AQUEL ALICANTE QUE SE NOS FUE / Comercios I: puestos y pastelerías

JOAQUÍN ÑECO

En esta entrega de “Aquel Alicante que se nos fue” incluimos los puestos de venta callejeros y las pastelerías. De los primeros, hay que resaltar lo que significaban para los ciudadanos en una época en la que estaban por aparecerlos supermercados y que a lo sumo, existían algún gran colmado o alguna tienda de aquellas en las que podías encontrar,desde una cuchilla de afeitar hasta unas medias de señora, de las de nylon, tan deseadas por las damas.

El resto de comercios tenían un cierto carácter familiar, en donde los clientes eran conocidos por los dueños e incluso se arriesgaban a fiarles hasta que se cobrara, a final de mes, la exigua paga con la que se amortizaba la deuda ¿Se imaginan, en la actualidad, hacer una compra en uno de los grandes supermercados de nuestra ciudad y pedir que nos la fiasen?

De las pastelerías, era obligado el que dejara constancia porque una de mis pasiones son los dulces y ahora, a mi edad, me han prohibido ni tan siquiera olerlos. Así que vivo de los recuerdos.

El agua que tocamos en los ríos es la postrera

de las que se fueron y la primera de las que vendrán;

así el día presente.

Leonardo da Vinci

 

PUESTOS DE VENTA CALLEJEROS

Los carritos de pipas. Llamados así porque una de las principales ventas que tenían eran las pipas de girasol. Con el tiempo, pienso que más que denominarlos así, se hubiesen tenido que llamar el supermercado de las “chuches” de nuestra infancia y primeros años de juventud. En ellos se podían comprar pipas, chufas en remojo, “tramusos”, ”torraos”, caramelos de todas las clases, bolitas de anís, regaliz vegetal y la de elaboración industrial que se pegaba a los dientes cuando la masticábamos, trozos de pan de higos y de cocos, cromos, los primeros chicles, caretas, pequeños juguetes, petardos, cigarrillos sueltos de las marcas Bisonte, Dominó, Chesterfield, que fueron los que nos iniciaron en el vicio, etc. Eran uno de los sitios más visitados por los niños y jóvenes de la época, sobre todo los que estaban cerca de los cines, para comprar las pipas que consumíamos viendo las películas. Con tres pesetas de la paga que nos daban nuestros padres, teníamos para la entrada a un cine de reestreno con sesión doble, a un cartucho de pipas y a los iniciados en el vicio del tabaco, para uno o dos cigarrillos dependiendo de la marca. Así pasábamos un feliz domingo o día festivo que terminaba, ineludiblemente, con un paseo por la Explanada en donde nos encontrábamos con nuestros amigos o con alguna niña que nos gustaba y empezábamos a sentir esos amores juveniles que curiosamente son los que calan más profundamente en nuestra memoria, aunque no se convirtieran en una realidad.

Carrito ambulante de pipas y dulces en una calle de Alicante.

Las barracas de melones. Alrededor de mediados de mayo, aparecían en solares y en algunas plazas públicas, unas barracas que hasta finales de septiembre vendían las sabrosas sandías y los melones llamados “tendrals”. Eran unos puestos de venta muy socorridos pues al estar abiertos permanentemente nos permitían, a los alicantinos, acudir a ellos para comprar la sandía para la cena o, los domingos, para pasar el día en las playas de la Albufereta o de “Les dotze ponts” en donde solían hacerse las paellas para comer toda la familia y se acababa con las frescas rodajas de la sandía que se había puesto a enfriar, dentro de la mar, a la llegada a la playa.

Puesto de melones ambulante de los años 50.

El mercadillo de la calle Velázquez. Sé que muchos lectores cuando lleguen a este apartado, pensarán: “¡Pero si los mercadillos no han desaparecido de Alicante! ¡Si ahora hay muchos más!” Tienen toda la razón. Los mercadillos no han desaparecido y todos son iguales, incluso el que estuvo en esta calle, pero es que éste tenía algo que sí que ha desaparecido de los actuales: la venta de conejos y aves vivas. Pollos, conejos, palomas y pavos se ponían en jaulas y corralitos y se vendían al peso. Una vez que se habían pesado, y el cliente estaba de acuerdo con el precio, se sacrificaba al animal y se procedía a pelarlo o desplumarlo “in situ” para que el cliente se lo llevara listo para su consumo. Normalmente quienes estaban al frente de estos puestos eran unas recias mujeres que intimidaban por su aspecto y se las llamaba “polleras”. En los días que precedían a las fiestas navideñas, solían traer los pavos que llenaban con sus cantos el mercadillo, como lo hacía Gary Cooper en la película "El Sargento York" en la escena del concurso de dispararle al pavo. También habían muchos alicantinos que compraban pollos y pavos jóvenes, para criarlos enjaulados en terrazas e incluso en balcones y engordarlos para cualquier acontecimiento familiar o para Navidad. Alicante era un concierto de cantos, sobre todo de gallos, al despertar el día.

Mercadillo de la calle Velázquez de los años 50-60.

LAS PASTELERÍAS

La Mallorquina. Situada en la calle Mayor en el lugar que ocupa hoy el restaurante “El Buen Comer”, era especialista, como indica su nombre, en ensaimadas mallorquinas de sobrasada y de cabello de ángel. Aparte de que tenía unas guapas dependientas que nos atraían para que, en nuestros años mozos, fuésemos a comprar a este establecimiento, vendían unas auténticas ensaimadas mallorquinas que, según me comentaron, las traían de Mallorca con el correo que hacía la ruta, de la compañía Transmediterránea, al que los alicantinos también apodábamos “el mallorquín” y después las trajeron en avión cuando se construyó el aeropuerto.

La Parisien. Estaba ubicada en la Rambla, frente al Banco de España, y la regentaba una señora de maneras distinguidas y trato amable con un aspecto, en cuanto a su peinado y maneras de vestir, que me recordaba a aquellas damas de principios de siglo que había visto en fotografías antiguas de la época. La especialidad de este establecimiento eran los merengues, sobre todo aquellos en forma de torre de Babel que popularmente se conocían como “mamelles de monja” y que a partir del primer bocado se te llenaban los alrededores de la boca del preciado dulzor del pastel.

Confitería La Parisiene de Alicante.

Confitería Seguí. El 2 de enero del 2008, José Miguel Seguí Sempere, el último de la saga familiar que regentó el establecimiento, mi compañero de estudios en el Colegio de los Salesianos, cerró esta pastelería con casi 100 años de antigüedad, situada en el número 45 de la calle Castaños, con un bien merecido prestigio adquirido, después de estar sirviendo a la sociedad alicantina con unos productos de reconocida calidad. Esta calidad era tan buena que a veces, cuando alguien te ofrecía un dulce de confitería a la pregunta: ¿Te apetece uno de estos dulces?”, seguía la aseveración:”Son de Seguí” como garantía de que lo que íbamos a degustar era de una elaboración superior. En mi caso, era muy adepto a dos productos que elaboraban y que, a mi paladar, sabían a verdaderos manjares de paraíso: la “coca de molletes” y las “berlinas fritas”.

Logotipo de la antigua pastelería "Seguí" de Alicante.

José Miguel te mando un saludo y un fuerte abrazo, si tienes ocasión de leer este pequeño recuerdo del establecimiento que fue de tu familia.

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