Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Libros

De libros y aniversarios

Libro: “El secreto de Orcelis”.
Autor: Manuel Mira.
Editorial Planeta, S.A. Barcelona.
Primera edición, abril 2004.
Premio Azorín de la Diputación Provincial de Alicante, 2004.

Dice el Diccionario de la Lengua Española que aniversario es el “día en que se cumple años de algún suceso”. Y no dice más, al menos el ejemplar del Diccionario de la RAE del año 2000, de Espasa Calpe S.A., que yo poseo. Así que acostumbrados a la conmemoración de concretos aniversarios como el de 25 años (plata), el de 50 (oro), o el 100 (centenario) y hasta de aniversarios de más lejanos y amplios tiempos, y en números redondos, aquí, saliéndonos de lo común, celebraremos los 20 años de un suceso importante: la concesión del Premio Azorín de la Diputación Provincial de Alicante  a la novela de Manuel Mira Candel,  El Secreto de Orcelis.

Dicho premio se falló el día 4 de marzo de 2004 por un jurado compuesto por Juan Eslava Galán, María de la Pau Janer, Concepción Lucas, Carlos Revés, Fernando Schwartz, Isabel Tomás, Miguel Valor Peidró, y Patricio Vallés Muñiz que actuó como secretario, y cuya novela premiada fue publicada en primera edición,  dicho año de 2004, por la Editorial Planeta S.A. Hace veinte años de aquel suceso que yo en este comentario quiero resaltar por lo meritorio del premio y por lo meritorio de una novela que no dejó de agradarme y que ahora, veinte años después, he vuelto a leer con igual resultado.

Manuel Mira Candel es un periodista y escritor de muy amplia proyección. Nació en Orihuela, en 1945, “su pueblo y el mío”, patria de Miguel Hernández, donde yo también abrí los ojos en enero de 1946. Poco tiempo nos llevamos Manuel Mira y yo  y, no sé por qué, me parece que no debió nacer muy lejos del río Segura, o del río Segral, como le llamó Gabriel Miró, el escritor señero del que yo presumo, que no ha dejado de influenciar a Manuel Mira, en gran medida, en su escritura y estilo literario.

Hay que destacar que Manuel Mira estudió Derecho en las universidades de Valencia y Madrid  y Periodismo en la capital de España. Posee una dilatada y prestigiosa experiencia cómo periodista, profesión en la que ha sido desde redactor jefe a director de medios en distintos periódicos y empresas. También ha sido destacado columnista y editorialista, así como presidente de la Asociación de la Prensa de Alicante. Fue autor y productor teatral. Desarrolló su tesis en periodismo sobre “Los orígenes de la autenticidad en el teatro”. Ha dado numerosas conferencias sobre periodismo y literatura. Ganó el concurso Emilio Castelar de artículos periodísticos y el de ensayo Fundación Ficia. Como novelista ha escrito cinco novelas, tres de ellas inéditas. Ha quedado finalista en distintos certámenes, Azorín y Ciudad de Torrevieja y ,sobre todo, obtuvo en 2004 el premio que ahora celebramos, Premio Azorín de la Diputación Provincial de Alicante,  con su  novela El Secreto de Orcelis.

Yo he sentido gran admiración por él, pues fui lector de sus artículos periodísticos, admiración que se confirmó cuando en el año 2009 coincidimos en la Feria del Libro de Alicante, concretamente en la tarde del día 8 de julio, y en la misma caseta de la Feria. Manuel Mira  firmaba ejemplares de su novela Ella era Islandia, publicada en Bohodón Ediciones, y yo mi biografía, Ramón Sijé, Semblanza, editada en Editorial Club Universitario, de San Vicente del Raspeig.

Rosalía Mayor, presidenta de la APPA, con Manuel Mira Candel en una entrevista (Redacción).

Fue un encuentro entrañable. Esa tarde hablamos ampliamente de cosas comunes, de nuestra Orihuela, y de sentimientos, lo que quedó plasmado en la dedicatoria que me escribió de puño y letra en el libro Ella era Islandia, y que decía:  

Para Julio Calvet, en un día de encuentros, con Orihuela al fondo, entre recuerdos de Miguel Hernández, con la nostalgia de ayer, y un abrazo de amigo.

Manuel Mira, firmado. Alicante, 8 julio 09.

Me encantó la lectura de su novela Ella era Islandia.  Yo no conozco  Escandinavia ni, por ello, la lejana Islandia. Bueno, miento si digo que no sé nada de ella, pues ahora y después de leer la novela de Manuel Mira, tras sus hermosas descripciones, estoy seguro de que si alguna vez me adentro por aquellos nórdicos y lejanos lugares, seguro que me parecerá que los conozco hace tiempo. Desde luego que no navegaré en un viejo bacaladero por el Ártico, como el protagonista de la novela, Alfonso Bulnes, en aquel navío capitaneado por Roald Sveinson, el viejo marino  emparentado con La Saga del Búho, pero en cualquier caso la aventura,  como un viaje mágico, siempre me llevará al viaje de Ulises, también llamado Odiseo, en su regreso a Ítaca, plagado de peligros —tan celebrado por mí como por tantos a lo largo de los tiempos—, y que me sirvió de base para ni novela titulada La Sirena.  Y es que yo creo que para todos hay un Nostoy, un viaje de regreso. Un volver.

«Cuando la travesía emprendas hacia Ítaca, pide que sea largo tu camino, lleno de aventuras, pleno de saberes», nos dirá el poeta alejandrino Constantino Cavafis (1863-1933), en su grandioso poema.

Y este verano de 2024 me encontré en mi casa de Torrevieja, donde dormía sus largos inviernos desde hacía 20 años, mi ejemplar de la novela premiada de Manuel Mira, El Secreto de Orcelis, que compré en su día en Alicante, una tarde en la que llegué retrasado al lugar donde se anunciaba su firma, pero con la suerte de que su autor, al marcharse, dejó firmados unos pocos ejemplares para los rezagados como yo, con la expresión escrita de “Atentamente. Manuel Mira”, pudiendo adquirirlo con esta dedicatoria anónima que al comprarlo hice mía.  

Y me decidí a volver a leer El Secreto de Orcelis al coincidir con sus 20 años de su premio, para lo que me traje el libro a Alicante. Yo no sé si el ejemplar de mi libro se habrá disgustado conmigo al sacarlo de su hogar, situado en la patria de las Habaneras… del Abanico, de La Paloma o de La Bella Lola, pues yo creo que las cosas tienen sentimiento, por lo que le he prometido a mi libro que el verano que viene le devolveré  de nuevo a su estante de mi casa de la calle Ulpiano, de Torrevieja (no podía llamarse de otro modo mi calle más que con el nombre de un jurista como yo, aunque sea el de un jurista romano del tiempo del emperador  Justiniano) y desde cuya terraza se pueden ver las rocas, aunque ya despoblada de sus erizos y pequeños cangrejos que habitaban en mi juventud, al haber sido desalojados de su lugar por una ingente multitud de bañistas que ahora las pueblan y no cesan de ocupar sus aguas.

He vuelto a leer El Secreto de Orcelis con la serenidad de mis años y mis experiencias compartidas. Aquí no me he sentido ajeno como en Islandia, aquí me ha llevado Manuel Mira a mi patria y a otras patrias queridamente recordadas. Y he quedo enormemente agradecido. Volver.  Como un Nostoy.

En el inicio de la novela hay como un intento de disculpa, creíble o no, en la Nota del autor que Manuel Mira escribe, y  que me atrevo a copiar completa, con permiso que me irrogo de su autor y amigo.

Nada puede descartarse —la casuística y la fatalidad reinan en el universo infinito— sobre las similitudes de personas, caracteres, lugares y acontecimientos que aparecen en la narración, con otros que ya pertenecen a la historia o se recrean en la realidad de nuestros días. Sin embargo, y en contra de lo que, a veces, pudiera parecer intuirse, en El Secreto de Orcelis todo es ficción y los parecidos con persona, vivas o muertas o hechos reales, del presente o del pasado, son meras coincidencias aunque la Historia —siempre consentida y generosa aliada de lo inventado— preste su marco al paisaje del relato. Solo los lienzos del artista holandés Mathías Stommer son el único referente real con peso específico que he deseado mantener como protagonistas en homenaje al tiempo irrecuperable y a la belleza imposible de inventar.

Bien, Manuel Mira, me lo creeré o me lo podré creer, pero es difícil convencer de tu afirmación a quien, como tú, nació en Orcelis, cuando el marco de Orcelis se ve por todas partes y porque  Orcelis no es otra que nuestra querida Orihuela. Y es que Orcelis – Orihuela en tu novela  va a ser el paisaje y centro original en la narración de la historia de su secreto.

No puedes evitar, Manuel Mira, la influencia que en tu escritura tiene Gabriel Miró. Esto es algo que no podemos eludir los escritores de Orihuela. Al menos los de nuestro tiempo. Yo creo que hasta le llegó a influir a nuestro añorado Miguel Hernández, al que yo le llamo como el título de uno de sus poemarios El Rayo que no cesa, pues aunque pasen los tiempos el “rayo” de Miguel nunca cesará, como un arco iris perpetuo, de su extraordinaria poesía.

Se ha escrito mucho de Gabriel Miró, un escritor que no quiso ser poeta. Yo le calificaría como “un tallista de la palabra”. Soy uno de sus más fervientes seguidores. Años y Leguas. Cuando leo a Miró, la nostalgia me alcanza. En una época ya lejana de mi vida tenía que pasar con mi coche por las cercanías del pueblo de Polop de la Marina, camino de mi destino profesional en el pueblo o ciudad de Callosa d´Ensarriá, y bordear el camino que llevaba a su  cementerio, sin poder detenerme para poder ver sus cerezas, Las Cerezas del Cementerio.

He llegado a decir por escrito que Orihuela no alcanzó la modernidad hasta que Gabriel Miró la convirtió en Oleza. Y tú, Manuel Mira, siguiendo su camino, conviertes Orihuela en Orcelis, y labras la palabra en tu libro, como un nuevo tallista. Permíteme que te llame también “Mironiano” y para demostrarlo, déjame que leamos lo que  escribes,  —talladamente—,  al hablar de Orihuela, de tu Orcelis, en tu novela  del Secreto:

Al entrar en Orcelis, la luna parece una corteza achatarrada de melón con una vela encendida dentro. Cuando pasamos por el puente del oeste, se deja ver sobre una de las espigas de la catedral, reluciente, saliendo de una hoguera, al fondo. Las aguas bajan revueltas por el río. Se oye el rumor embravecido de la corriente, sus remolinos anudándose en las pilastras. Se ve que ha llovido en la sierra. Es lo que decían después de las crecidas. Pero sólo se oye ese susurro, que ensordece de repente. Se anuncia un redoble de campanas. La ciudad ensombrece aún más: cuelgan de la oscuridad nueve redobles de bronce, que se diluyen en su propio ruido.

¿Miró o Mira; Mira o Miró?

Manuel Mira en su biblioteca.

Y sobre este marco incomparable, de Orihuela, Oleza y Orcelis,  aparece la novela, donde resulta que el 22 de diciembre de 1915, Bartolomé Arango Moya, se hace millonario al tocarle la lotería de Navidad, al ser premiado el número 09688, comprado al lotero Ezequiel Moreno Rivas, en su lotería de Orcelis.

Un millón de pesetas. ¿Calculan ustedes, queridos lectores, lo que debía ser un millón de pesetas en 1915? Yo reconozco que soy mayor, aunque no tanto, por lo que en mi juventud o adultez —pongamos hace 50 años— el tener un millón de pesetas era tener una fortuna y ser un  millonario. Luego, tras los tórridos y agitados años setenta y ochenta del siglo XX y hasta aquí, con desaparición de nuestra moneda, la peseta, el hablar de un millón, de la moneda en curso, casi me parece una fantasía. Y no voy a entrar en territorios monetarios ajenos a este comentario de un homenaje literario merecido.

Y el personaje principal compartido es Teodomiro Arango Valera, nieto del millonario, un escritor que se ha enfrascado en escribir una biografía de su abuelo el millonario y que ha sufrido en Londres un importante problema cardiaco, apareciendo en la escena de la novela en el aeropuerto de Heathrow, a bordo de un avión, acompañado de su hijo médico Diego Arango, que ha acudido en su ayuda, y que le trae a España para ser intervenido en el Hospital de Murcia por un cirujano muy especializado en cardiología, el doctor Bartolomé Quirant, al que acompañará al pie del quirófano.  

En este ir y venir y con una narrativa compuesta de historias paralelas,  iremos sabiendo los derroteros a los que le llevó en su vida a Bartolomé Arango Moya el hecho de verse millonario, conforme va descubriendo su nieto Teodomiro escritos de su biografía.

Manuel Mira con el premio Azorín (Fuente: «Hoja del Lunes»).

Hay un personaje especial que a mí me ha subyugado y  que es como el centro principal de toda la vida del nuevo millonario. Se llama Acacia Fenoll Gutiérrez. Bartolomé Arango Moya es un hombre casado y con hijos, pero… “Se empezó a hablar cuando los vieron por en el Hondo….”, “En Orcelis en 1931… se supo que Bartolomé Arango Moya tenía una amante…”.  

Él tenía cuarenta y tres años; ella veintiséis. Se habían conocido en Murcia, en uno de los talleres de costureras que tenía el sastre Expedito Fuentes cerca de la calle Platería. Acacia Fenoll le tomo las medidas de una chaqueta de twed escocés —denominación de origen Harris, importada de Glasglow—, con parches de cuero en los codos.

A Bartolomé Arango le fascinaba de aquella mujer, el contraste de su piel blanca, como de escultura de cera… Era de mediana estatura, pero exuberante, de caderas anchas y redondas y poseía al hablar la gracia arrebatada e insolente de la mujer murciana.

Bartolomé Arango Moya abandonó la familia, se fue con Acacia y vivió con ella en diversos lugares teniendo cuatro hijos. Nunca dejo de amarla. Acacia fue su gran amor y con ella yace en el cementerio.

Hay un tío cura llamado Odón, y un cuadro del pintor holandés Mathias Stommer llamado La vieja del Candil. Y unas historias que se van a cruzando como un tirabuzón entre el abuelo millonario y sus descendientes, donde aparece Diego en línea directa, y en línea cruzada los descendientes habidos con Acacia. La menor de todos estos últimos se llamaba Luzmila. El doctor Bartolomé Quirant desciende de ella.    

No puedo contarles más, pues desgraciaría la novela, pero sí decirles que Teodomiro Arango Valera fue operado en Murcia y que al terminar felizmente la intervención quirúrgica, abrió los ojos. Y aquí se descubrió El Secreto de Orcelis.

Una historia singular y apasionante, con Orihuela al fondo, con La Luz de las Imágenes y con la Vieja del Candil.   

Manuel Mira a punto de dedicar una de sus novelas.

Manuel Mira, en su apartado de Agradecimientos, lo hace, “eludiendo su completa identidad para no herir su modestia”, al cartesiano Mauro y su investigación matemática; a Lorena, que empleó su lupa para rastrear hemerotecas, ; a los biólogos Alejandro y Pilar; al ingeniero  Máximo; a Norberto, excelente gastrónomo; y a “la palabra, perdurable y certera del sabio José, (que) recompuso innumerables sombras del pasado, tantas como se me aparecieron la primera vez que vi la exposición de La Luz de las Imágenes en Orihuela, mi tierra querida, que visité fascinado, repetidas veces. Todos ellos me ayudaron a ensanchar el horizonte de la ficción y a recrear una historia inventada sobre el humo de la vida”.

Una vez más, Manuel Mira, en el final de tu novela, no puedes evitar que asome de nuevo Gabriel Miró, que nos dejó escrita una serie de relatos que fundió en un libro al que llamo El Humo Dormido.

Todos tenemos escondidos los recuerdos  como un humo dormido y que alguna vez se nos despiertan. Y así sucede con el que tú llamas “el humo de la vida”. Acaso en tu novela, haya afluido algún retazo del humo dormido.

De verdad, queridos lectores, que me gustaría contarles más cosas y volver con el abuelo millonario al balneario de Karlovy Vari al norte de Bohemia, con su capital en Praga, donde fueron Bartolomé y Acacia, y en la que yo, hace algunos años anduve persiguiendo la sombra inmortal de Franz Kafka para encontrarla  en la Callejuela del Oro de Praga, un día 6 de agosto de 2015. Y poder hablar del Golem, convertido en arena, porque no pudo evitar enamorarse, y del cuadro de Stommer, que ahora vive en el Museo Diocesano de Arte Sacro de la calle Mayor de Orihuela, pero ya se hace tarde y yo aquí solo he querido recordar el aniversario de veinte años de un buen libro, El Secreto de Orcelis, y a su autor, Manuel Mira, amigo, escritor y paisano, al que dedico este artículo, y en la Hoja del Lunes, donde su pluma sigue brillando y a quien deseo todo  lo mejor.  

Y se me olvidaba, Manuel Mira Candel y yo no solo compartimos el afán de escribir, sino que también somos Caballeros de la Orden de San Antón de Orihuela, una entidad ilustre que ya empieza a cumplir bastantes años.

Solo puedo terminar recomendando a mis lectores leer, si no lo han hecho ya, la novela El Secreto de Orcelis, y que si tienen más tiempo todavía sigan después con Ella era Islandia y viajen con su lectura a Escandinavia.

Y dar un abrazo de amigo y escritor a Manuel Mira Candel recordando aquella Feria del Libro en la Explanada de Alicante, hace 20 años.  

Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor. Colaborador de la APPA.

8 Comments

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  • No puedo expresar con palabras mi gratitud por el articulo que dedica mi amigo hernandiano a mi primera novela, El Secreto de Orcelis, en.su 20 aniversario. Aquella novela cambió mi vida, no solo por hacerme comprender que era el momento de hacer lo que siempre quise hacer, decir todo lo que llevaba dentro, sino también porque conocí, o reconoci, o descubrí o creí descubrir a personas extraordinarias, ocultas hasta entonces o inadvertidas o camufladas. Una de esas personas extraordinarias es Julio Calvet.
    EL SECRETO DE ORCELIS me situó en el centro de una burbuja de creatividad de la que ya no quiero salir. Así, mantendré a amigos del.alma como Julio, Ramón, Blas, que tantos ánimos y consejos me ofrecen en el camino que emprendí hace 20 años, con una cosecha de la que siento muy orgulloso y que he conseguido gracias al redescubrimiento de esos amigos. Son ya 13 los libros publicados, tres más que están en manos de agentes, y uno que me ha transmitido un veneno muy especial y del que ya llevo escrito un borrador con más de 1200 páginas. Gracias. Julio, otra vez. Sin alientos como el tuyo, sin ese recuerdo entrañable a mi ópera prima, milagrosamente viva, sin tu acierto de situar mis vivencias literarias en G. MIRO, a quien leí (el otro secreto) siendo niño, el escritor que no escribe sino que esculpe palabras, yo no creería en la bondad de los corazones perdidos y recuperados. Te llamaré. Hablaremos. Te contaré secretos. Y te daré un fuerte abrazo hernandiano, compañero del alma. MANUEL MIRA

    • Julio: No sólo has hecho un artículo fabuloso, sino de justo homenaje a un gran escritor que nos sorprenderá gratamente con nuevas creaciones. Un saludo cordial.

      • Querido Ramon. Como sabes quise hacer justicia en el trabajo de mi vida, debo seguir haciéndolo y es lo que he intentado hacer con el libro de Manuel Mira, justicia 20 años después.
        Un abrazo y muchas gracias
        Julio Calvet

    • Querido Manuel Mira
      Agradezco mucho tus palabras. El Secreto de Orcelis era un libro que tenía pendiente de leer. Yo tuve aproximadamente un infarto de miocardio. Cuando empecé su lectura y su descripción tan viva y autentica no pude seguir. El libro quedó en Torrevieja, como a la espera y ya 22 años después de mi accidente lo pude leer. Oleza, Orcelis, Teodomiro, el Sastre, la calle mayor. Mi abuela Lola..
      Me has hecho volver a mi infancia. A un mundo que estará conmigo mientras viva. Cuando leí tu Islandia quede maravillado de tus descripciones. Veo que te he descubierto leyendo a Gabriel Miro. Su sombra se percibe en la soledad de la noche cuando la humedad preside sus paredes. No se ha ido. Es Oleza y tu eres Orcelis
      Un abrazo en nuestra Patria hernandiana y en el recuerdo de nuestros seres queridos.
      Julio Calvet

  • Enhorabuena, Julio, por conducir con palabras ese torrente de ideas que meticulosamente hilas y dan forma a tus textos.
    Ha sido un placer haberme sentido tan cerca de la obra y figura de Manuel Mira Candel.

    Un abrazo
    Juan Antonio Urbano

    • Gracias querido amigo Juan Antonio Urbano. Eres como siempre muy amable
      Un abrazo
      Julio Calvet.