“Avanzar unidas y unidos”. Así terminó Pedro Sánchez su última comparecencia durante los cien días del estado de alarma. Le faltó decir unidos y unidas podemos. ‘El gran propagandista’, absurdo y persistente, se superó a sí mismo. Falso como siempre, como correspondía a su larga trayectoria fiel a la mentira, disfrazó la verdad acusando a la oposición de crispación innecesaria en el Parlamento ya que PSOE y Podemos también crispan lo suyo. Y, en lugar de respeto a las muchas víctimas que acaso pudieron evitarse de haber adelantado el estado de alarma a las manifestaciones del 8-M, alardeó de haber salvado la vida a muchos ciudadanos. Poco después, la vicepresidente primera, Carmen Calvo, acusaba a la portavoz del PP en el Parlamento de hacer política con los muertos del coronavirus. El cinismo de Calvo solo es comparable al de su presidente. No han cesado de hacer política (y no buena) con la pandemia.
El robotizado Sánchez sigue empeñado en el abrazo con los comunistas de Pablo Iglesias e Irene Montero hasta el fin de la legislatura y aguanta, impasible, los permanentes desplantes que le hace Iglesias con los interminables ataques de Podemos a la Corona, al Poder Judicial, a las Fuerzas Amadas y a la Guardia Civil, por no hablar de la Iglesia Católica, contra la que los socialistas disparan continuamente con el mismo cinismo siniestro de los podemitas. Defienden la libertad (para ellos), pero no el derecho de los padres a la educación de sus hijos. Pregonan a troche y moche la necesidad de consenso, pero imponen, sin consenso, el proyecto de Ley de Educación Celaá.
En la rueda de prensa de Sánchez no hubo ninguna referencia a su pacto con los bilduetarras, con quienes había prometido (menos mal que no juró para perjurar) no pactar jamás. Además se anuncia que va a continuar alimentando a los independentistas catalanes recuperando la mesa bilateral. La mesa inútil políticamente y que solo servirá para dar más protagonismo a los golpistas, a los que Sánchez y su Gobierno se empeñaron en rebajar a sediciosos y que permanecen anclados en ‘volver a hacerlo’.
La batalla contra el coronavirus la hemos ganado entre todos, pero sobre todo el Gobierno. Sánchez nada dice de las manifestaciones fraudulentas y casi suicidas del 8-M. Primero indicaban que nada sabían del peligro de la pandemia, hasta que la ministra de (Des)Igualdad, Irene Montero (pareja del vicepresidente Iglesias, todo se queda en familia), reconoció que la gente no acudió tan masivamente como se esperaba a las manifestaciones del 8-M porque ya se sabía lo del virus. Tampoco habló de las investigaciones judiciales sobre el 8-M ni de Marlaska y su presunta injerencia en actuaciones judiciales.
La última comparecencia televisiva universal de Sánchez solo tuvo una cosa verdaderamente buena: que era la última. Aunque no hay que alegrarse excesivamente. Habrá muchas más apariciones televisivas de él y de sus ministros. Y artículos de autobombo, como el escrito por la ministra de Hacienda y portavoz del Gobierno, María Jesús Montero. Utiliza las mismas palabras de autoelogio para el Gobierno que Pedro Sánchez. Por eso es eficaz la propaganda de Moncloa: Nadie se desmarca. Y, por eso, Sánchez premia su fidelidad y no hace dimitir a ningún ministro o ministra por muy torpe o caradura que sea. Aquí no dimite nadie. Aquí no dimito a nadie. Vamos a agotar la legislatura y nos tiene que apoyar la oposición en los Presupuestos del Estado y en todo lo que haga falta porque si no estarán traicionando a España y a los españoles, suele perorar Sánchez.
La portavoz Montero se pone solemne y escribe: “Tenemos por delante una tarea ingente, que necesita del concurso de toda la sociedad, del talento de todo el que quiera aportar una propuesta, una solución. En este reto no sobra nadie. Porque todo lo que seamos capaces de hacer ahora, los consensos que logremos forjar, los acuerdos que alumbremos, serán los cimientos donde construiremos nuestro futuro como país. Es hora de la política con mayúscula, la que deja atrás las diferencias irreconciliables y los vetos cruzados para servir al interés general. Ojalá sea posible”.
Es vergonzoso este cinismo de palabrería bien sonante que contradice los continuos decretos-ley de este doble Gobierno PSOE-Unidas Podemos y ese proyecto de ley sobre algo tan esencial como la Educación sin consensuar. Cinismo se llama esta perorata buenista y falsa para lavar la imagen del Gobierno y echar tinta a la oposición y a las diversas organizaciones empresariales y sindicales, además de a otras fuerzas representativas de la sociedad a las que Sánchez se ha acostumbrado a oír como el que oye llover, pero a las que no escucha para atender a todo el tejido social. Con frecuencia dice lo contrario de lo que siente y eso es la mentira que le persigue y que lo define como ‘el mentiroso’. Y el ’no insomne’, porque Iglesias ya no es una pesadilla sino una madre que le canta nanas (nunca la de la cebolla) para que duerma plácidamente en la Moncloa y sueñe no con angelitos sino con seguir siendo presidente ‘for ever’.
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