Pero conviene buscarlo honradamente, aunque sea equivocadamente
Yo tengo derecho a creer en Dios; como cualquier hijo de vecino; como el académico francés, fallecido hace unos años, del que les hablé en otra ocasión, André Frossard, hijo de un alto dirigente comunista galo que lo educó en el ateísmo y nunca entendió la conversión de su hijo. Ahora deben estar los dos en el cielo contemplando y disfrutando las maravillas del Altísimo, porque al cielo no sólo van los que creen en Dios, sino todos los que hacen el bien en la tierra y nunca el mal, pues, como no se cansan de recordar los libros de la Biblia, no salva la fe, salvan las obras. Pero si, encima de hacer el bien, crees en Dios y te haces amigo de Jesucristo, mejor que mejor, porque ser amigo de Jesucristo es un plus para sentirse más y mejor ciudadano, más y mejor currante, más y mejor amigo de tus amigos y más nexo jubiloso en el seno de tu familia. Vamos, que ser amigo de Dios no es moco de pavo. Y tengamos en claro que ser cristiano no es para sentirse superior a nadie, sino servidor de todos.
Periodista y escritor, André Frossard escribió una autobiografía que les recomiendo: Dios existe, yo me lo encontré. Si a usted, lector querido, le sobran unos euros, cómprelo. Va a disfrutar de una literatura excelente, de la que a punto estuvo de birlárnosla el propio Frossard, convencido de algo que dijo Georges Bernanos, otro inmenso escritor católico paisano suyo al que leí en mi juventud y que sentenció lo siguiente: “Los convertidos son molestos”. Por ejemplo, Manuel Azaña, el presidente de la Segunda República española entre 1936 y 1939, que se reconvirtió al catolicismo recién exiliado en Montauban (Francia) y al que homenajeó (justamente) el superministro Félix Bolaños en 2022, en el 182 aniversario de su muerte, ante la tumba del propio Azaña en el cementerio de la localidad gala con un ‘discursito partidista’ del que habrá que escribir otro día y que confirma lo dicho, que los conversos (injustamente) molestan.
Creer en Dios es lo más lógico, racional y razonable. Si se piensa bien, es evidente que existe el universo y, dentro de él, los hombres; es igualmente evidente que siempre existió algo. Como quiera que los científicos coinciden todos en que el universo se originó hace unos trece mil (13.000) millones de años, segundo arriba, segundo abajo. ¿Qué hubo antes? Pues está claro: lo primero, el principio, y ahí está y no cabe evitarlo Dios, cuya esencia es la existencia, espíritu puro, creador de la materia, porque la materia no puede ser eterna como lo es el espíritu de Dios Creador, ese espíritu creador de todas las cosas y que completó la creación con el hombre, el que lleva el soplo de Dios, el que lleva el alma, que es el ADN del ‘Dios Uno y Trino’ que todo hombre y toda mujer echamos de menos hasta que lo encontramos entre tantos falsos diosecillos que nos engañan y nos desencantan implacablemente. Incluso los más ricos, los más famosos, los más poderosos a lo largo de la historia, en todos los tiempos, han reconocido que se sentían vacíos en medio de tantas cosas que poseían.
Les traigo a la memoria estos versos de santa Teresa de Jesús:
“Nada te turbe,
nada te espante;
Dios no se muda;
la paciencia todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta.
¡Sólo Dios basta!
Eleva el pensamiento;
al cielo sube,
por nada te acongojes;
nada te turbe.
A Jesucristo sigue
con pecho grande
y, venga lo que venga,
nada te espante”.
¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana.
Nada tiene de estable;
todo se pasa…
Id , pues, bienes del mundo;
id dichas vanas.
Aunque todo lo pierda,
¡sólo Dios basta!
¿Podemos aspirar a ser como santa Teresa, la primera mujer en ser proclamada doctora de la Iglesia? Por lo menos aspiremos a creer en Dios, que es no poca cosa en los tiempos que corren: para algunos escritores, historiadores y pensadores, tiempos similares a los que desembocaron en la ascensión al Gobierno del Frente Popular, en febrero de 1936, tras unas elecciones violentas y fraudulentas, extremo ‘científicamente’ demostrado por dos catedráticos de Historia independientes.
Es importante encontrarse con Dios. Es verdad que Dios llega cuando quiere. Pero conviene buscarlo honradamente, aunque sea equivocadamente. Nadie está en posesión de la verdad absoluta, fuera de Jesucristo y porque era, a la vez, Dios y hombre. Por eso pudo decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Encontrarse con Dios tiene que ser un buen propósito para el nuevo año. Yo me he propuesto escribir algunos artículos sobre el ‘Credo’, esa confesión de fe católica que empieza así: Creo en Dios Padre Todopoderoso…
¡Feliz 2024, con Dios al fondo!
Enhorabuena por tu lúcido artículo, muy motivador y de gran sentido periodístico. Sigue en esa línea.
Gracias, Un saludo cordial.
Dios en mi alma,
Dios en cada acción,
Dios ADN humano
siempre en mi acción
humana y justa,
más humana que justa
en la misericordia
y alegría del perdón…
Gracias Ramón,
maestro en mi corazón,
fuente aquí hoy
de inspiración divina…
Un abrazo…
Pedro