Mis queridos amigos: Inicio esta carta pidiendo perdón por esta osadía mía de entrometerme en vuestras vidas con unos consejos que nadie me ha solicitado. Sirva como atenuante de mi delito el hecho cierto de que actúo con cariño de padre o de abuelo que desea el mayor bien para sus nietos y nietas.
Vuestra obligación primordial en el servicio que prestáis es la de ser felices y contagiar esa felicidad a los clientes del Hotel-Balneario de Leana en Fortuna. ¿Quién no desea ser feliz? Casi desde que nacemos, antes de tener uso de razón, todo nuestro ser anhela la felicidad. Lo importante es conocer la verdadera felicidad y no las apariencias. Mi experiencia de decenas de años a la búsqueda de la felicidad me ha llevado a la conclusión de que la verdadera felicidad, la que colma las ansias de los humanos, no está en una vida cómoda sino en un corazón enamorado.
La mayoría de las veces confundimos la felicidad con el bienestar o con la riqueza y por eso se persigue el bienestar y acumular dinero como la panacea contra todos nuestros males. Pero la felicidad no se obtiene por el dominio de objetos y bienes ajenos a nosotros mismos, sino que emana de nuestro propio yo. Consiste en un gozo que es a la vez paz, sosiego interior y encuentro con los demás y con uno mismo. La fuente de donde brota el caudal de la felicidad es el amor, perfectamente compatible con las contrariedades y tribulaciones. Esto es así hasta tal punto que, sin temor a equivocarme, puedo aseguraros a cada uno de vosotros que, si queréis ser felices, amad; si queréis ser muy felices, amad mucho, y si queréis ser inmensamente felices, amad con el amor de Dios que no tiene límite ni medida.
El poeta de la India y Premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore señaló el canal por donde discurre la felicidad procedente del amor. Me refiero, en concreto, al servicio. Porque servir por amor y con amor es, sin duda alguna, reinar, hacer reinar la felicidad en nosotros y en nuestro entorno. Escribió Tagore:
“Dormía y soñaba que la vida era felicidad. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprobé que en el servicio estaba la felicidad”.
Rabindranath Tagore
Servir siempre, especialmente poniendo cuidado en las cosas pequeñas de cada día; sobre todo servir sonriendo: ¡estamos todos tan necesitados de ver caras sonrientes a nuestro alrededor! La sonrisa es precisamente la manifestación de nuestra felicidad y alegría. Se cuenta de Santa Teresa de Calcuta que ante unos periodistas católicos que le pidieron consejo para difundir el amor de Dios en su entorno, en voz baja, les susurró: “sonrían”. Insistieron en la pregunta, creyendo que no les había oído y les dijo: “pues eso, sonrían”.
Tres hombres picaban piedra en una cantera. Me acerqué al primero y, con gesto de enfado, me contestó: “¿no lo ves?, sudo”. Pregunté lo mismo al segundo. Dejó de picar un momento y, fijando en mí su mirada serena, dijo: “Estoy ganando el pan para mi mujer y mis hijos”. El tercero, ante la misma pregunta, dejó de picar, volvió hacia mí su rostro sudoroso y, sonriente, muy orgulloso de su trabajo, me respondió: “Estoy consiguiendo tres propósitos: ejercicio físico, dinero suficiente para la subsistencia de los míos y (señalando a lo lejos las obras de una construcción apenas iniciada) estoy construyendo una catedral”.
Tres respuestas, tres actitudes ante un mismo trabajo. Mi pregunta podría ser: ¿cuántos de todos los que hacemos un trabajo disfrutamos y somos felices atendiendo a los demás, sirviendo a los otros? Insisto en la importancia de trabajar a gusto, sonrientes, disfrutando de nuestra labor. No es malo trabajar por y para obtener un beneficio económico para subvenir a las necesidades propias y de la familia. Es muy bueno. Pero si le añadimos el ingrediente del amor, entonces y sólo entonces habremos encauzado nuestro trabajo convirtiéndolo en servicio a los demás, un cauce por donde discurra el caudal abundante de nuestra felicidad.
No quiero terminar esta carta sin poneros en guardia sobre la tentación del estancamiento. En cualquier actividad de la vida, como en las ciencias matemáticas, se suma o se resta; se crece o se decrece. Si no mejoramos podemos ‘hacer callo’ e insensibilizarnos. La continua repetición de un mismo trabajo corre el peligro de hacernos caer en la rutina y deshumanizarnos, al convertir nuestra actividad en algo mecánico. Corremos el peligro de convertirnos en robots u ordenadores, sin corazón, sin sentimientos en el trabajo de cada día.
En esto, como en casi todo lo fundamental, hay que recurrir a los poetas, magos en poner el dedo en la llaga. Recordemos unos versos de León Felipe:
Ser en la vida romero; romero solo que cruza siempre por caminos nuevos. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo; que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos, para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos. La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos, decía el príncipe Hamlet viendo cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo un sepulturero. Para enterrar a los muertos cómo debemos cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero... Que no hagan callo las cosas ni en el alma, ni en el cuerpo.
Una vez más os pido que me perdonéis este ‘entusiasmo’ mío porque seáis muy felices, inmensamente felices. No me he podido aguantar los deseos de daros unas ideas a ese respecto. Pero no canso más vuestra atención. Un cariñoso saludo.
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