«Cree en la verdad, piensa de forma verdadera y vive verdaderamente»
Mohandas Gandhi, el Mahatma
Veinticuatro de diciembre, tarde avanzada, fría y con lluvia. Juan camina por la calle con paso rápido y en medio de una marea de personas que van de un lugar a otro ultimando sus compras para los regalos de sus seres queridos. Él también tiene que hacer las compras para los regalos de su mujer Elena y de sus cuatro hijos, Carlos, Violeta, Susana y Álvaro.
Se dirige hacia un gran centro comercial y recorre los pasillos con las estanterías cargadas a tope de productos dirigidos exclusivamente para su venta en fechas tan señaladas. Y comienza el dilema de todos los años. ¿Qué comprar? ¿Les gustará lo que les regalo? Las mismas dudas de siempre. Mientras tiene en sus manos un perfume que piensa regalarle a Elena, un hombre se encuentra a su lado observando un estuche de manicura. Se miran y con una sonrisa en los labios, el hombre le dice:
-Qué difícil ¿verdad? Todos los años el mismo dilema. Y eso que sólo tengo que comprar un regalo para mi esposa.
Juan, le devuelve la sonrisa y le responde:
–Yo lo tengo más difícil que usted. Tengo que comprar cinco, para mi mujer y mis cuatro hijos y ahora estoy hecho un lío.
-Afortunado usted que tiene una familia tan numerosa a quien regalar. Yo sólo tengo a mi esposa y en una silla de ruedas impedida desde hace años. Así que estas fechas, tan familiares, para mí son un poco deprimentes y hasta se me hacen odiosas.
–Pues créame que lo siento porque en días como estos, la familia es muy importante. Yo no concibo la Navidad sin estas reuniones familiares junto a mis hijos, mis padres, mis hermanos…
-Usted puede hacerlo. Yo no. Sólo tengo a mi esposa y ella sólo me tiene a mí. Por motivos que no vienen al caso no tenemos relación con nuestras respectivas familias.

Juan intuye que esta persona está en un mal momento en unos días en que deben reinar la alegría, la paz y sobre todo las relaciones humanas y siguiendo un impulso, le da la mano y se presenta:
–Juan. Encantado de conocerle.
-Matías. Es un placer.
Tras el saludo, Juan siente la curiosidad y la necesidad de seguir hablando con esta persona y le dice:
–Qué le parece, si nos vamos a la cafetería y nos tomamos un café y aclaramos un poco nuestras ideas en relación con los regalos. Le invito.
Matías acepta y ambos se dirigen a la cafetería del centro comercial. Mientras suben al piso donde se encuentra ésta, Juan nota en su interior que algo le une a esta persona que, en principio, acaba de conocer.
Sentados ante dos tazas de humeante café, empiezan la charla sobre sus respectivas familias. Juan le habla de su mujer con la que lleva conviviendo desde que se casaron, allá por el año 68. Le habla también de sus cuatro hijos de los que se siente muy orgulloso porque, como él bien dice, todos le han salido muy buenos. Cuando Matías toma la palabra, le comenta que se casó con Lucía, su mujer, en el año 82, y que a causa de un accidente de tráfico, que sufrieron cuatro años más tarde, quedó parapléjica y le quedaron unas secuelas irreversibles que le impidieron ser madre. Continúa hablando de su trabajo, de sus aficiones, de su vida…
Juan, viendo que esta persona se abre hablándole de él mismo, le deja seguir sin interrumpirle.
Y le llegó el turno al periodo de su existencia en que sirvió a la Patria cumpliendo con su servicio militar. Tan pronto empezó el relato de esa parte de su vida, Juan supo que el pálpito que había tenido inicialmente de que algo le unía a él, se confirmaba. Le cuenta que había hecho su servicio militar en Cartagena, en la Armada, y que precisamente recordaba que en una noche como la de hoy, en la que estaba de guardia en un submarino, el subteniente, que como él estaba de servicio, hizo venir a bordo a toda su familia y cenaron todos juntos y que guardaba esa anécdota en su memoria porque en esa noche tan especial, él estaba triste por no estar junto a sus seres queridos, y a pesar que estaba lejos de ellos, el calor y el acogimiento que recibió, con el resto de los compañeros que también estaban de guardia, por parte de esa familia, le hizo sentir que, aunque no estaba con los suyos, fue feliz y que durante toda su vida recordaría ese momento.

Juan está sorprendido. No puede creer lo que ha oído de los labios de Matías. Cuando logra reponerse, le dice a Matías:
–Matías, el subteniente soy yo y era mi familia con la que cenaste en esa Nochebuena.
Matías no sale de su asombro y en un gesto espontáneo se abraza a Juan diciendo:
-No lo puedo creer, no lo puedo creer…
Siguieron intercambiando frases y alegrándose de su inesperado encuentro y de pronto, Juan le dice a Matías:
–Matías, vamos a tu casa, subimos en mi coche a tu esposa Lucía y os venís los dos a cenar con mi familia. No es bueno que un día como hoy estéis solos y seguiremos recordando aquella noche que tanto ha representado para ti.
-Para mí, sería un gran honor y una gran alegría el volver a cenar, de nuevo, en Nochebuena con tu familia.
–Bien. Voy a telefonear a Elena para decirle que tenemos dos invitados para cenar… ¿Elena? Hola cariño, tenemos dos invitados que cenarán con nosotros. Que ¿quiénes son? Solamente te digo, que cuando veas a uno de ellos, creo que te hará recordar tiempos pasados. Bueno, te dejo que se que estás muy ocupada preparando la cena. Llegaremos en un par de horas. Hasta ahora cariño.
–¡Qué sorpresa se va a llevar Elena! ¿Qué te parece si seguimos con los regalos?
Juan y Matías continuaron con sus compras en una noche que había sido tan especial hacía tanto tiempo y que hoy volvería a serlo.
Fue el comienzo de una bonita amistad.
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