Con el tacatá del tren llegó Isabel

Alicante fue una ciudad pionera en el s. XIX al conectarse con Madrid en tren y establecer la primera línea férrea de largo recorrido en la Península. Todo un acontecimiento para la época, que contó con la presencia de la Reina Isabel II y su séquito, las "celebrities" del momento. Nos lo cuenta Benjamín Llorens.

 

 

 

En 1858 Alicante era una ciudad pequeña, cercada por murallas al ser plaza de guerra, con calles de tierra, empinadas, estrechas y polvorientas. No había agua corriente ni una mínima red de saneamiento. El puerto, la huerta de la Condomina y la Fábrica de Tabacos eran los pilares de la economía. El ayuntamiento, al igual que hoy día, arrastraba una situación de déficit crónico que se agudizó en extremo (tuvo que declararse en quiebra) por el endeudamiento generado con motivo del viaje de la reina Isabel II para inaugurar el camino de hierro Madrid-Alicante, la primera línea férrea de largo recorrido en la Península Ibérica.

La llegada del tren supuso muchos beneficios para el desarrollo de Alicante y su provincia (ver Contrastes "El camino de hierro"). La visita de la Reina con séquito, políticos y allegados era lo más en la agenda social de la época. Isabel II era una celebrity del momento, un tiempo en que los retratos y la incipiente fotografía daban idea al personal del aspecto de los poderosos que resultaban casi míticos, prácticamente inalcanzables.

 

Las autoridades tiraron la casa por la ventana para preparar la visita Real. Se envió una comisión a Francia "a fin de encargar todos aquellos objetos y tratamientos ornamentales para la conveniente recepción a Su Majestad la Reina Isabel II". Se contrató nada menos que a Alexis Godillot, decorador de Su Majestad el Emperador especializado en ornamentos urbanos, para engalanar la ciudad. El tal Godillot era también el proveedor de calzado para el ejército francés lo que -a nivel crematístico- no era moco de pavo. Fué el inventor de la curvatura en el calzado, de forma que el empeine y la planta del pie gozaran de una comodidad hasta entonces inexistente. Inventó los zapatos específicos para cada pie, derecho e izquierdo. Un genio de lo sencillo (como así nos parece ahora) se encargaría de disfrazar la ciudad como si fuera un peplum de romanos, a base de cartón piedra, telas y flores. Lo que se llevaba en la época.

 

 

Con el talento de Godillot y los dineros aportados por la compañía de ferrocarriles MZA (concesionaria de la línea), la Diputación Provincial, la Junta Local de Comercio y, sobretodo, el Ayuntamiento, se engalanó la ciudad. El 24 de mayo, un día antes de la regia visita, el alcalde José Miguel Caturla Perea publicó un bando en el que a bombo y platillo anunciaba la llegada de Isabel II, la más vip. Eran las 6 y media de la tarde de aquel 25 de mayo de 1858 cuando el tren llegó a la estación pasando bajo un arco del triunfo de colosales dimensiones. Los maceros municipales con traje de gala, junto con la fanfarria habitual de timbales y clarines, flanqueaban a los concejales alicantinos que, con el alcalde Caturla a la cabeza, esperaban en el andén frente al vagón real. Descendió primero la Reina seguida al punto por el Rey consorte (su primo hermano Francisco de Asís Borbón), la infanta Isabel "la Chata" y una rolliza y joven nodriza con el príncipe Alfonso en brazos. El futuro Alfonso XII.

 

 Llegada tren inaugural Madrid-Alicante. Litografía publicada en el periódico

madrileño "El Museo Universal". Junio 1858.

El paisaje del andén era avasallador. Dos galerías con 13 pabellones una y 17 la otra, flanqueaban el trono situado en el centro. Estábamos en mayo y había flores por todos lados, cortinas de terciopelo galoneadas en oro, banderas y escudos por doquier. La guinda la ponían la guardia de honor a cargo de todos los destacamentos militares establecidos entonces en la ciudad y las muchachas que ofrendaban los productos de la tierra a la familia real. Mucho boato, lujo y...más deuda. El todo Alicante civil, militar y eclesiástico estaba allí. Y el que no estaba es que no era importante.

 

 Grabado conmemorativo de la inauguración del ferrocarril Madrid-Alicante.

AMA.

 

 

En el altar instalado al efecto el obispo presidió un breve oficio religioso para dar gracias por la bonanza del viaje y volver a bendecir las locomotoras, aunque ya lo habían sido en la salida desde Madrid. Llegaba el momento de los discursos. La compañía MZA designó a uno de sus consejeros, Alejandro Mon, para hablar en su nombre. Las lisonjas y el peloteo de costumbre no pudieron tapar el mal estilo literario de una pieza que parecía haber redactado el peor enemigo del consejero. Al sr. Mon le resultaba complicado leer de corrido algo tan mal escrito, así que dejó los papeles de lado y se sacó una improvisación de la chistera para finalizar el parlamento: "En definitiva, Señora, este pueblo se alegra mucho -y yo también- de ver que vuestra real majestad es una real moza". La Reina tenía entonces 28 lozanos años.

 

 

De seguido le tocó hablar al factotum de la línea férrea, el marqués de Salamanca, que -cosas de su espíritu aventurero- salió al estrado con traje de gala, banda de Carlos III incluida, y el rostro oscurecido por el humo de la locomotora que él mismo había dirigido hasta Alicante.

 

Salamanca, modesto él, destacó en el discurso su propia contribución "al engrandecimiento del reinado de Vuestra Majestad iniciando en España los caminos de hierro". Y prosiguió sin rubor alguno: "No era, no, un pensamiento de orgullo personal el que me guiaba. Era, sí, un pensamiento monárquico y patriótico". Tan patriótico como el pelotazo que dió el marqués al vender la concesión ferroviaria al capital francés, operación en la que se embolsó más de 80 millones de reales de vellón, un fortunón en la época que -según algunas de las fuentes consultadas- se traduciría hoy en varios cientos de millones de euros. Entre los presentes en el acto estaba el propio barón de Rotschild cuyas empresas controlaban el ferrocarril español de larga distancia.

 

  Caricatura del Marqués de Salamanca.

 

Los parlamentos fueron breves, cerrando el del alcalde de Alicante José Caturla, que agradeció la visita real y la inauguración del camino de hierro. Cumplido el protocolo, todo el mundo marchó hacia la puerta que la fiesta estaba comenzando.

La entrada de la estación era impresionante con su pórtico de 8 columnas abriendo camino a una gran alameda por donde hoy discurren las avenidas de la Estación y de Salamanca.

 Grabado de época. AMA (Archivo Municipal de Alicante).

 

La Reina, la Chata, el futuro Alfonso XII con su nodriza y el primo y marido de su madre (los chascarrillos de la época no le concedían la paternidad de ninguno de los hijos de Isabel II ya que era vox pópuli su condición homosexual), todos juntitos se subieron a la carroza real entre los vítores del personal que, en gran número, aguardaba en los aledaños de la estación. A lo lejos, las murallas de Alicante y hacia ellas se dirigió el cortejo encabezado por una grandiosa carroza triunfal en forma de pirámide, engalanada con vistosas telas, desde la que un grupo de niños echaba flores y finas hojas de papel impresas con composiciones poéticas como ésta:

 

"En hora buena llegues

Reina de España;

llegues en hora buena

a nuestras playas.

Dicha y ventura te desea

este pueblo que te saluda".

 

O esta otra no exenta de cierto toque sensual:

 

"Y es que cuando sonríen

los labios tuyos,

sonrien y se calman

los mares turbios.

Y, hasta los cielos,

se aclaran cuando miran

ojos tan bellos".

 

Así que, henchido el corazón, la cabalgata real llegó a la Puerta de San Francisco (más o menos donde hoy está la plaza de Calvo Sotelo). Allí, en bandeja de plata, el gobernador militar ofreció a la Reina las llaves de la ciudad. No fue el alcalde el encargado de hacerlo, como sería natural, sino el jefe de la milicia, pues Alicante aún era considerada plaza de guerra. El turismo aún no había llegado, pero estaba a punto.

Y nosotros vamos a dejar a la comitiva real a las puertas del nostre Alacant. La entrada fué de órdago, lo contamos en el próximo Contrastes.

 

Fuentes e imágenes:

Ministerio de Fomento ; Biblioteca Nacional de España ; Archives Varmatin,

Francia ; Isabel II en Alicante. Juan Vila y Blanco ; Biblioteca Virtual de la

prensa histórica ; Archivo Municipal de Alicante (AMA) ; Memoria de

Madrid, biblioteca digital.

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