Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Opinión

Ballet

Fuente: Freepik.

Los pies de Lourdes se deslizan suavemente, como si no hubiera tensión en cada uno de los músculos que permiten el movimiento, como si la levedad con la que se desplaza por la sala, ocupándola toda, no fuera sino una forma azarosa, o un rasgo innato, de mecer el cuerpo.

Parece sencillo: al fin y al cabo sólo se trata de bailar, esa forma natural de moverse al arrullo de la música, permitiendo que sea la voluntad de la figura la única dueña y señora que la impulsa. Luego está el gesto, la gracia, más hermosa aún que la belleza, un hálito de elegancia otorgando a cada ademán la condición de la que nacen los sueños del arte.

Sí, parece sencillo, pero no lo es. Uno, dos, tres, cuatro. Dégagé. Fondu. Coupé. Piqué. Sauté. Transfer of weight. Glissé. Balancé. Cinco, seis, siete, ocho. Absorbo. Giro. Y vuelta a empezar.

Tener un don. Un don para. Quizás tener varios. El don de la música, el del ritmo, el que te permite bailar. Y, también, carecer de él. Dolernos la ausencia de aquel con el que soñamos y gracias al cual, de poseerlo, alcanzaríamos gloria y riqueza. Olvidando que los dones no son sino eso, regalos, dádivas que nos han sido generosamente otorgadas, o negadas, en un reparto del que poco o nada se sabe, a dios gracias.

Disimulo mi torpeza con buenas intenciones, pero mis pies se equivocan a menudo, se pierden, demasiado rápidos a veces, o demasiado lentos para seguir la música, perezosos en el salto, saliendo a destiempo, con el brazo equivocado, y los codos deformando el arco que enmarca la belleza del ejercicio.

Miro a mi alrededor y los espejos me devuelven a la realidad de nuestros cuerpos. Me conmueve el esfuerzo compartido, la insistencia con la que cada una de nosotras ajustamos nuestras posibilidades físicas, los pies buscando el unísono, los brazos coordinados, la cabeza al frente, o apenas ladeada, con la mirada discreta que dice más de lo que hay dentro que de lo que ve fuera.

Uno, dos, tres, cuatro, vamos chicas, absorbo, giro. Cinco, seis, siete, ocho.

Al salir de clase es ya de noche. Estamos cansadas. Estamos felices. Apuramos el momento de la despedida y compartimos una conversación generosa que nos acerca a la vida sin maillot que durante un rato hemos dejado doblada sobre la madera de los bancos del vestuario. Pareja, hijos, trabajo, hipoteca, o cambio de armario, de lo grave a lo anecdótico, todas nuestras preocupaciones parecen ahora una nimiedad. Porque hemos aprendido, en la comunión de la clase de ballet, que no hay reparto de talentos que no incluya en cada lote a un viejo conocido: el esfuerzo. Porque no hay edad que ponga límites a los desafíos, ni desafío que con esfuerzo y ganas de aprender y de superarse no pueda ser alcanzado.

Lourdes baja la persiana y nos dedica un último piropo: muy bien chicas, muchas gracias, ha sido una buena clase.

Y volvemos cada una a nuestra casa y a nuestras cosas. No somos ya las mismas. Nos sentimos poderosas, nos reconocemos en la victoria sencilla que da descubrirse más fuertes, más ricas, más sabias. Mejores.

Cristina Llorens Estarelles

Bibliotecaria de la Escuela Europea de Alicante.
Subdirectora de Documentación Instituto Juan Gil-Albert (2015-2019).

2 Comments

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  • En todas las aulas de todos los centros docentes (acaso también en todos los hogares y en todos los cruces de caminos) debería figurar esta inscripción: «No hay edad que ponga límites a los desafíos, ni desafío que con esfuerzo y ganas de aprender y de superarse no pueda ser alcanzado».
    Tu escrito, Cristina, nos empuja al optimismo esta semana, incluso más que las victorias de la selección española de fútbol y de Carlos Alcaraz…

    • Querido Ramón, tienes razón, recuperar el valor del esfuerzo debería ser un mensaje para todos, no sólo para los jóvenes, porque a veces los mayores también nos acomodamos y nos cuesta un poco empezar cosas nuevas. Gracias por tus palabras, siempre de un optimismo que se contagia. Un abrazo