AQUEL ALICANTE QUE SE NOS FUE / Oficios y personajes que desaparecieron

JOAQUÍN ÑECO

¿Les ha ocurrido alguna vez que cuando han querido ducharse y han abierto el grifo del agua caliente, no sale  porque el butano del calentador se ha agotado? Estoy seguro que a una mayoría les habrá ocurrido. ¡Qué sensación de impotencia! Pues imagínense vivir sin todas estas comodidades. El “drama” era algo cotidiano y la solución no pasaba, en esta época que estamos relatando, por cambiar simplemente la botella de butano.

 En la presente entrega, recordamos algunos oficios desaparecidos que estoy seguro que les harán valorar mucho más, sobre todo a las generaciones jóvenes, la vida tan fácil que se tiene hoy día y que, muchas veces, no nos paramos a considerar.

El agua que tocamos en los ríos es la postrera

de las que se fueron y la primera de las que vendrán;

así el día presente.

Leonardo da Vinci

LOS OFICIOS QUE DESAPARECIERON

Los carboneros. Aunque no ejercían su oficio en la calle, no quiero dejarlos de lado porque fueron muy importantes en las vidas de todos los que nos tocó vivir en esa época. Hoy, cuando alguno de nosotros decide utilizar nuestra placa eléctrica o a gas de nuestras cocinas, nos basta con pulsar un dispositivo táctil, en las eléctricas, o girar un mando en las de gas. Cuando queremos ducharnos con agua caliente, recurrimos al calentador de gas o eléctrico y la podemos utilizar, al instante, y en la cantidad necesaria e incluso en ocasiones de forma abusiva. Cuando queremos calentarnos en invierno para combatir el frio que hace en nuestros hogares, sólo necesitamos pulsar el interruptor de las estufas eléctricas, poner el aire acondicionado o la calefacción central.

Carbonero. Foto: AUGUST SANDER - Pinterest

En aquellos años, todos los medios para obtener estas comodidades, eran diferentes y los proporcionaban estas personas que con su oficio tan sacrificado y sucio, muchos morían de silicosis por el polvo de carbón que se veían obligados a respirar, nos proporcionaban las teas y el carbón vegetal para encender los fogones y preparar los alimentos, y poder calentar el agua para bañarnos, y el calor necesario para proporcionárselo a las planchas, de hierro fundido, con las que nuestras madres acometían la tarea de quitarle las arrugas a la ropa que antes habían lavado a mano. O el “cisco” (trozos muy pequeños de carbón vegetal) para encender en invierno los braseros para combatir el frio, que por cierto eran peligrosos y más de una muerte causaron en la época y en la actualidad siguen causándolas. Mi gratitud para estos sacrificados hombres que ejercían este oficio, tan necesario para todos los que vivimos en esos tiempos y que nos proporcionaron, aunque pequeño, un cierto bienestar. Más tarde, se vieron aliviados en su trabajo al aparecer los hornillos para cocinar a petróleo, que también se vendía en las carbonerías.

Vareadores de colchones en plena faena.

Los vareadores de colchones. En esos años a los que estamos aludiendo, los colchones no eran como los actuales. Consistían en una funda que se rellenaba, según el poder adquisitivo que se tenía, con buena lana de oveja los más pudientes, con borra que era la parte más corta y basta de la lana los menos, y muchos de los pobres, sobre todo en los pueblos, con paja. En los colchones de lana, ésta se apelmazaba, con el paso del tiempo, por el peso de quienes los utilizaban y normalmente, cada año, había que vaciarlos para varearlos. La operación, se podía hacer en los locales de los establecimientos especializados (en la calle Labradores habían, creo recordar, dos de ellos) y en los domicilios, si sólo se vareaba. Consistía en vaciar el colchón, lavar la lana y una vez seca ponerla en un montón y con dos varas de olivo o avellano, sacudirla hasta que quedara ahuecada y esponjosa para que el colchón recuperara su confort. Se volvía a rellenar la funda y ya estaba listo para utilizarlo.

 

LOS PERSONAJES

El Gran Caruso. Este personaje era un alma cándida que sólo buscaba alguien con quien hablar, para mitigar su soledad y recibir una propina. Vestía un atuendo que llamaba la atención, porque él se consideraba un gran tenor de ópera y su ropa respondía a esa creencia. En muchas ocasiones, era objeto de las burlas, no sólo de los niños que ya sabemos que son crueles dentro de su inocencia, sino también de algunos adultos, no tan inocentes. El caso es que, transcurrido tanto tiempo desde que lo oí cantar, pienso que después he oído a muchos cantantes que no tienen ni voz ni condiciones y que también son estrafalarios y en cambio no reciben las burlas y las críticas que sufrió esta persona. Llego a la conclusión que el mundo es arbitrario y cruel.

El gran Caruso

Reportaje de una publicación extranjera de la época sobre el sargento "Moquillo"

El Sargento “Moquillo”.  Se llamaba D. Antonio Pomares Espinosa y no sé a ciencia cierta de donde le venía el apodo. Este personaje, policía local, fue el precursor de lo que ahora vemos, en ciertos documentales de televisión, a policías dirigiendo el tráfico en algunos países asiáticos como China o Singapur con esos gestos y maneras que nos parecen tan cómicos. D. Antonio, demostraba no sólo con esas maneras tan personales, una novedosa forma de dirigir el tráfico, sino que las acompañaba con una sonrisa permanente en sus labios y con una gran amabilidad cuando algún conductor se le acercaba para preguntarle, por ejemplo, que ruta debía seguir para dirigirse a un sitio determinado. Recuerdo que dentro de esas maneras de ordenar el tráfico, él lo hacía de una forma genuinamente española. Te daba paso, bien fueses peatón o conductor, con un pase de pecho muy torero. Acabó su carrera, enseñando a los niños alicantinos el código de circulación, de forma práctica, en el parque de tráfico que el Ayuntamiento abrió en las laderas del Castillo de San Fernando. Hoy ese parque lleva su nombre.

El sargento "Moquillo" impartiendo clases de educación vial a los niños.

 

Novillada de 1951 con el "Tino" y "Pacorro" como cabezas de cartel.

Los toreros “Tino” y “Pacorro”. En el verano de 1951, en una novillada de noveles, se presentaron al público alicantino dos jóvenes que no se podían imaginar el revuelo que iban a desencadenar en nuestra ciudad. Se llamaban Vicente Blau Gisbert, el “Tino”, y Francisco Antón Marín, apodado “Pacorro”. El primero había nacidoen el barrio de Santa Cruz, mientras que el segundo en el barrio de San Blas. Ya en esa tarde se observó, en las gradas de nuestra plaza de toros, el comienzo de lo que iba a ser una rivalidad, no sólo entre los propios toreros, sino también entre los vecinos de ambos barrios donde habían nacido y por extensión a todos los alicantinos. Sus carreras taurinas fueron a la par y a medida que iban transcurriendo, la pasión que en un principio generaron sólo en sus respectivas barriadas, se trasladó a la ciudadanía de todo Alicante.

La gente discutía acaloradamente cuál era el mejor torero y cuál de los dos había tenido una mejor actuación, en las muchísimas ocasiones en que torearon juntos. Había hasta enfrentamientos físicos entre hombres e incluso entre mujeres que, creo yo, jamás hubiesen ocurrido si el tema de la discusión hubiese sido otro. Todo el mundo tomaba partido y Alicante pasó de ser una ciudad en donde apenas nadie era aficionado a los toros y había pocos entendidos sobre temas de tauromaquia, a incrementarse las novilladas y corridas, con la mayoría de ciudadanos como expertos taurinos. Todo el mundo opinaba sobre su torero. Los “tinistas” opinaban que era más valiente y se arrimaba más al morlaco, mientras que los “pacorristas" decían que su torero era más purista y compensaba, el no arrimarse tanto, con una técnica más depurada y clásica. Yo que no he sido muy aficionado a lo taurino, no sabría pronunciarme al respecto pero lo que sí puedo afirmar es que, jamás he vuelto a ver una pasión taurina tan elevada en nuestra ciudad.

Actuación de "Pacorro" en la Plaza de Toros de Alicante.

El primero en retirase de la profesión fue el “Tino” y en la tarde del 5 de agosto de 1967 se retiró “Pacorro”, en una corrida en Alicante, en la que estuvo acompañado por dos figuras de la época, el “Cordobés” y “Paquirri”. “Pacorro”, tuvo el gesto que, sabiendo que el “Tino” asistía a la corrida de su despedida, quiso que fuese él quien le cortase la coleta. Ambos demostraron, en esta ocasión, que a pesar de que habían sido rivales en el coso, siempre habían estado al margen de la pasión que generaron sus respectivas aficiones y eran compañeros de profesión que se respetaban mutuamente.

El "Tino" en la Plaza de Toros de Alicante en los años 50.

El recuerdo de estos dos toreros, todavía permaneció vivo en muchos alicantinos con el transcurrir del tiempo, hasta tal punto que el 13 de agosto del 2009, en el diario "Información", apareció una noticia sobre el grupo socialista del Ayuntamiento que instó al Partido Popular para que se dedicara una calle a cada uno de los toreros. En la actualidad, ambos tienen su calle, muy próximas ambas, en urbanizaciones frente a la playa de Muchavista.

Los policías locales de tráfico. Por aquel entonces, se les llamaba guardias urbanos de tráfico. En nuestro Alicante, no existían los semáforos que hay en la actualidad y para dirigir el creciente aumento del tráfico, se hacía necesario que estos guardias pusieran orden a los peatones y automóviles que circulaban por nuestras calles. Llevaban un uniforme un tanto curioso que hoy probablemente nos chocaría. En invierno, el uniforme, de color azul marino, consistía en chaqueta y pantalón con unas polainas de cuero negro ajustadas a la pierna hasta la rodilla que se complementaba con un abrigo, de los llamados ”rusos”, utilizado en los días más fríos. Se añadía al atuendo un salacotmetálico blanco y un correaje también blanco con cinturón y tirante que les cruzaba el pecho y la espalda. En verano cambiaba el uniforme por uno de color blanco, sin polainas, pero conservando el salacot.Guarda de tráfico con uniforme de verano.

Eran unos expertos en dirigir el tráfico y en evitar accidentes, sobre todo en los cruces de vías, por eso, los alicantinos, sabedores de su buen hacer, en los días próximos a las fiestas navideñas, se les obsequiaba con algunos de los regalos habituales por estas fechas, pastillas de turrón, botellas de vino, cava, licores y hasta, personalmente, he llegado a ver un pavo vivo. Era una compensación al trabajo en el que se pasaban muchas horas a la intemperie, expuestos al frio y a la lluvia que soportaban en invierno, y al calor sofocante y al sol de los meses de verano. Muchas veces he visto, en esas ocasiones, cómo alrededor del guardia, los regalos que se apilaban a su alrededor, crecían de tal manera, que lo ocultaban a la vista de los peatones y conductores y tenían que retirarlos llevándoselos a las dependencias municipales para repartirlos, supongo, entre todos los compañeros. Estos guardias, estaban muy bien considerados por los alicantinos porque valorábamos mucho su trabajo y sobre todo, porque más que recibir multas o recriminaciones, te atendían amablemente. Eran otros tiempos.

El sargento "Moquillo" regulando el tráfico de la Rambla de Alicante con regalos de los viandantes.

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