeta con sus dibujos, y unos dramas y poesías escritas, cuando en realidad lo que sucedió es que fue Madrid la que conquisto a Galdós.
Nos dirá don Federico Carlos Sainz de Robles en su biografía galdosiana, escrita en agosto de 1941, que “Pocas ciudades menos conquistables que Madrid, ya que Madrid se entrega al primero que le pone sitio y a las primeras de cambio. Resistir ¿Para qué? Luchar es crear odios, incompatibilidades, cuando menos. Madrid se entrega tan fácilmente porque está seguro de su invencible fuerza de asimilación, de su irresistible fuerza de atracción. Pocas ciudades hay que entren tanto y tan pronto por los sentidos y por los sentimientos como Madrid. Es la ciudad ángel. Es la viva simpatía. Es la realista naturalidad. La sencillez. Y, si, la melancolía recóndita. Madrid, en verdad, hace como que se entrega. Si sabrá Madrid que su entrega es un puro espejismo en la afición de cuantos en él viven; Madrid está seguro de que al mes, al año de haberse dejado conquistar, el conquistador será él. De la seducción madrileña únicamente se libran -para la consabida excepción de la consabida regla general- algunas almas muy cazurras, muy quisquillosas, a las que su propia escama moral las hace refractarias al fuego cordial”.

Y éste es el Madrid con el que se encuentra Pérez Galdós en 1862: el Madrid donde se turnan en el poder dos partidos políticos, el moderado de don Manuel Narváez, el Espadón de Loja, y el llamado de La Unión Liberal, que preside o acaudilla don Juan Prim, el Héroe de Castillejos. Es el Madrid donde los serenos aún cantan las horas en las noches, y en el que en la Puerta del Sol aún se alumbra con su farola de luz de gas; es el Madrid donde ya empiezan a alinearse los barrios que se llamarán de Salamanca, y de Argüelles; el Madrid del selecto Casino de la calle del Príncipe; el Madrid, donde los antiguos manolos y las antiguas manolas ya empiezan a llamarse, los chulapos y las chulapas; es el Madrid del Teatro Circo, donde representarán José Valero, Teodora Lamadrid y Julián Romea; el Madrid de las tauromaquias, del arte de Cuchares y del Tato… Es el Madrid, de la personalidad indiscutible.
Puede decirse que desde 1862, el mundo de Galdós fue Madrid, con un fervor madrileño absoluto. Allí permaneció hasta su muerte, y allí, sigue contemplándola desde su estatua que esculpió Victorio Macho, desde el Retiro de Madrid.
La carrera de Derecho
Y Galdós, tan poco inclinado al arte del Derecho, cursará penosamente la carrera de las leyes, sin casi asistir a las clases y con aprobados “raspados”, a pesar de lo cual se licenciará en 1869, e irá buscando, durante los años de duración de sus estudios, su propia personalidad y su futuro.
Así, durante todos estos años de estudiante, compaginará sus escasas asistencias a las clases, con sus frecuentes visitas a la biblioteca del Ateneo, entonces instalado en la calle de la Montera, del que al poco de llegar se hace socio, y a la biblioteca de la Academia de Jurisprudencia; asistirá a todos los estrenos teatrales, y a las tertulias del Café Universal; y empezará al envío de crónicas a los periódicos La Nación, periódico liberal fundado por Pascual Madoz, a Las Cortes, y al El Debate. Estará en las manifestaciones estudiantiles, como aquella de la noche de San Daniel en la puerta del Sol, en defensa de Castelar, y también iniciará sus viajes a París en los veranos de 1867 y 1868. En su viaje de 1867 a París, para conocer la Exposición Universal, descubre a Balzac, y nos dirá el propio Galdós, en sus Memorias, que compró en uno de los puestos de libros del Sena un ejemplar de Eugenia Grandet, comenzando así, su apasionada lectura del escritor francés, como más tarde lo hará con los libros del escritor inglés Charles Dickens. Al cabo de los años, en un impresionante homenaje que se le tributara en 1917 por los intelectuales catalanes, y en el discurso que en él pronunciara el gran escritor y director de La Vanguardia, don Miguel de los Santos Oliver, éste llegara a decir que: “Hoy, que en este banquete nos hallamos alrededor de aquel, que en el banquete de los inmortales, se halla entre Balzac y Dickens…”.

Al poco de su licenciatura en Derecho, abandonó cualquier opción por las profesiones jurídicas para entregarse decididamente al periodismo, ingresando como redactor en el periódico fundado por Aníbal Álvarez Osorio, titulado Las Cortes donde se ocupó de las reseñas parlamentarias, lo que se tradujo en la adquisición de amistades sinceras con varios políticos. También empezó sus colaboraciones en la Revista de España de José Luis Alvareda, donde publica en folletines sus novelas La sombra y El Audaz.
En 1870, tiene lugar la publicación de su primera novela: La Fontana de Oro. Ya tenemos aquí al Galdós novelista. Bien es verdad que esta deslumbrante novela es como un adelanto o un supuesto inicio de los Episodios Nacionales, la obra cumbre de Galdós, pero no deja por ello de ser una novela de amor entre conspiraciones, persecuciones, y males de todo tipo. Es una historia de amor y duelos con armas tronadas o blancas, es la historia de Lázaro y Clara, y de La Fontana de Oro, en la Carrera de San Jerónimo… “Aquella es la célebre Fontana de Oro, Café y Fonda, según el cartel que hay sobre la puerta: es el centro de reunión de la juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír su aplauso irreflexivo. Allí se había constituido un club, el más influyente de aquella época. Sus oradores entonces neófitos exaltados de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país; muchos que viven hoy y no son por cierto, tan amantes del bello principio que antes predicaban”. Al final, Lázaro y Clara, tras sufrir un sinfín de vicisitudes en el Madrid de 1821, consiguen salir de la misma, para marchar prácticamente huyendo a su pueblo de Aragón. Y allí, en el pueblo de Ateca, Lázaro, renuncia totalmente a la política, y “Con paciencia y trabajo, fue aumentando la exigua propiedad de sus mayores, y llegó a ser hombre de posición desahogada”.

Y la vida y fama de don Benito Pérez Galdós se desboca en éxitos y triunfos personales.
De 1863 a 1873, ha vivido una vida intensa. Unos diez años vividos como ha podido. Ha escrito y escrito sin parar, pero también ha recorrido muchos trechos, ha conocido muchas gentes y ha sentido sensaciones propias y ajenas, todo lo cual será la forja de sus grandes novelas. Cómo en su oración fúnebre expresara don Antonio Maura: “Tanto y más que la fantasía, contribuyo a la producción literaria de Galdós, una privilegiada sensibilidad perceptora, con avidez y con sagacidad, de las notas positivas, realzadoras del brillo estético que suele estar apagado en la vida cotidiana, y glosadora de sus aspectos éticos y de la intimidad social, que forman ciertamente lo más interesante del espectáculo del mundo”.
Y es que en sus andanzas madrileñas Galdós se ha topado en sus calles y plazas con Torquemada, con Juanito Santa Cruz, con Fortunata y con Jacinta, con el amigo Manso, con las de Bringas, con los Requejos, con un ciego andrajoso de estirpe agarena que pide limosna en el oratorio de Caballero de Gracia, compañero final de Benina… Galdós ha conocido o reconocido antes a todos sus personajes.
Cervantes y Galdós
Y es aquí donde quiero hacer un giro a este artículo conmemorativo. Obviaré continuar con su biografía fácilmente localizable por cualquier lector interesado; obviaré sus peripecias bohemias y lides amatorias, alguna de ellas de un alto postín; de sus debates con el gran escritor gallego y barbado, que le llegó a llamar Benito, el “garbancero”; de sus avatares políticas como diputado a Cortes, por Puerto Rico; con su republicanismo, liberalismo y anticlericalismo; de la tremenda infamia, -porque no puede llamarse otra cosa más-, de la oposición interna y literaria para la concesión del Premio Nobel de Literatura, tan merecido, que la Academia sueca quiso otorgarle en 1912; oposición producto de causas y procedentes de sectores tan similares como las que impidieron a nuestro escritor alicantino Gabriel Miró su acceso a la Real Academia Española; de sus dimes y diretes a ser considerado como uno de los escritores integrantes de la generación del 98, de cuya lista se le deja fuera tan solo, yo creo, porque molestaba, y porque él solo eclipsaba a todos los demás. Y aquí es necesario recalcar que don Benito Pérez Galdós no sólo es un inmortal escritor, sino que fue el restaurador de la novela española. El restaurador de la genuina novela realista, siendo el continuador inmediato de don Miguel de Cervantes. Se ha dicho, lo que yo comparto absolutamente, que entre Cervantes y Galdós, no existe ningún novelista de talla gigante.
Don Ramón Pérez de Ayala nos dirá: “Las similitudes y correspondencias entre Cervantes y Galdós son tantas y tan manifiestas que casi huelga señalarlas. Cervantes creó el género novelesco. Galdós lo ha llevado al término más cumplido de perfección y madurez… Cervantes y Galdós, como dos altas montañas, fronteras y mellizas, están separados por un hueco de tres siglos. Hay también montes muy empinados y majestuosos; pero ninguno, a lo que presumo, alcanza la altura de aquellas dos montañas, mellizas y señeras. Cervantes no llegó a ser el primer autor dramático de su época; Galdós lo es, sin disputa, y uno de los primeros entre los de cualquier época y comarca”.
Episodios Nacionales
De su amplia producción literaria, creo que hay una neta distinción entre sus Episodios Nacionales, y sus grandes e importantes novelas.
Y aquí me quiero detener para postrarme ante sus formidables personajes. Y hay entre todos ellos, como los dos más grandes para mí: Gabriel Araceli, y Benina, o Nina, los que siempre me han impresionado.
Siempre he tenido en mi casa los Episodios Nacionales de Galdós. Se me ha llegado a decir que mi abuelo, Julián Botella, tenía todos los libros de sus cinco series, como libros de cabecera, leídos una y otra vez, y he visto cómo su hija, mi madre, también los ha tenido cerca y releído continuamente.
Apenas tendría 15 años, cuando tras agotar la lectura de mis primeros libros, escritos por Julio Verne, Emilio Salgari, Fenimoore Cooper, Charles Dickens, Herman Melville, Daniel Defoe… cogí el primero de los libros de los Episodios Nacionales, de la Editorial Aguilar, para toparme con el primero de los Episodios de la Primera Parte: Trafalgar, y tras su lectura ya no los solté hasta llegar al último episodio de esta primera parte: La Batalla de los Arapiles.

Se ha dicho que sin los Episodios Nacionales de Galdós, al menos los de la Primera Serie, que los avatares históricos de la Guerra de la Independencia hubieran resultado en parte desconocidos. Sin duda puede ser así, si contamos con que Galdós fue obteniendo muchos datos de personas que los vivieron y aún los recordaban. El propio Galdós nos cuenta en sus Memorias, que en uno de sus veraneos de Santander, conoció a un viejo marinero que había sido grumete en el “Santísima Trinidad”; un viejo marinero charlatán, siempre dispuesto a contar los sucesos que vivió de su aventura juvenil en aquella batalla naval; de aquí las “verdades” históricas que Galdós emplea. Y así, los relatos de la Primera Serie de los Episodios Nacionales, comienzan con el libro o capítulo titulado, Trafalgar, donde se presentará el gran protagonista: Gabriel Araceli.
Y Gabriel Araceli, comienza por contarnos su propia vida y su precaria y triste infancia y primera juventud, y nos dirá que “Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes comienzan nombrando su parentela, la más veces noble, siempre hidalga, por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre a quien conocí poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes… Doy por principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente, Dios, ha querido que en esto solo nos parezcamos”.
Así, Gabriel Araceli, comienza a narrarnos sus conocidos antecedentes familiares, como hiciera el Buscón, cuya vida nos contara don Francisco de Quevedo y Villegas, en la novela cuyo manuscrito tituló como “La vida del Buscavida, por otro nombre don Pablos”, y en la edición de Zaragoza: Historia de la vida del buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños.
Pero como advierte Gabriel Araceli, solo en los orígenes nos parecemos, pues tras contarnos que nació en el barrio de la Caleta, de Cádiz, sus juegos juveniles con los chicos de la calle, y los malos tratos que sufriera su madre por parte del hermano de esta, un marinero borracho que malamente les mantenía y que hacía estragos al volver de sus navegaciones a la casa, nos remitirá en sus recuerdos al periodo comprendido entre 1805 y 1834, a cuyo sentimiento, “consagré mi edad viril…” y “Muchas cosas voy a contar: ¡ Trafalgar, Bailén, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles…! De todo esto diré alguna cosa, si no os falta paciencia. Mi relato no será tan bello como debiera, pero haré lo posible para que sea verdadero”.
Y aquí está la grandeza de su obra: “Haré lo posible para que sea verdadero”. Y yo tras la lectura de la Primera Serie de los Episodios Nacionales, en mis primeros y pocos años, sentí que llegué a conocer la llamada guerra de la Independencia que tan de corto y de confuso nos contaban los libros de los colegios donde estudié mi Bachillerato.
Y Gabriel Araceli, tras morir pronto su madre, víctima de las atrocidades de su hermano, “unido al trabajo tan penoso como mezquinamente retribuido, aceleró su fin”, tiene la fortuna de ser acogido como paje por don Alonso Gutiérrez de Carniega, capitán de navío, retirado del servicio y por su esposa doña Francisca.
Viviendo así bajo la protección de tan honorables amos, siendo el año del Señor de 1805 es llamado por don Alonso a su presencia, para ser testigo de la conversación del mismo con su esposa doña Francisca, cuando le participa su incorporación a la escuadra española frente a la inglesa, y escuchar el reproche de la esposa a su marido… “No irás, te aseguro que no irás a la escuadra. ¡Pues no faltaba más …! A tus años y cuando te has retirado del servicio por viejo… ¡Hay, Alonsito… has llegado a los setenta y no estás para fiestas!”.
De nada le servirá a la Señora su oposición, don Alonso está decidido a embarcarse en la empresa, tiene en sus manos la carta que Churruca le ha enviado, y el resquemor de la derrota del cabo San Vicente “en el catorce”, y también la influencia interna de Marcial, “el mareante viejo”, que siempre le ha acompañado. El resultado es la firmeza de la respuesta de don Alonso: Yo debo ir a escuadra, y a continuación dirigiéndose a su paje le dirá: Gabriel irá conmigo.
Nos dirá Araceli, que ante tal afirmación, “Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad”.
Y veremos a Gabriel Araceli, con la edad apenas cercana a los quince años, a bordo del “Santísima Trinidad”, como grumete, y comenzará así su formación y ascenso a la burguesía, para acabar siendo general del ejército español, como nos contará después.
Nos llevará de su mano Gabriel Araceli, a la cubierta del “Santísima Trinidad”, colosal navío de cuatro puentes, comandado por don Francisco Javier de Uriarte. Y cómo, el 19 de octubre, salió la escuadra naval al mando del almirante francés Villeneuve.

Es irrepetible la detallada explicación abreviada, de la batalla naval en la que la armada inglesa, derrotó a la conjunción hispano francesa, que nos narra Galdón en boca de Gabriel Araceli. Allí entre grandes destrozos y pérdidas, murieron Cosme Damián Churruca, a bordo del “San Juan Nepomuceno”, y también el que fue el más grande marino de Inglaterra, y tal vez de todos los tiempos: Horatio Nelson. Allí fue donde Gabriel Araceli, luchó denodadamente salvando al final su vida. Tras aquella extraordinaria experiencia, terminará la novela Trafalgar, y Gabriel Araceli, nos dirá: “Mi destino que ya me había llevado a Trafalgar, llevóme después a otros escenarios gloriosos o menguados pero todos dignos de memoria ¿Queréis saber de mi vida entera? Pues aguardad un poco, y os diré más en otro libro”.
Este final que da fin al libro Trafalgar, es el anuncio de la continuación de lo que serán los Episodios Nacionales, que seguiremos leyendo bajo la narración del gran héroe que con apenas 15 años luchó en Trafalgar, viendo morir a su amigo, el viejo marino Marcial, y más tarde en su casa y de tristeza al Señor de Cisniega, que tras la tragedia naval no hizo más que rezar, “hasta que se embarcó en la nave que no vuelve más”.
Y como nos prometió Gabriel Araceli, tras aquel primer libro o episodio, vinieron nueve más que compusieron esos diez libros que componen la primera serie, protagonizada por nuestro personaje que comenzó siendo tan sólo un grumete marinero, “La corte de Carlos IV”, “El 19 de marzo y el 2 de mayo”, “Bailén”, “Napoleón en Chamartín”, “Zaragoza”, “Gerona”, “Cádiz”, “Juan Martín El Empecinado”, hasta llegar a “La batalla de los Arapiles”, donde Gabriel, ya Comandante se hará con la bandera de las tropas francesas como señal de victoria, tras una lucha cuerpo a cuerpo sangrienta y terrible.
En este último libro de la Primera Parte de los Episodios Nacionales, ante el Mariscal Wellington, capitán general de las tropas aliadas, Gabriel Araceli, le irá confesando su participación en la gesta contra los franceses, cuando el militar inglés le pregunta: Señor oficial, ¿Dónde empezó usted su vida militar? En Trafalgar, contestara Gabriel. ¿Entonces ha sido usted marino…? Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de un oficial que iba en el barco Trinidad. La pérdida de la tripulación me obligó a tomar parte en la batalla.
¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses? Le preguntara Wellington. El 2 de mayo de 1808, en la Moncloa. ¿Y desde entonces? Alistéme en los regimientos de Andalucía y estuve en la batalla de Bailén. Luego tomé parte en la jornada del 3 de diciembre de 1808 en Madrid; desde el 19 de diciembre de 1808 al 12 de febrero de 1809 estuve en el sitio de Zaragoza; luego pasé al ejército del Centro; estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura; en el asedio de Cádiz; en la expedición del general Blake a Valencia; en el segundo cuerpo que mandaba O´Donnell; que serví durante cuatro meses a las órdenes del “Empecinado, en esa guerra de partidas que tanto se aprende”.
-¿También ha sido usted guerrillero? -preguntó Wellington sonriendo- veo que se ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así lo desea.
-Señor lo deseo ardientemente.
Y todas aquellas historias, nos las irá contando Gabriel Araceli con la letra de don Benito Pérez Galdós en los capítulos de esta importante Serie, como nos prometió.
“XXXIII. ¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra, levantadas la una frente a la otra; mirándose y mirándonos. Entre las dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los dos sangrientos dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño el uno grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado, y el águila del otro, le miraban con anhelo deseando tomarlo y temiendo tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contario en el momento de poner la planta sobre la preciosa altura”.
Y llegó la llamada batalla de Los Arapiles.
“En aquella confusión de gritos…. Vi un águila dorada puesta en la punta de un palo… sin saber cómo, yo agarré el palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba… una voz gritó en francés: Tómala… una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta penetró en mi carne… me hirieron de nuevo… con ambas manos agarraba ambas cosas: el palo de la bandera y la espada… el águila seguía sobre mi pecho… sentía el asta como si la tuviera clavada en mis entrañas….

Se ganó la batalla, con Gabriel muy malherido conquistando la bandera de las tropas francesas.
Tras un sueño tan largo como profundo despertó en pleno día notablemente mejorado.
Poco tiempo después, la Condesa dijo a Inés:
-Hija mía ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel? Después se presentaran ante Santorcaz. Padre, ¿sabes que me caso? Le dirá sin más Inés.
Para terminar, y tras afirmar que “no tomé parte durante el resto de la guerra, pero alcancé hecho General”, Araceli nos lanzará su elegante despedida diciendo al lector: “Adiós, mis queridos amigos. No me atrevo a decir que me imitéis, pues sería inmodestia; pero si sois jóvenes, si os halláis postergados por la fortuna: si encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas, inaccesibles alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero si manos vigorosas; si os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los generosos impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de Gabriel Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo”. Y fechará Galdós este final de su escrito en febrero-marzo de 1875.
Y se nos despedirá así Gabriel Araceli, y a mí se me quedará para siempre, como mi héroe de juventud, como un heroico personaje de carne y hueso, que me hizo caminar de su mano por las tierras calcinadas de una guerra que no sé muy bien si fue un triunfo o una derrota, cuando quedé sorprendido, en mi primera vista a París, al situarme bajo el interior del Arco del Triunfo, y leer cómo, entre los nombres de las victorias de Napoleón figuraban, “Madrid”, “Zaragoza” y “Gerona”. En cualquier caso de haber sido una victoria, de poco sirvió con la vuelta de aquel rey llamado Fernando VII, que nos volvió a un pasado que pudo haber desaparecido bajo la estela de la Ilustración y la modernidad.
Luego seguirán los Episodios Nacionales, hasta llegar a la quinta Serie, que los pondrá fin con el capítulo o novela Cánovas, firmada por don Benito, en Madrid-Santander, marzo-agosto de 1912.
Cuarenta y seis Episodios Nacionales. Pero ya no saldrá tras la Primera Serie, Gabriel Araceli, el héroe que pasó de Grumete a General, y cuya vida leí en los primeros años de mi juventud, dejando tan grato recuerdo.
Misericordia
Y luego, citaré a la soberbia, desde su primer párrafo, novela Misericordia, de don Benito Pérez Galdós.
Se dice que la mejor novela, tras Don Quijote de la Mancha, es Fortunata y Jacinta, de don Benito Pérez Galdós; segundo lugar, que de antiguo mantiene su lucha literaria con la formidable novela La Regenta, de Leopoldo Alas, Clarín.
Lucha que no la hubo ciertamente entre Leopoldo Alas, Clarín, y don Benito Pérez Galdós.
Es el propio escritor Leopoldo Alas, quien no cejará en sus continuos reconocimientos hacia Galdós: “Hay en Pérez Galdós un corazón grande, un noble entusiasmo por las grandes cosas, un supremo amor a la justicia, una fe innominada, mas no por ello menos fuerte; y además hay una ternura poética y pudorosa para todo lo delicado y débil, que hasta en la burla y en la sátira transparenta… En su estilo, como en su carácter, no es aparatoso ni bullanguero, huye de la exageración, no amplifica, satiriza la forma asiática, desdeña la hipérbole, escribe entre líneas y gusta de ser entendido en media palabra… Galdós no debe su popularidad a las vergonzosas transacciones con el mal gusto vulgar, sino al vigor de su talento, a la claridad, franqueza y sentido práctico y de justicia que revelan sus obras…”

Sirven estas afirmaciones de Clarín, tanto como elogio como de biografía literaria del autor de Fortunata y Jacinta.
Porque, tales palabras del extraordinario escritor nacido en Zamora, Leopoldo Alas, no dejan de ser muy notables, venidas de quien vienen. Leopoldo Alas, eminente Jurista, catedrático de Economía Política en Zaragoza, y catedrático en Derecho Romano y Derecho Natural en Oviedo, es uno de los más grandes: Vetusta, y el Canónigo Fermín de Pas y doña Ana Ozores, poblarán la gran novela La Regenta, competidora con cualquier otra.
Participo las palabras de “Clarín” para don Benito, y conocido el aprecio por el gran escritor. Y si por lo que infiere, todo lo escrito por Galdós es una gran obra, yo me prefiero entre sus novelas la titulada Misericordia.
Nos dice don Benito en el “Prefacio del Autor”, escrito para la edición francesa de Misericordia: “Escribí Misericordia en la primavera de 1897… me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural…”.
Vuelve don Benito, a escribirnos su novela desde el natural de lo visto y percibido directamente. Esta vez desde la observación de la pobreza extrema, y para ello se sitúa en la iglesia de San Sebastián en el Madrid de su época, y observar a los pedigüeños y limosneros de entonces, lo que, tan poco ha cambiado en las puertas de muchas de las actuales iglesias españolas.
“Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián… mejor decir iglesia… dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: con una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de plaza del Ángel”.
Así comenzará Galdós, el primer capítulo de la novela Misericordia, la que para mí es un ejemplo de naturalismo o realismo, que enlaza sin querer o queriendo, con el Lazarillo, que mendigaba para sustentar a aquel hidalgo vanidoso y hambriento al que servía sin pagamento alguno, y por pura bondad. Para mí, y aunque lo he dicho otras veces, Lázaro de Tormes, es el segundo gran personaje de la historia de nuestra novela tras don Alonso de Quijano, el Bueno, que se creyó ser un Caballero Andante. Quien naciera en la aceña del Tormes, no llega a ser un pícaro, aunque lo roce, como don Alonso no llegara a ser un loco, aunque lo rozara. Yo siempre he pensado que Lázaro de Tormes no ha muerto, pues en el entonces y en el ahora, más de un personaje como él, nos hemos encontrado en el camino de nuestra ya larga vida. El que hace de la nada un todo y aquel al que todo lo vale sin serlo.

“El tipo de la señá Benina, la criada filantrópica, del más puro carácter evangélico, procede de la documentación laboriosa que reuní para componer los cuatro tomos de Fortunata y Jacinta. De la misma procedencia son doña Paca y su hija, tipos de la burguesía tronada y el elegante y menesteroso Frasquito Ponte, que acaba sus días comiendo una triste ración de caracoles en el figón de Boto -calle del Ave María-“, nos contará don Benito.
Nos dirá Antonio Muñoz Molina, en su artículo: “La gran aventura de Galdós”, en la edición de la novela Misericordia, publicada por la Real Academia Española, en 2013: “Doña Francisca Juárez y Frasquito Ponte viven en la niebla de sus remordimientos de tiempos mucho mejores a la vez que se van hundiendo en una lenta caída social en la que ya han traspasado los límites entre la penuria digna y el hambre”.
Por su parte, don Benito nos describe a su personaje Benina, cómo: “criada filantrópica, del más puro carácter evangélico”. Y yo, que no soy ningún filólogo, ni lo pretendo, y que soy un mero aprendiz de lector, me sorprendo cuando leo algún prólogo analizador de alguna novela, contrariando a veces el juicio del propio autor, aprovechando, claro, que éste no está ya entre los vivos para poder defenderse. Y tal parece con alguno, respecto de Benina.
Y es que Misericordia, o Benina, que tanto vale, es cómo bien nos dice Gonzalo Sobejano, en su artículo titulado “En torno a Misericordia”, con ayuda gramatical que “me parece, la idea de pobreza (mísero, miseria), y la idea de corazón (caridad, querencia cordial, compasión).
Y esto es la novela: pobreza y compasión. Una de las más grandes de Galdós.
Benina, Benigna o Nina, es una criada y cocinera de alto postín en sus inicios, pero peca de sisona. ¿Recordará el lector aquel cantar, donde se nos dice aquello de “pobre chica la que tiene que servir”…? y “aprende a sisar” ¿Recuerda la Zarzuela “La Gran Vía”, de los maestros don Federico Chueca y don Joaquín Valverde Durán, en el tango de Doña Menegilda, y si es mejor aún, en la voz de la más bella y genial estrella Nati Mistral?
Pero la sisona Benina, volviendo una y otra vez de tan ricas casas donde servir, y buen sisar, vuelve a regresar a servir en la de doña Francisca Juárez, la viuda del intendente del ejército don Antonio María Zapata, servidor en el ejército de África, una dama rondeña, que ya pasada de los sesenta entraba en una decadencia económica lastimosa, y que por una derrochadora administración, andaba perdiéndolo todo, incluso su respetable nombre, siendo llamada ahora, por vecinos de su vivienda y entono, a la antes “Doña Francisca”, ahora como “Doña Paca”, malviviendo con sus hijos Antoñito y Obdulia, cada cual peor.
Y veremos cómo la llegada doña Paca a los últimos extremos económicos, acaba viviendo bajo el amparo de su criada Benina, que agotados todos los recursos llega a limosnear para dar de comer a su dueña. “La situación llegó a ser un día tan extremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar al cielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido el crédito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio más arbitrio para continuar la lucha que poner su cara en vergüenza saliendo a pedir limosna”. Y así la veremos en la puerta de San Sebastián, compartiendo su mendicidad con otras pedigüeñas tan turbadoras y míseras como la Casiana, la Crescencia y la Flora, porque a Benina, “Un profundo sentimiento de caridad la movía, y además de un ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como para compensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras”.

“La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente, era, además de nueva, temporera, porque acudía a mendicidad por lapsos de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin duda, por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran. Respondía al nombre de la señá Benina (de lo cual se infiere que Benigna se llamaba)…”. “Con todos y con todas hablaba el mismo lenguaje afable y comedido… y únicamente se permitía trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia, con el ciego llamado Almudena, del cual, por pronto, no diré más que es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh. Fijarse bien”. Luego el ciego, le confesara a Benina que su nombre es Mordejai, y de un pueblo llamado Ullah de Bergel, terra del Sus.
Socorre también a Obdulia, la hija de doña Paca, malcasada con un funerario holgazán, al señorito arruinado Don Frasquito Ponte Delgado, de tan triste final, y sobre todo al pobre ciego Almudena, que acaba enfermo de sarna, con quien acaba viviendo en una casita en “la carretera de Toledo, a mano izquierda el puente”, curándolo y alimentando, tras ser víctima Benina, de la ingratitud, al recobrar doña Paca su posición económica, ante una inesperada herencia que la sacó de su miseria.
“Vivía la anciana con el moro en una casita que más parecía una choza”, amparada con las sobras de comida que le suministrada el cura don Romualdo, y pidiendo limosna ahora en San Andrés, donde el cura dice misa. Hasta la casa llegó Juliana, la mujer de Antoñito, sumida en la histeria, en petición de ayuda, y nuevamente Benina se prodiga en misericordia y le ayuda a la que torpemente la ha abandonado a su suerte.
Y es que Benina, al fin, ante el desprecio recibido, “vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban y su espíritu se hizo fuerte y grande”.
La pobreza no pudo con la grandeza de la generosa mujer fuerte en todo tiempo.
Nos queda el mensaje de este personaje galdosiano, y de su mundo, que don Benito en sus recorridos madrileños vivió en primera persona. El clamor de la misericordia y de un personaje entrañable, Nina, que a pesar de todo, no acaba infeliz en su miseria, y la acepta viviendo junto a un pobre ciego, enfermo de un mal repelente, cuya enfermedad va curando, pero sin perder la ilusión ni la esperanza en el vivir, a pesar de la ingratitud y el desacomodo. Seguirá amparando, desde su propio desamparo, que no siente, a sus cercanos necesitados.
Es mi segundo personaje preferido de don Benito, después de Gabriel Araceli. Ambos me representan el discurrir de una España que acaso no haya muerto del todo. Tremenda España, brillante y suburbial, a un tiempo. Y un canto a la generosidad sin límites. La vieja sisona que sube tan alto porque tuvo caridad. Caridad al pobre desde su propia pobreza.
Y este es mi homenaje a don Benito Pérez Galdós. Al escritor canario que se enamoró de Madrid. Al escritor sin cuyos Episodios Nacionales ignoraríamos parte de nuestra historia. Al escritor al que conocí desde mi lejana juventud. Mi homenaje en el centenario de su fallecimiento, al escritor a quien considero el heredero directo de don Miguel de Cervantes Saavedra, y padre de toda la literatura novelada española de todos los tiempos posteriores. Al escritor a quien seguiré leyendo, libro tras libro, para continuar aprendiendo las profundidades de la historia y los entresijos de las vidas de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Julio Calvet Botella es magistrado y escritor.
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Escelente artículo Julio muy bien documentado e ilustrado, don Benito Pérez Galdós se merece sobradamente este homenaje en el centenario de su fallecimiento, y como dices es quizás después de Miguel de Cervantes el escritor español más importante. Un abrazo.
Magistral. Una crónica sobre Galdos al mínimo detalle, como acostumbra nuestro amigo y maestro Julio Calvet Botella. Enhorabuena.
Enhorabuena, D. Julio. Un estupendo y detallado artículo que, por su extensión, es más un pequeño ensayo que nos invita a la lectura de un escritor hoy tan olvidado como Galdós.
Juan Lozano.
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