La ciudad de Alicante no acaba de encontrar un modelo turístico sostenible que genere recursos como Málaga, Las Palmas, Barcelona o Benidorm. De las atracciones de “gogós” de los 80 y 90 hemos pasado al invento del “tardeo”, tras pasar por la ruta del bacalao, y nos hemos perdido el aluvión dinerario de los cruceros. La industria de cruceros generó el pasado año un impacto económico directo de 1.323 millones de euros en España, de los que únicamente unos 50 millones se quedaron en Alicante. De los cerca de 6 millones de viajeros de cruceros, tan sólo 83.000 recalaron en Alicante.
De ser el santo y seña de los jubilados españoles de hace tres décadas por el buen clima y los alquileres asumibles en invierno, la ciudad de Alicante ha perdido el barco de los destinos turísticos a una velocidad de crucero. Los datos son más que palpables: los visitantes de cruceros en Alicante no superaron el pasado año los 83.000 (50 embarcaciones), una cifra muy alejada de otros puertos españoles que apostaron por el maná de estos tiempos y, además, ante la inseguridad de las costas mediterráneas del norte de África para estas travesías.
El puerto de Alicante sólo ha superado una vez en su historia los cien mil pasajeros de cruceros. Fue en 2011, cuando la estación marítima atendió a 57 barcos. El puerto consiguió escalar dos posiciones en el ranking nacional el pasado año y situarse en décima posición, pero aún a miles de millas náuticas de destinos como Barcelona, Las Palmas o Málaga. Valencia y Cartagena, que no son precisamente destinos turísticos tradicionales tanto en el ámbito nacional como internacional, se encuentran también por delante de Alicante.
El pasado año tuvo un impacto positivo la reducción de las tarifas de atraque, que es lo que, entre otras razones, ha animado a Pullmantur a trasladar a Alicante su barco Zenith, aunque en realidad el puerto de salida y el que se lleva la miel económica es Málaga, con más de 418.500, cinco veces más que nuestra ciudad. Málaga ha sabido atraer al turista adinerado con su oferta cultural de los museos Picasso y Thysen, a lo que añaden una ruta de tapas digna de figurar en las mejores cartas gastronómicas del mundo y, todo ello, en un marco de ciudad acogedora y siempre mirando al mar.
En unos momentos de contención del consumo por la crisis, se ha perdido una gran oportunidad para Alicante, ya que el gasto medio por crucerista se sitúa en 80 euros diarios si se trata de un puerto de embarque y de 62 euros si es uno de escala.
Barcelona es la estrella
España es el segundo país europeo que más pasajeros recibió en 2015, solo por detrás de Italia, con la llegada de 5,93 millones de viajeros. En relación a los puertos, el de Barcelona continúa siendo el primero de Europa, con 2,54 millones de pasajeros en 2015, mientras el de Mallorca ocupa el tercer puesto, con 1,72 millones de viajeros; el de Las Palmas es el séptimo, con 1,05 millones de usuarios, y el de Tenerife es el décimo, con 933.000 personas.
Incluso Cartagena nos supera en turistas de crucero, con un registro en 2015 de 151.116 pasajeros y 109 escalas. Nos comentaba recientemente el guía oficial de Cartagena en una visita a la ciudad que habían descubierto el aporte del turismo al quedarse sin su industria pesada, lo que les impulsó a un cambio radical de su casco viejo y adecentar su patrimonio urbanístico modernista. En Alicante seguimos con una ciudad que se desquebraja a marchas forzadas en su casco histórico tras sobrepasar el visitante la Explanada, a lo que se añade un descuido palpable en la limpieza y falta de oferta cultural.
El modelo Benidorm
En el polo opuesto a Alicante, el modelo turístico de Benidorm sigue a toda vela y superó en 2015 por primera vez los 11 millones de pernoctaciones hoteleras, lo que triplica en número a la ciudad de Valencia, y su peso en el mercado internacional es más de la mitad de toda la Comunidad Valenciana. Estas cifras sitúan a la localidad de la Marina Baixa en cuarta posición a nivel nacional como destino turístico con mayor número de pernoctaciones hoteleras, superada por Barcelona (18,4 millones), Madrid (17,8 millones) y San Bartolomé de Tirajana, en Gran Canaria.
Alicante, que desde los años 70 se impuso como centro turístico para los jubilados españoles, no ha sabido configurar un modelo perdurable, con pocos atractivos para entusiasmar a los visitantes con poder adquisitivo, bien en la esfera cultural o museística, como Barcelona, Bilbao o Málaga, o gastronómica, con estrellas de renombre internacional como San Sebastián.
La ciudad era el lugar español socorrido para los jubilados en los años 70, 80 y 90 por el alquiler barato de pisos donde pasar el invierno. Había locales de ocio para esas edades y la Explanada era el punto de de encuentro a lo largo del día o la tarde. Para el café, los visitantes tenían como cita obligada El Miami y para los más bailones su catedral era Doña Pepa. Porque como decía el castizo escritor Sánchez Mazas en el pasado siglo “las tabernas son salas de estar, salas de estar de por vida”. Todo, claro está, antes de que nos machacaran con el IVA.
La noche se encendía para los más jóvenes en fin de semana con las “gogós” bailando a los ritmos del momento y despertando las ganas de vivir la fiesta al amparo del buen clima de estas tierras. El atractivo de las “gogós” dio paso, por un cambio generacional, a la moda de la “ruta del bacalao” en los extrarradios, que se vio truncada por los controles policiales de tráfico y de sustancias psicotrópicas.
La historia de las modas
Ahora se ha impuesto entre los más jóvenes la moda del “tardeo”, una forma de poder salir de fiesta con poco dinero, la comida en las mochilas y sin repostar en los restaurantes o bares de comida.
La moda, que no es ni más ni menos que una variante del antiguo “café torero” (no comer sentado) entierra parcialmente el “botellón”. Hasta los locales de alterne como el D’Angelo han salido al lance del “tardeo” y anuncian ofertas de pasar media hora con una señorita por 50 euros. Pero las modas del oficio más antiguo del mundo son efímeras, como ya ocurrió en la Vega Baja en su época con la “ruta de la alcachofa (para los menos pudientes) y la “ruta de la sal” (para los más ricos, en pleno dinamismo de la industria zapatera y los pagos a tocateja ).
La indefinición del Ayuntamiento sobre la apertura dominical de El Corte Inglés y las tiendas de Maisonnave deja igualmente tocado a todo el centro comercial y, por efecto dominó, al consumidor tanto de la ciudad en su día libre como a los residentes de otras localidades, tanto provinciales como de las provincias limítrofes. Por no tener no tenemos ni Ikea, que siempre anima a las gentes a dar una vuelta por la ciudad.
La pregunta que te hacen los visitantes es ¿qué se puede hacer durante varios días en Alicante tras recorrer la Explanada, darse una vuelta por la Rambla, sentarse en una terraza de la calle Castaños, visitar el Castillo de Santa Bárbara o el Marq y mirar el mar? Difícil respuesta para alguien que vive en la ciudad y que deben responder nuestros responsables públicos tras varias décadas sin un modelo claro de ciudad.
En los tiempos de expansión del ladrillo, un directivo de la Cámara de Comercio se enorgullecía de la identidad de la Terreta con estas palabras “los alicantinos somos capaces de construir relojes de arena y, además, andan”. El reloj se ha parado en esta zona geográfica del levante y más bien parece que el sol sale por Antequera ante los retos turísticos actuales, con Málaga como referente del buen hacer.
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