En nuestra cultura la tradición por estas fechas consiste en dar comienzo a los preparativos para celebrar la Navidad. Todo gira en torno a ello y, además, recordamos que así ha sido hasta donde nos alcanza la memoria. Sin embargo, por unas razones u otras, cada vez son más las familias que se alejan del tradicional sentido de esta celebración. Unos sienten añoranza por aquellos tiempos que fueron mejores, otros lamentan ausencias de seres queridos, otros simplemente se encuentran alejados del significado religioso que suplen con la ilusión de las compras y que deja, finalmente, fuera de juego a otras pocas, pero cada vez más numerosas, familias que no logran encontrar su hueco ni en una corriente ni en la otra.
Para aquellos a los que la religión no sirve como motor, que no encuentran inspiración en el consumismo material, que no hallan respuestas para las preguntas de sus hijos, para los que no tiene sentido tanto esfuerzo, pero tampoco desean herir al rechazar las propuestas familiares, existe la posibilidad de volver a conectar con el verdadero sentido de la Navidad que, además, reside en cada uno de nosotros, y hacerlo con más fuerza y convencimiento que nunca, pudiendo así trasladárselo a nuestros hijos para que puedan continuar disfrutando de la grandeza de unir a la humanidad en tiempo y emoción.

Este camino del que te hablo es el camino de la naturaleza. Desde el origen de la sociedad, cuando los pueblos vivían y se alimentaban de los campos y se nutrían del ganado, en la época en la que el otoño significaba un verdadero recogimiento en el interior de los hogares con la necesidad de refugiarse del frío, cuando las familias experimentaban la escasez del alimento durante algunas semanas, la llegada del solsticio de invierno, a partir del cual los días eran unos minutos más largos cada día y, por lo tanto, los campos y los hogares un poquito más cálidos, se convertía en una gran celebración.
Con la luz y la subida lenta pero constante de la temperatura, la tierra volvía a la vida y, eso, querido amigo, significaba poder producir nuevos alimentos, volver al comercio… en definitiva, a la vida.
Por ello, hoy todas las familias, tengamos las ideas religiosas o políticas que tengamos, vengamos de unas tradiciones u otras, cuando parece que las fechas en cuestión pierden interés y sentido para muchos, podemos volver a reunirnos con más ilusión que nunca para saltar todas las barreras que nos diferencian, pero no nos distancian porque celebrar la vida está por encima de cualquier ideología y circunstancia, celebrar la vida incluye todo y a todos.
Poco a poco podemos reconectar con las energías de la naturaleza, recogernos en estas tardes de frío y hablar a nuestros hijos sobre el período que la naturaleza vive para que vayan tomando conciencia y podamos ir nutriéndonos de nuevas tradiciones que llevamos años reproduciendo, a las que otorgamos un sentido más acorde con la esencia de la vida.

Salgamos a la naturaleza, conectémonos con la temperatura, con la luz, con el regalo que el solsticio de invierno nos acerca y celebremos el fuego que calienta con el dorado, la sangre de un nuevo nacimiento con el rojo y la frescura de la naturaleza con el verde.
¡Iluminemos el nuevo período de luz, sentido y nuevas oportunidades!
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