Las armas las carga el diablo y las disparan los boludos (dicen en Argentina) o los gilipollas (en España). Es un dicho que se hizo popular en los cuarteles del Ejército en tiempos de la mili obligatoria cuando llegaban los nuevos reclutas y los sargentos alertaban a los tiernos soldaditos menos espabilados de los peligros en el manejo de las armas. Peligro dentro y fuera de los campos de tiro. Sobre todo fuera. No hay que ver más que los muertos que ocasionan las armas en todo el mundo, no sólo en los Estados Unidos. De ahí el negocio mundial del comercio ilegal de armas, similar, o acaso superior, al de las drogas: unos trescientos mil millones de euros al año.
No solo entre las armas anda el diablo. Creo que también las palabras han venido siendo cargadas por el Malo desde tiempo inmemorial. Desde muy antiguo fueron utilizadas por los humanos para algo más que comunicarse con franqueza. Servirse dolosamente del lenguaje ha sido práctica común entre vecinos, entre pueblos y entre países. Cuando uno quería garantizar que hablaba con todas las de la ley decía: “te doy mi palabra”. Ser ‘hombre de palabra’ era algo muy estimado y se cuidaba mucho en familias de todos los pueblos. Y en las ciudades pequeñas donde casi todo el mundo se conocía.
Ahora, la palabra dada no vale un céntimo de euro y menos entre los políticos. Lo que dicen hoy no es lo mismo que dijeron ayer ni lo que dirán mañana. Todo depende de lo que le interese al partido o, mejor, a sus dirigentes. Ellos dicen que cambian en interés de la gente, del pueblo, un pueblo que manejan a su antojo y que se deja manejar. Las nuevas generaciones de españoles no es que sean más cultas, sino que se creen cultas porque saben manejar las nuevas tecnologías. Pero de eso a la cultura media un abismo. Hay tecnología, pero no hay humanismo, pensamiento, filosofía vital, teología de fondo. Casi todo se quiere reducir al nuevo becerro de oro, el llamado feminismo que quieren instalar como uno de los ejes vertebrales de la formación universitaria, un falso feminismo alimentado por una izquierda desnutrida intelectualmente y dedicada a la caza y captura del voto. El señuelo del feminismo perverso y antivarón (homófobo por tanto, además de ridículo) se sigue promoviendo con fondos públicos y sin escatimar gastos en un país abocado a la bancarrota económica como es evidente.
Propaganda cara, además de innecesaria. El último ejemplo, el de las pegatinas para distinguir a las empresas que apuestan por la igualdad de género, pegatinas que cuestan más de doscientos mil euros. Es una iniciativa del Ministerio de Igualdad a través del Instituto de la Mujer, que dirige la infausta Beatriz Gimeno, bochorno para cualesquiera gentes con un índice de inteligencia normal, sean hombres o mujeres, da igual. Como da igual, por lo visto, que haya más ministerios que habitantes hay en el país, dicho sea exagerando un mucho, aunque al final se podría llegar a una situación en que todos los españoles cobren del Estado. Pero poco, porque todos (o casi todos) seremos pobres como en Venezuela y Nicaragua, todos igualmente pobres y sin posibilidad de protestar demasiado, pues eso de las manifestaciones antigubernamentales contra un Gobierno de izquierdas es de fascistas.
Fascistas y miserables son los que han protagonizado ese vídeo rodado en una galería de tiro de Málaga en el que un imbécil, además de malvado, dispara contra retratos de miembros del Gobierno en una manifiesta demostración de odio a representantes de los españoles. Decía yo, en un reciente artículo, que llevaba razón Sánchez cuando afirmaba que nada se puede construir sobre el odio. Por eso hay que perseguir a los sembradores de odio, que no son solo los de la galería de tiro de Málaga.
Hay dirigentes de izquierdas que son más fascistas que Mussolini. Esa (‘fascista’) es palabra que carga el diablo, como la tan cacareada ‘feminista’. Mientras que nadie quiere ser fascista, a todo el mundo le encanta ‘proclamarse’ feminista aún sin serlo. Yo me defino, entre otras cosas, como feminista porque he ejercido como tal durante toda mi ya larga vida, que Dios quiera prolongar más y más para, entre otras cosas, seguir defendiendo la igualdad real entre hombres y mujeres y, sobre todo, la hermandad (nunca el odio) y la libertad (nunca el candado). De la fraternidad y la libertad también hay que señalar que son palabras que las carga el diablo cuando se utilizan para engañar a incautos. No las disparan los boludos, sino los caraduras, que son más listos que el hambre, De tontos no tienen un pelo. Todos los políticos, sobre todo los de los extremos.
La pregunta es ésta: ¿tendremos un gobierno PSOE-PP-Ciudadanos tras la pandemia del coronavirus? Sería lo sensato, pero éste es un país de políticos locos y… No digo nada más porque las palabras, como las armas, las carga el diablo.
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Excelente artículo Ramón! Concuerdo con cada una de las palabras, que por suerte, no ls ha cargado el diablo!!!
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