Libro: La Regenta
Autor: Leopoldo Alas “Clarín”.
Edición, Introducción y notas de José María Martínez Cachero. Catedrático emérito de la Universidad de Oviedo
Ediciones Nobel S.A. Oviedo. C/ Ventura Rodríguez, 4-1.º.
Dirección de Arte, Luis Vallina. Año 2001, edición publicada en el centenario de la muerte de Clarín.
Queridos lectores: imagínense que esta mañana me he levantado temprano. Apenas serán las ocho de la mañana y paseo lentamente al abrigo de mi capa azul oscura, forrada de seda encarnada, por una ciudad norteña que mira al mar Cantábrico. Se llama Vetusta y hay una húmeda neblina que lo empapa todo. Estoy cerca de su catedral y, no muy lejos del lugar en que me encuentro, veo caminar en dirección a su puerta principal a una dama vestida de negro, tocada con una mantilla de encaje, que se encamina a oír la primera misa de la mañana. Yo ya llevo un tiempo viviendo en Vetusta y conozco personalmente o por referencias a los señores y a las señoras principales. Como tengo buena vista, reconozco a la dama enmantillada que se apresura para no llegar tarde. Me la presentaron en una fiesta oficial del día del patrón de la ciudad, san Salvador. Se llama Ana Ozores y en su entorno se la conoce como la “Regenta”, y es que doña Ana es la esposa del que fue regente de la Audiencia de Vetusta, que es el nombre con el que se conoce al presidente de la misma y cuyo apelativo se traslada a su esposa en esta forma ceremonial. Claro que, por esta razón conyugal, doña Ana goza de todos los atributos de distinción que conserva su esposo, y así, como él es ilustrísimo señor, ella es ilustrísima señora y ostenta la representatividad del cargo que tuvo su marido.
La Santa Iglesia Catedral Metropolitana de San Salvador de Vetusta es una catedral de estilo gótico y tiene al frente a su señor obispo y al cabildo catedralicio, compuesto de todos los canónigos presididos por el señor deán, y entre sus dignidades, uno de ellos es el canónigo magistral de la catedral y provisor de la diócesis de Vetusta. Ahora, el magistral es don Fermín de Pas, que también actúa como predicador y confesor y con el que –dicen– se confiesa doña Ana Ozores, teniendo fama entre los feligreses que frecuentan la catedral, la duración, a veces exagerada, de las confesiones de la Regenta con el magistral. Bueno, pues como ya suena la campana de santa Bárbara de la catedral en su última llamada para la misa matutina, seguiré mi camino en busca de un modesto rayo de sol que mitigue la frialdad de la mañana, sin hacer caso de las habladurías, comentarios de casino de señores de autoridad o de reuniones de señoras de alcurnia, sobre todo de lo habido y de lo por haber, y me quedo de espectador, leyendo de nuevo a un escritor magnífico llamado don Leopoldo Enrique García-Alas Ureña, o sencillamente Leopoldo Alas, que con su seudónimo literario de “Clarín” escribió un famoso libro donde nos contó una historia que acaso pudo ser verdad, sucedida aquí, en Vetusta.

Leopoldo Alas nació en Zamora, el día 25 de Abril de 1852, y murió en Oviedo el 13 de junio de 1901. Tercero de los hijos del matrimonio formado por don Genaro García Alas y doña Leocadia Ureña, su nacimiento tuvo lugar cuando su padre era gobernador civil de Zamora, cargo que ocupó después en Vizcaya, Teruel y León, como político adicto al ilustre jurista don José Posada Herrera, asturiano de Llanes y miembro de la izquierda dinástica.
Leopoldo Alas estudió sus primeras letras en el colegio que los Padres Jesuitas regentaban en el antiguo y hermoso edificio de San Marcos de León, y luego hizo el Bachillerato en Oviedo. Se licenció en junio de 1871 en Derecho Civil y Derecho Canónico, pasando después a la Universidad de Madrid para doctorarse en Leyes y cursar Filosofía y Letras. El 1 de julio de 1877 obtiene el título de doctor en Derecho Civil y Canónico, con la nota de sobresaliente. En julio de 1882, es nombrado catedrático de Economía Política y Estadística de la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, donde sólo explicó un curso, pues en junio del año siguiente pasó a ser catedrático de la Universidad de Oviedo, tomando posesión de la cátedra de Historia y Elementos de Derecho Romano. Más tarde, en 1888, cambiaría de cátedra por la de Elementos de Derecho Natural.
Casado con doña Onofre García Argüelles, de clase burguesa, tuvo tres hijos, y tras una intensa vida fallecía el 13 de junio de 1901 quien ha sido calificado como “el mejor y más culto crítico literario de su tiempo, y uno de los mejores novelistas y cuentistas de las letras hispanas de todas las épocas” (Federico Carlos Sainz de Robles).

Quiso llamarse “Clarín”. Yo no sé si don Leopoldo Alas adoptó este nombre literario como un clarinazo o punto de salida, o como una llamada de atención ante la ignorancia de algunos. Pienso que, con una vida repleta e intensa, fue en el tiempo que le tocó vivir como una especie de censor severo y un hombre de libertad absoluta. Ya hemos dicho de su categoría profesional y de su alto grado académico, y añadiremos que todo ello vino acompañado de su faceta de polemista, de político y de feroz enemigo de la prepotencia y de las calidades inmerecidas de muchos de sus contemporáneos. Quizás a ello le ayudase el ser ateo y un librepensador.
Y para todo esto, como no puede ser menos, hubo de tener una gran formación y una fuerte energía para enfrentarse a lo que fuera. Ser o no ser intelectual o escritor relevante, en los tiempos en que Leopoldo Alas dominaba la crítica, dependía de su juicio definitivo, con lo que el porvenir del aspirante a escritor dependía de su opinión escrita, que manifestaba en su gran participación en revistas y periódicos de la época.
Pronto comenzó Clarín a ser un gran lector, un polemista y un gran crítico. Cuando su traslado a Madrid en 1871, hospedado en una pensión de la calle de Capellanes, acudió pronto a la tertulia de la Cervecería Inglesa de la Carrera de San Jerónimo con sus amigos Rubín, Palacio Valdés y Tuero, y luego llegó a asistir a las cátedras de Camus y Salmerón, pues le obsesionaba tanto la política de acción como la filosofía especulativa, y el krausismo, traído a España y abanderado por el catedrático Sanz del Río.
Tras la renuncia del rey Amadeo de Saboya al trono de España, el pronto final de la efímera Primera República y una vez restablecida la monarquía, Clarín ingresó pronto en la redacción de la revista El Solfeo, fundada por el periodista José Sánchez Pérez, dedicada a poner en “solfa” a personas, instituciones y sucesos que se desmadraban de los ideales de izquierdas y del neto liberalismo; aquí Clarín se distinguió en “zurrar a modo” y “sacudir estopa a diestro y siniestro” y así ser el sacudidor de estacazos literarios y políticos: ni una sola figura relevante de la Restauración dejo de recibir “estacazos” y “clarinazos”, por lo que nuestro autor se hizo popular y temido de “tirios y troyanos”. Después vendrán la revista Madrid Cómico, La Ilustración, y El Globo. No faltarán los duelos por afrentas críticas, más o menos finalizados, como el que tuvo con el dramaturgo y marino de alto rango Novo y Colson, que no llegó a mayores gracias a la intervención de los padrinos que lograron un desagravio satisfactorio para el honor de ambos. Ni tampoco faltó el deber aceptar en 1891 el cargo de concejal del Ayuntamiento de Oviedo por deseo de su jefe político Castelar. Y también quedará brillando con sus famosos cuentos en la Ilustración española y americana, donde aquí, en ocasiones, llegó a mostrarse sentimental y hasta romántico. Yo, en mi lejana juventud, leí un cuento lleno de sentimiento, una melancólica nostalgia por la tradición y el pasado arrollado por la civilización moderna, el cuento llamado “¡Adiós, cordera!”. Quizás la recuerde alguno de mis lectores. Clarín se orientó decididamente hacia la modernidad participando con la misma pasión que doña Emilia Pardo Bazán por la cultura decimonónica.

Y en 1885, en sus meses de enero y de junio, en la biblioteca de “Arte y Letras” de la Casa Cortezo, con ilustraciones de Juan Llimona, salían en Barcelona los dos tomos de una novela genial, La Regenta. No tardaron en llegarle al autor los elogios de los grandes como Menéndez y Pelayo, Pérez Galdós, Palacio Valdés, Castelar, Campoamor, Núñez de Arce, Echegaray… y apareciendo crónicas favorables en revistas nacionales y extranjeras. Y es que La Regenta es una gran novela de la que Gonzalo Torrente Ballester, en su Panorama de la literatura española contemporánea, ha llegado a decir que es la mejor novela del siglo XIX, después de Fortunata y Jacinta. Yo pienso que, en cualquier caso, una y otra se disputan el primer lugar en ese siglo XIX y también el segundo lugar en toda nuestra historia literaria, detrás de la primera de todas, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Pero La Regenta no fue solo motivo de elogio, sino también de escándalo social. El obispo de Oviedo, fray Ramón Martínez Vigil, condenó categórico la novela en el Boletín Eclesiástico de la diócesis por el tratamiento del ambiente y personajes eclesiales de la misma, aunque en los últimos tiempos de la vida de don Leopoldo Alas tuvo lugar su reconciliación con el obispo de Oviedo, Martínez Vigil.
Y aquí tenemos la gran novela. Con un paisaje cerrado presidido por la catedral y el casino, nos encontraremos con el ambiente provinciano de una ciudad decimonónica, llamada Vetusta, en la que la distracción de sus ilustres moradores es fruto del aburrimiento, de sus juicios despiadados de todo lo que envuelve cualquier acontecimiento, por liviano que sea, ocurrido en esa capital presidida por las lluvias, el frio y la humedad.

Y sobre este paisaje, cuatro personajes principales sobre los que descansa la historia: la Regenta, doña Ana Ozores, la protagonista absoluta; don Fermín de Pas, el magistral; don Víctor Quintanar, el esposo de doña Ana y ex regente de la Audiencia de Vetusta; y don Álvaro Mesía, el presidente del Casino y jefe del Partido Liberal Dinástico.
La Regenta, Ana Ozores, es la historia de una joven mujer, huérfana y pobre, que es acogida por sus tías de Vetusta, también escasas de recursos, que le buscan un marido para su subsistencia y que con su comportamiento plagado de desilusión y de fracaso consigue lograr su propia destrucción.
Gracias a los buenos oficios de sus tías, don Víctor Quintanar vino a pedir la mano de Ana: “Daba ese paso porque acababa de ser ascendido a presidente de sala de la Audiencia de Granada y quería llevarse a su esposa”.
Y así fue su breve estancia en Granada hasta su posterior ascenso a presidente de la Audiencia de Vetusta, donde regresó con su esposa.
Y toda una turbulencia literaria. Unos amores sacrílegos con el magistral que no llegan a consumarse, una infidelidad conyugal con Álvaro Mesía y un duelo a muerte, que le cuesta la vida a su esposo don Víctor Quintanar, componen esta historia del vencimiento moral de su protagonista.
Unas circunstancias que matizan esta historia: Ana Ozores tiene una edad que no llega a los 30 años; su marido Víctor Quintanar, más de 50 años. El magistral De Pas, tiene 35 años y una apostura elegante; y Álvaro Mesía más de 40 años. El amor del magistral con Ana no llega a consumarse; sí el amor pretendido por Álvaro Mesía; y finalmente todo termina en el duelo producido por la infidelidad de Ana en el que muere su esposo, Quintanar, a consecuencia del balazo que recibe de Mesía.

Y tras todo ello, un conjunto coral de personajes que jalonan este proceso y que en su conjunto dirigen la acción: Amadeo Bedoya, militar y erudito socio del casino; Trifón Cármenes, poeta habitual del casino; don Francisco de Asís Carraspique, millonario y miembro de la Junta Carlista; el marqués de Corrujedo, aristócrata también habitual del casino; don Restituto Mourelo, arcediano de la catedral y hostil a De Pas; don Fortunato Comoirán, obispo de Vetusta; el marqués de Vegallana, principal figura de la aristocracia de Vetusta y jefe del Partido Conservador; y Tomás Crespo, apodado Frigilis, que será el único amigo que le quede a Ana Ozores cuando, al final de la obra, enviude.
La Regenta es una novela capital en nuestras letras contemporáneas que comienza con una descripción magnifica de la capital de la provincia española y con los caracteres de los canónigos, los aristócratas y los empleados, que se analizan detenidamente. Nos dice Azorín, en su ensayo Leopoldo Alas, que éste “fue un ecléctico sutil y delicado; le atraía lo nuevo; tenía un espíritu de rebeldía, de insumisión. Pero al propio tiempo, sentía una tierna añoranza por el pasado, por la pretérita lejanía…”.
Y Andrés González Blanco, en su Historia de la novela en España desde el romanticismo hasta nuestros días dirá que “en esta novela resplandece el genio inmortal de Clarín… que dejó su garra de león en la literatura española con más vigor que los restantes escritores que florecieron a fines del siglo XIX”.
Y nos faltará solo nuestra opinión, que no puede ser otra que la de encontrarnos ante una novela fundamental y con una historia que pretende estar anclada en el siglo XIX, pero que hoy no ha dejado de progresar en nuestra España del siglo XXI, donde la maledicencia y el auto-protagonismo no han cesado.
Y cumplido mi comentario, me sumerjo en el embozo de mi capa y, abandonando Vetusta, me encamino lentamente hacia la Oleza de Gabriel Miró, en busca de Nuestro padre san Daniel y El obispo leproso.
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Como siempre en excelente comentario de una de las más famosas novelas del siglo XIX. Un abrazo.
Muchas gracias Ramon
Un abrazo. Julio Calvet.
Muy elegante tu escrito y enriquecedor para los amantes de la literatura. Espero con ganas tu siguiente artículo sobre la doble novela de Gabriel Miró, una de las cumbres de la narrativa del siglo XX. Feliz año.
Muchas gracias Ramon. Recojo tu propuesta
Un abrazo Julio Calvet
Magnífico artículo sobre una de la Regenta!!
Esta obra jamás pasará de moda porque las pasiones, la tradición , la envidia y el engaño siguen presentes en la sociedad.
Un abrazo, amigo Julio
Querida Pilar, tienes razón. Que poco ha cambiado todo. Ana Ozores es la victima de una sociedad irracional, que la lleva al abismo.
Gracias por tu comentario.
Un abrazo. Julio.
Una estupenda introducción a la inmortal obra de «Clarín». Enhorabuena.
Muchas gracias querido amigo Juan Carlos. Un abrazo.
Querido “Julio”: como bien sabes no me sorprende tu faceta de escritor, narrador intradiegetico que tan bien dominas. Excelente narrativa descriptiva y culta. Un gran abrazo
Muchas gracias María Teresa. Un abrazo Julio Calvet.
Interesante el planteamiento de tu relato para presentar esta gran novela y la biografía de su genial autor. Un abrazo.
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