Y después la quiebra

 Última entrega de la visita de Isabel II a la ciudad de Alicante. En esta ocasión, Benjamín Llorens relata los actos y festejos que tuvieron lugar, así como el derroche de medios del que la capital alicantina hizo gala hasta acabar en la ruina. 

 

 

 

 

Estamos en el 27 de mayo de 1858, tercer día triunfal de la visita de Su Majestad Isabel II, Reina de las Españas, a la ciudad de Alicante con motivo de la inauguración del ferrocarril que desde Madrid unía la meseta con el mar Mediterráneo. A primeras horas de la mañana circula por los organismos públicos de la ciudad un Boletín Oficial Extraordinario de la Provincia de Alicante. El Intendente general de la Casa Real da a conocer en el boletín los donativos que la Reina establece para causas de beneficencia en toda la provincia alicantina, desde Villena al Palamó desde Denia hasta Orihuela. Asilos, conventos, menesterosos y hospitales benéficos eran los destinatarios de 90 mil reales de vellón en monedas de oro repartidos por la soberana.

 

 

La imprenta de Juan José Carratalá editaba habitualmente el boletín y allí se imprimió una copia en tela de seda blanca festoneada en oro. Se introdujo en una cajita de nácar y se entregó a la soberana como recuerdo de su generosidad. Obras de caridad reflejadas simbólicamente en seda y oro ¡qué cosas!

A las 11 de la mañana Isabel oyó misa en San Nicolás. El organista Miguel Clavea debió estar inspirado y un punto sublime pues la Reina mostró gran satisfacción y agrado con su interpretación. Tras la misa la comitiva rindió visita a los establecimientos de Beneficencia situados en el Paseo de Campoamor (más tarde Hogar Provincial y actualmente ADDA), frente a la Cuesta de los Angeles (hoy avenida de Alcoy).

La recibió la corporación provincial en pleno, pues era la Diputación quien estaba al cargo de todo. Las escuelas infantiles, la maternidad, el departamento de expósitos, las cocinas y talleres, todos vieron pasar a la Reina. Aquí estuvo la primera guardería de Alicante pues también se hacía cargo de los hijos pequeños de las cigarreras cuando éstas realizaban su trabajo en la fábrica.

 Paseo de Campoamor, siglo XIX.

De la Beneficencia al Hospital Civil (actual casa cuartel de la guardia civil en la calle San Vicente) pasando por la plaza de Santa Teresa que albergaba el mausoleo de Quijano, obra del arquitecto Francisco Morell. Tras visitar a los enfermos se tomó el camino de la Fábrica de Tabacos que entonces contaba con 4 mil trabajadores, en su gran mayoría mujeres. Todos los edificios que visitaba la Reina estaban engalanados con colgaduras y arcos de flores. Al rey consorte se le obsequió con una caja de madera noble e incrustaciones en plata que contenía las mejores elaboraciones de la fábrica. Buenos puros.

Eran ya las 3 de la tarde cuando regresaron al ayuntamiento. Allí tuvo lugar a continuación el desfile de la provincia, hombres y mujeres ataviados con los trajes típicos de gala ofrecían a la Reina los productos de todos los pueblos y comarcas alicantinas, de la agricultura y la artesanía. 

Y del ajetreo del desfile al del espectáculo. ¡A los toros!

 Alicante siglo XIX. De izd. a dch. Panteón de Quijano, paseo Campoamor,

Plaza de Toros y Fábrica de Tabacos. Al fondo el futuro Hogar Provincial

(hoy ADDA).

La plaza a reventar y, como toda la ciudad, engalanada desde el callejón a los palcos y andanadas. En el centro del albero los escudos de España y Alicante formados con purpurinas. Gran agitar de pañuelos multicolores en el coso recibiendo a la soberana al son de la marcha real. Isabel, con mantilla blanca, ocupó su lugar preminente en el palco para asistir a la lidia de los diestros Antonio Sánchez el Tato, Gonzalo Mora y Mariano Antón. Los toros pertenecían a las ganaderías de Salido, Gutiérrez y Diaz.

No constan fotos del festejo. Esta es una instantánea de la plaza de toros de Alicante y el diestro de la terreta Ángel Carratalá, fallecido a causa de una cornada en los primeros años del siglo XX. Fue una conmoción en la ciudad. 

Al terminar el festejo tomaron el camino del puerto, entrando de nuevo en la ciudad amurallada (la plaza de Toros quedaba extramuros) por la Puerta de la Huerta. En el acceso al muelle se instaló para recibirles un pabellón real con escalinata, adornado con terciopelo verde, granate y oro. Atravesando el pabellón y su correspondiente arco triunfal la real moza Isabel embarcó en una falúa para visitar algunos de los buques atracados en nuestro puerto.

 Litografía de V. Urrabieta. Al fondo izd. la torre del ayuntamiento. En

primer término Isabel II saludando desde la carroza real.

El vapor Liniers (enviado por su majestad el Emperador de Francia) y las fragatas Rey Francisco y Petronila, acogieron la visita real. Ni que decir tiene que todos de gala, desde la bodega al palo mayor o la chimenea, en el caso de los buques de vapor. Había luna llena elevándose en el horizonte mediterráneo cuando ya oscureciendo la Reina embarcaba en la falúa blanca que la devolvería al muelle. Todos los barcos estaban iluminados con bengalas y guirnaldas de luces. Los buques de guerra disparaban discontinuas y anárquicas salvas de artillería. El guirigay se completaba con varias bandas de música tocando al unísono partituras diferentes, repartidas por los barcos, el muelle y el propio Malecón.

 Buques engalanados en la dársena. Biblioteca Nacional. Foto José Martinez

Sanchez y Antonio Cosme.

Saliendo del puerto por el arco triunfal que les sirvió de entrada al muelle, se dirigieron los monarcas al ayuntamiento, desde cuyo balcón saludaron antes de sentarse a la mesa para la cena con su séquito, autoridades nacionales venidas desde Madrid y las representaciones provinciales y locales de rigor. A las puertas del consistorio mucho gentío con antorchas y farolillos. Bajo el balcón principal una representación de danzas alicantinas acompañadas por dolzaina y tabalet. A eso de las diez de la noche la Reina volvió a saludar desde el balcón, justo antes de subir al carruaje real camino del Malecón. Hoy sí iba Isabel a ver los fuegos.

El castillo estaba instalado junto al baluarte de San Carlos al final del paseo del Malecón, donde ahora ubicamos la estatua de Canalejas y su parque. Al cargo de los fuegos el pirotécnico valenciano Vicente Minguet. Los reyes fueron acomodados en los balcones de la casa de Pedro Escalambre a la que se accedía por el número 37 de la calle San Fernando, dando al mar la balconada. Desde el paseo varias orquestas interpretaban polkas, tangos y rigodones. En los compases finales del castillo, los fuegos formaban la corona real y el rostro de la Reina. Toda la pirotecnia corrió a cargo de la Diputación Provincial. La jornada oficial terminó, una vez más, de madrugada. Era la última noche que los reyes pasarían en Alicante.

 

El 28 de mayo amaneció como de costumbre, con cielo despejado y magnífico sol. En los aposentos reales se vivía una actividad febril, era el día de la salida. En el primer acto oficial de la jornada Isabel II entregó al gobernador provincial, conde de Santa Clara, 20 mil reales para que -en 10 lotes de a 2 mil- se sortearan entre las trabajadoras de la Fábrica de Tabacos, las populares cigarreras. En el mismo acto donó a la colegiata de San Nicolás un copón dorado con esmaltes. A continuación, en audiencia particular, recibió a la corporación municipal para agradecerles las atenciones recibidas y -lo más interesante- para escuchar las necesidades del municipio.

El alcalde y varios miembros del concejo expusieron a la Reina la necesidad del ensanche de la ciudad, bien mediante el derribo de las murallas (que era lo deseado) o simplemente por el permiso para edificar fuera de ellas. Era la reivindicación estrella. Además se le hizo saber sobre la necesaria limpieza de los fondos marinos del puerto mediante dragas. Se solicitó el establecimiento permanente de una sucursal del Banco de España. Alcantarillado, saneamiento y agua potable fueron otras peticiones de los concejales alicantinos. Y como las arcas públicas estaban más que exhaustas se solicitó a la Corona la aprobación de nuevos impuestos propuestos por la municipalidad ya que con los ingresos existentes no era posible sufragar los gastos de una ciudad en próspero desarrollo.

El 13 de julio de 1858 la Reina contestó a la petición de Alicante mediante real orden en la que "se autoriza el derribo de sus murallas, determinando que Alicante deje de ser plaza de guerra". Ya no queda prácticamente nada de aquellas murallas, salvo en las faldas del Benacantil.

 Diario de Córdoba, junio 1858. Reseña de la visita de Isabel II a Alicante.

Era ya mediodía cuando los reyes escuchaban misa en San Nicolás. El posterior almuerzo tuvo lugar en el palacio consistorial. A las 3 de la tarde salian del ayuntamiento, en plan desfile, camino del puerto para embarcar con destino a Valencia. Abria la cabalgata regia el mismo carro triunfal, con forma de pirámide, que lo hizo a su llegada, el ya pasado 25 de mayo. Flores y poemas se desperdigan desde la carroza hacia el gentío. En el muelle la familia real embarca en la fragata Rey Francisco. Otros navíos les acompañan. A bordo del buque Alicante iban el gobernador provincial, diputados a Cortes, el cónsul de Baviera, el marqués de Salamanca y el mismísimo barón de Rotschild. La marinería y camareros del Alicante subieron a los mástiles para saludar la salida de los reyes. Lo debieron hacer tan bien que el marqués de Salamanca, complacido, les dió una propina de 8 mil reales ¡menudo era! éste no se andaba con miserias.

A las 5 y media de la tarde la escuadra se hace al mar, camino de Valencia, mientras retumban las salvas de artillería. La Reina Isabel sube a la popa del barco y lanza el último saludo a Alicante. Esa noche la ciudad sólo brillaba con los faroles del alumbrado público. A la jornada siguiente, día de resaca, a desmontar todo y ajustar las cuentas. Después, la quiebra municipal.

Imágenes y Fuentes:

Biblioteca Nacional de España ; Viaje de Isabel II a Alicante, Juan Vila y

Blanco ; Biblioteca Digital Hispánica ; B & W Fireworks ; Archivo Municipal

de Alicante (fotos Francisco Ramos Martín) ; Biblioteca Virtual de la Prensa

Histórica.

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