Un lujo frente al mar

De nuevo un recorrido por el Alicante decimonónico a través de la Explanada, esta vez con el paseo ya consolidado como espacio de ocio y esparcimiento de los alicantinos de la época. En esta nueva entrega de "Contrastes", Benjamín Llorens nos cuenta cómo fue testigo impasible de la llegada de la modernidad a la ciudad a través de los nuevos y revolucionarios medios de transporte de la época: el ferrocarril y, más tarde, el tranvía. 

 

 

 

Tras los sucesos de 1844 que culminaron con el fusilamiento en la Explanada del malecón de 24 liberales alzados en armas, al mando del coronel de carabineros Pantaleón Boné, Alicante retornaba poco a poco a la normalidad social e institucional. La explanada tenía que ser un lugar de recreo, no un paredón de fusilamiento. En las décadas de los años 30 y 40 del XIX la población se movía entre los 20 y 30 mil habitantes. 

 

La fábrica de tabacos se llevaba la palma en cuanto al empleo de los alicantinos, con una plantilla de más de tres mil personas a mediados de siglo.

 Fábrica de Tabacos desde las faldas del Benacantil. 

 

Los que no trabajaban allí ganaban el pan en el mar (pescadores y marineros), en el campo (pequeños propietarios y jornaleros) o en la propia urbe, siendo los oficios más demandados en la ciudad los de carpintero, tonelero, carretero, canteros y albañiles, zapateros y sastres. 

 

En esos años centrales del siglo se construyen algunos de los edificios y espacios más emblemáticos de la ciudad, como la plaza de toros (1846) y el paseo de Campoamor (1849).

 

 

El Teatro Principal abre sus puertas en 1847 en la calle del Barranquet (hoy avenida de la Constitución). Se representa la obra "Guzman el bueno", de Antonio Gil de Zárate. Con el tiempo dará nombre a la vía que discurre por su fachada principal.

 

 

En el verano de 1854 se desata en Alicante una epidemia de cólera morbo que se lleva por delante la vida de casi dos mil personas, entre ellas el propio gobernador civil Trinitario González de Quijano, quien se contagió atendiendo a los enfermos. Agradecida por su labor y su entrega, la ciudad sufragó, por suscripción popular, un mausoleo que -obra del arquitecto municipal Francisco Morell- fue inaugurado en 1857 en los terrenos de la entonces plaza de Santa Teresa.

Afortunadamente hoy sigue ahí.

 

 

Al año siguiente de la epidemia (1855) el puerto es declarado "de interés general". Alicante era ya un importante centro comercial nacional e internacional con gran actividad.

 

Prueba de ello es el alto número de representaciones consulares, más de una docena: Francia, Portugal, Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Austria, Holanda, Roma (Italia aún no existía como tal), Prusia, Noruega, Suecia, Brasil, Estados Unidos y las ciudades de la Liga Hanseática (Hamburgo, Bremen y Lübeck). Un variopinto ramillete de paises que situaron sus delegaciones en zonas próximas al puerto, básicamente en los terrenos ganados al mar que habían dado lugar a la explanada del malecón. Allí también fijaron su residencia muchas familias de la burguesía local. Pero el incipiente paseo aún tendría que esperar hasta la siguiente década para dar el salto de calidad que lo convertiría en una joya frente al mar. Mientras tanto, en 1858 llega a Alicante la revolución del ferrocarril. La ciudad aumentó considerablemente su importancia al ser la primera plaza costera conectada con la capital del reino mediante el novísimo camino de hierro (*).

 

Un año antes, en 1857, el ayuntamiento contrató el moderno alumbrado de gas con la compañía Casa Melitón y Cía, que sustituiría al anticuado de petróleo. Urgía disponer de una fábrica de gas, que fue inaugurada en 1861 y durante años ocupó los terrenos de la actual plaza de Galicia.

 

 Fábrica del Gas a principios del siglo XX.

 

 

A raíz de la llegada del ferrocarril y la visita de la reina Isabel II a Alicante en mayo de 1858 para su inauguración oficial, el ayuntamiento alicantino -con el alcalde Caturla al frente- presentó a su majestad una petición para ensanchar la ciudad y derribar las murallas que constreñían su desarrollo. La reina otorgó el permiso en julio de ese año. Alicante dejó de ser plaza de guerra. Los muros del malecón fueron de los primeros en caer dejando la explanada abierta directamente al mar.

 

Hans Christian Andersen.

 

En 1863 el escritor Hans Christian Andersen realizó un periplo por España y se dejó caer por Alicante, ciudad que, según él mismo escribió, le causó profunda impresión en su viaje. "Hallé el puerto, contemplé las relucientes estrellas y escuché el rumor del mar junto al paseo" (de la explanada, claro) escribió el autor de "La sirenita","El patito feo" o "El soldadito de plomo".

 

En 1867 llega uno de los grandes momentos de la Explanada. El gobernador civil Perfecto Manuel de Olalde, que venía de ocupar similar cargo en Teruel y Lérida, era persona culta que gustaba de fomentar las artes. Se fijó en las posibilidades de la explanada del malecón e instó al alcalde alicantino, Juan Bonanza y Roca de Togores, para que se hicieran las reformas encaminadas a convertirlo en un paseo de postín. La tarea se encomendó al arquitecto José Guardiola Picó. Se reparceló la superficie de la explanada, volviendo a nivelar el suelo, dotándole de más firmeza, ganando terreno al mar tras el derribo de los muros del malecón, instalando modernas farolas de gas, colocando bancos de mármol, plantando palmeras y estableciendo zonas ajardinadas, con sentido y con estilo.

 

 

Todo un lujo frente al mar que, en honor al gobernador que lo inspiró, fue llamado Paseo de Olalde, aunque no duró mucho con esa denominación. Al año siguiente (1868) se desencadenó una revolución antiborbónica, la gloriosa. La reina Isabel II andaba tomando las aguas en San Sebastián, cogió el tren y no paró hasta llegar a París, de donde nunca más volvió salvo para ser enterrada en El Escorial. Se hizo un intento de monarquía parlamentaria con Amadeo de Saboya como rey postizo quien, harto del lío en que se había metido, acabó abdicando para dejar paso a la primera república española en 1873.

 

En ese clima político, la junta provisional de gobierno de Alicante decidió cambiar el nombre al recién estrenado paseo de Olalde y en 1869 se rebautizó a la explanada del malecón como Paseo de los Mártires de la Libertad, en homenaje a los 24 liberales fusilados allí mismo en 1844.

 

En la recta final del XIX la ciudad vive un periodo de expansión gracias al ferrocarril, al puerto y al derribo de las murallas. De los poco más de 20 mil habitantes a mediados de siglo pasa a los 50 mil a finales del mismo. En 1874 se establece la Cota Cero en nuestra ciudad.

 

 Placa de  nivelación o altitud en la Biblioteca Nacional de España. Madrid.

 

En 1893 se inaugura el servicio de tranvía mediante tracción animal, el tranvía de mulas, para gozo de los alicantinos y jolgorio de la chavalería que se lo pasaba bomba correteando junto al novedoso transporte por nuestras polvorientas calles.

 Tranvía de mulas por la Explanada de los mártires de la libertad.

 

 

Al año siguiente (1894) se instala en el paseo un vistoso templete de la música que ofrecía la posibilidad al viandante de pasar por debajo del mismo. Un lugar magnífico para disfrutar de la música sin los horrores del ingente tráfico que hoy bordea la explanada, dejándose acariciar por la suave brisa de levante que ahora se topa con el muro artificial del hotel Meliá.

 

La Explanada ya era un paseo digno de ese nombre. Un promenade de qualité, que diría la colonia francesa afincada en Alicante.

 

(*) Ver Constrastes "El camino de hierro" y "Con el tacatá del tren llegó Isabel".

 

 Fuentes e Imágenes:

Archivo Municipal de Alicante.

Alicante. Miradas y recuerdos. Diputación Provincial.

Odense Museum City.

Historia de la ciudad de Alicante. Edad Contemporánea (Glicerio Sanchez

Recio).

Alicante Vivo.

Interés por la Geomática by Juan Toro.

El nostre Alacant d'antany.

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