Se nos fue Tom Wolfe y nuestros años del desmadre

MARÍA ROSA MIRASIERRAS

Mayo no debe ser un mal mes para dejar este mundo. Quizás por eso Tom Wolfe se marchó definitivamente de Manhattan el pasado 14 de mayo a los 88 años de edad. No hacía mucho que yo había estado colocando los numerosos libros que atesoro y poniendo juntos todos los títulos de Wolfe que guardo con cariño, ya que forman parte de mi historia personal.


Periodistas de la redacción del diario Información de los años 70. Foto: PERFECTO ARJONESAsí como ahora los periodistas van pertrechados con su tablet, el móvil y varios cables colgando, cuando yo me inicié en este oficio lo normal era llevar una libreta, un boli sin capucha y algún libro bajo el brazo. Pues en aquellos años setenta en que comencé a ganarme la vida en las redacciones, los que éramos modernos y rupturistas, recién salidos de las aulas universitarias, solíamos llevar “El nuevo periodismo”, de editorial Anagrama.


Recuerdo la angosta redacción del diario Información en la calle Quintana, 40. Era un pisito adecentado para cobijar mesas y sillas y varias máquinas Olivetti, muchas de ellas con las teclas arrancadas. Los compañeros mayores, todos hombres, como era natural en aquella época,  estaban cubiertos por humaredas de tabaco e iban al grano escribiendo un casi único género periodístico: la entrevista. De este modo, los grandes pliegos que daban forma al diario estaban adornados con orlas de palmeras y siempre en el centro una o dos grandes fotos con la famosa entrevista. Titular enorme, entradilla breve y preguntas respuestas.


Cuando despuntaban los años ochenta, en aquella redacción aparecimos un puñado de jóvenes recién titulados. Y entre ellos dos mujeres. Y lo peor no era que intentásemos trabajar codo con codo, sino que al igual que nuestros compañeros  llegábamos dispuestos a cambiar aquellos modos de hacer. Nuestro líder espiritual era Tom Wolfe. No recuerdo bien quien encontró sus obras, siempre editadas en Anagrama, pero sÍ que era obligado iniciar la jornada reflexionando sobre sus escritos y su estilo.


Así pasamos “Los años del desmadre. Crónicas de los 70” con ilustraciones del propio autor. Y su forma de escritura, entre el periodismo y la literatura nos caló tan hondo que ya ningún alevín quería hacer las entrevistas al uso. Wolfe nos habla entonces de la “Plebeyez exquisita”, o de “La banda de la casa de la Bomba” o “La izquierda exquisita & maumauando al parachoques”.


Portada de la edición española del libro "Los años del desmadre", de Tom Wolfe. Wolfe era supercontemporáneo y acababa de acuñar el Nuevo Periodismo, que pudo realizar gracias al apoyo del director del New Herald Tribune, Clay Felker, quien le pidió que fuera más allá del periodismo objetivo.  Nuestro director por entonces, Jesús Prado, nos dejaba hacer y cada mañana, sentadas sobre las mesas de la redacción y ante el pasmo de la vieja guardia repasábamos los textos de nuestro amado líder. Así llevábamos la lección aprendida, porque cada noche tocaba releer al genio para llevar nuevas ideas sobre la información alicantina a la redacción del diario.


Ya no se nos permitía hacer piezas rápidas y con desgana; ya era una exigencia que cada palabra estuviera a la altura de Wolfe.  El nos inspiró a vivir de cerca los aconteceres de la ciudad, ponernos en la piel de un ciudadano metido en el movimiento vecinal, sentir cómo se relacionaba con su barrio o con las autoridades. Escribíamos diálogos auténticos vividos en primera persona. Y cuando entrevistábamos a una diva, la diseccionábamos a conciencia.
Mientras tanto, también leíamos al alemán, Günter Wallraff, que escribió “El periodista indeseable”, contando desde dentro todos los reportajes que vivía y para los que se mimetizaba con el tema, una especie de contraperiodismo, una mezcla de periodismo y literatura  como el clásico “A sangre fría” de Capote.


Tom Wolfe nació en Richmon, Virginia y se graduó en Literatura Inglesa por la Universidad de Washington y se doctoró en Filosofía por Yale. Escribió en numerosos periódicos, destacando el Washington Post y el New York Herald Tribune. Sus reportajes se caracterizaban por vivirlos en la fase de investigación, hasta el punto de irse a compartir semanas con el objeto de su trabajo. Luego, ante la máquina este dandy ponía color, emoción, viveza, como el genial reportero que fue.

Cuando se dedicó a la verdadera literatura, tuvo un gran éxito con el libro “Lo que hay que tener”, en el que vierte seis años de investigación en la carrera espacial y la vida privada de los astronautas.  Nadie puede olvidar su “Hoguera de las vanidades”, donde retrata a la sociedad neoyorquina, seguida de “Todo un hombre”. La última que he tenido el placer de leer ha sido “Bloody Miami”, donde las onomatopeyas, las puntuaciones más increíbles o los guiones que enfatizan cada palabra constituyen parte de su original manera de escribir. Su crítica certera de una sociedad compleja, la sofisticación de las galerías de Arte, como la Art Basel, las orgías sobre yates o la influencia cubana en la ciudad están perfectamente reflejadas.


Tom Wolfe.Se ha ido tan elegante como siempre, con su sombrero oscuro, con el traje blanco y la camisa negra. Y aquí seguimos releyendo su periodismo moderno, que de momento no ha tenido sucesor.

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