Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sociedad

Despedidas

Fuente: Freepik.

Un murmullo recorre la sala. Poco a poco va subiendo la intensidad y no resulta difícil oír, aquí y allá, en los corrillos de familia, amigos o conocidos, un mismo lamento: tenemos que vernos más, no esperar a encontrarnos aquí, es una pena que nos veamos en estas cosas, cuánto tiempo sin coincidir y mira que hacerlo aquí…

Será cuestión de la edad, de la alimentación, del cambio climático, o de la globalización, esa prima lejana que se instala lentamente en todos los espacios de nuestra vida, e incluso de nuestra muerte. Será, quizás, tan sólo, cuestión de la vida, de ese lado oscuro que tiene estar vivos, esa bestia dormida que se despierta siempre como de una mala siesta, dispuesta a lanzarnos a la cara el zarpazo que nos recuerda quién manda aquí, pero últimamente han sido muchas las despedidas.

Demasiadas, apresuradas, dolorosas despedidas. Duelos sobrevenidos en el acontecer de la mañana de una jornada de trabajo cualquiera, o en la quietud de una tarde de lectura, en el sopor de la canícula, disfrutando de compañía, o en soledad, a golpe de teléfono, iluminando esa campana que tañe a duelo y no a cita de asueto y disfrute.

Isabel, Jorge, mi Mariaje, mis Isas, mis muertos, los de cada uno de nosotros, siempre demasiado jóvenes para morir cuando se trata de amigos o familiares. Demasiado pronto, demasiado rápido. ¿Cómo ha podido atropellarlos la vida, alcanzarlos la muerte, sin que nos diera tiempo a decirles cuánto los queríamos? Y sabemos que sí se lo dijimos, que, de hecho, se lo decíamos mucho, que lo sabían. Y sabemos también que aunque se lo hubiéramos dicho un millón de veces más, aunque lo hubiéramos hecho cada día, el día de antes, el mismo día, aun cuando el último suspiro los abandonara mientras se colaba en su oído nuestro último te quiero, pese a ello no podremos evitar pensar que no fueron suficientes, que nunca fueron ni los justos, ni los necesarios, que nos ha faltado uno más.

Te quiero, no lo olvides, no me olvides, yo no te olvidaré.

Al final, nos despedimos hasta la próxima con un abrazo y nuestros mejores deseos. Y, sin embargo, sabemos que no nos tomaremos ese café prometido, que la vida nos atrapará nuevamente entre las garras de la rutina, imprecisa compañera que se da aires de solemnidad, como si acaso fuera, o fuéramos, tan importantes. Pero la sola promesa de la cita nos reconforta, construye un futuro que no es sino la constatación rigurosa de que estamos vivos.

Y de que nos queremos. Aunque no siempre nos lo digamos lo suficiente.

Cristina Llorens Estarelles

Bibliotecaria de la Escuela Europea de Alicante.
Subdirectora de Documentación Instituto Juan Gil-Albert (2015-2019).

2 Comments

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  • Es injusto e innecesario que no nos queramos más y que no nos lo digamos tan bellamente como lo expresas tú. Saludo cordial, de ‘cor cordis’.

    • Querido Ramón, te respondo «a vuelta de comentario», para que no se me pase como me ocurrió la semana pasada. Gracias por tus palabras, siempre. Tú sí que practicas con ellas el mejor ejercicio para mantener el corazón vivo: su uso. Lástima que cordialidad, con toda la fuerza que tiene su significado, haya quedado relegada a una expresión más de educación que de amor. De corazón a corazón, gracias. Un abrazo