Un cuento de Navidad

JOAQUÍN ÑECO

Nochebuena. Juan se dirige a su casa después de una jornada de trabajo en la agencia de seguros de su propiedad. Pasa por delante de su parroquia y, como es costumbre en él, entra por una de las dos puertas que tiene el templo para hacer una visita al Señor, darle las gracias por el día de vida provechoso, fácil y alegre que en su generosidad le ha concedido y pedirle su ayuda para su familia y para él mismo.

Al salir del templo, elige la otra puerta opuesta a la que había utilizado para entrar, y en un rincón, apenas visible, adivina la figura de un mendigo con una espesa barba que junto con una larga cabellera revuelta, le cubren el rostro. Sus ropas raídas y sucias denotan que su situación personal viene de lejos. Juan, impresionado, rebusca en su monedero y le da todas las monedas que contiene. El mendigo, sin fuerzas siquiera para alargar su mano, las coge y le da las gracias con una voz imperceptible.

Juan le pregunta:

-¿Se encuentra usted bien?

-No señor. Estoy débil porque hace casi una semana que no como nada, salvo un poco de pan duro que encontré ayer en una papelera.

-¿No tiene usted familia?

-Hace muchos años que la tuve pero yo emprendí un camino que dispuso Dios y me separé de ella.

-Discúlpeme pero creo sinceramente que Dios no puede disponer que una persona llegue a la situación a la que ha llegado usted.

-Señor, si pudiéramos entender lo que Dios tiene dispuesto para cada uno de nosotros, no podríamos ser libres para elegir las opciones que nos ofrece nuestra propia vida. A veces, al elegir una de esas opciones, aunque no sea la más fácil o la mejor, también se aprende y se obtienen experiencias que nos enriquecen.

-Bueno, le deseo que mejore su situación y que Dios le acompañe.

Mendigo en una calle.

Juan, emprende de nuevo su camino para dirigirse a su domicilio y va reflexionando sobre la conversación que ha mantenido con el mendigo, sobre todo con la frase de las opciones que nos ofrece la vida. Pensando, la relaciona con otra que dijo el Papa Francisco a propósito de la pobreza y de la que el Pontífice, ha hecho su lema:” Lo miró con misericordia y lo eligió “.

Se da la vuelta y se encamina de nuevo a su parroquia y le dice al mendigo:

-¿Quiere usted venir a mi casa para cenar con mi familia?

-Sí señor. ¿En dónde podría cenar mejor, si no tengo ningún sitio en el que hacerlo?

-¿Cómo se llama usted?

-Salvador.

-Pues bien Salvador vamos a mi casa. Yo me llamo Juan.

Ya en su casa, y tras presentarle a su familia, Juan le dice a Salvador que puede utilizar el baño para ducharse y afeitarse y le ofrece ropa y calzado para que se despoje de sus harapos. Cuando Salvador aparece en el comedor en el que ya está dispuesta la cena, Juan, se sorprende por el cambio tan radical que ha experimentado su cara. La serenidad y bondad que desprende su rostro, le transmiten una paz y sosiego que inunda su alma. Juan le ofrece el asiento que queda a su lado para mantener cómodamente la conversación con él.

Comenzada la cena. Salvador observa que uno de los hijos de Juan, Miguel, que en el momento de presentárselo estaba en su habitación tras una mesa manejando un ordenador que le impedía ver en donde estaba sentado, va en silla de ruedas. Siguen cenando y cuando acaba esta, Juan y Salvador, se trasladan a una salita para tomar el café y seguir charlando mientras el resto de la familia ve, en la televisión, uno de los programas navideños grabadospara la ocasión. Salvador, en uno de los momentos de la conversación en la que ambos se han hecho muchas preguntas de sus respectivas vidas, le hace una en relación a qué le había pasado a Miguel para estar en silla de ruedas.

-Verás Salvador, cometí la torpeza y la imprudencia de regalarle una motocicleta, a los dieciséis años, para que fuese al instituto y un día tuvo un accidente que le ocasionó una lesión medular y le produjo una parálisis de cintura para abajo que le condenó, de por vida, a esa silla. Hemos visitado a los mejores especialistas nacionales e incluso algún extranjero y el dictamen siempre ha sido el mismo: no hay solución. Jamás me perdonaré el haberle regalado esa motocicleta porque soy el responsable de su situación.

-No, Juan, sólo Dios sabe lo que va a ocurrirle, en sus vidas, a las personas y tú si hubieses sabido que Miguel quedaría postrado en esa silla de ruedas, estoy seguro que jamás le hubieses regalado esa motocicleta. No te sientas culpable y confía en Jesús, que nació un día como hoy hace tantísimos años para ser nuestro consuelo en la adversidad.

Siguieron hablando hasta altas horas de la madrugada en que Juan le dice:

-Salvador, es muy tarde. Te propongo que duermas en este sofá-cama en el que estamos sentados y mañana, si lo deseas, puedes irte a la hora que quieras.

-Gracias por tu hospitalidad. Sí, me quedo.

A la mañana siguiente, Salvador, muy temprano y sin hacer ruido, coge la llave de la puerta que está colgada al lado, la abre y sigilosamente se marcha. Cuando se levanta Juan, comprueba que Salvador se ha marchado. Encima de la mesa de camilla de la salita, Juan, ve una cuartilla de papel doblada. La abre y lee: “Gracias por tu hospitalidad y por tu bondad. Te dejo mi regalo de Navidad en la habitación de al lado. Salvador”. Juan, no entiende cómo Salvador, en su pobreza, puede hacerle un regalo pero movido por la curiosidad, se dirige a la habitación de al lado, la de Miguel, abre la puerta y ve a su hijo dando pasos vacilantes y caminando lentamente sujetándose a los muebles de la estancia. Juan, asombrado y sollozando se abraza a su hijo Miguel. Cuando se repone del hecho que ha vivido para el que no encuentra explicación alguna, ve que, encima del lecho, hay otra cuartilla con la letra que reconoce como la de Salvador en la que dice:”Me miraste con misericordia y me elegiste. Feliz Navidad. Jesús, Salvador ”

En cada persona desvalida, pobre, hambrienta, acuciada por la miseria, enferma, discapacitada……… está Aquel que dijo: "Cuanto hagáis por estos, a Mi me lo hacéis”.

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn