AQUEL ALICANTE QUE SE NOS FUE / Los trabajadores de la calle I

JOAQUÍN ÑECO

El refrán que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, lo pensamos los que tenemos más de setenta años. Lo mismo pensará la joven generación de hoy cuando alcancen esa edad, a tenor de las transformaciones que, indudablemente, se producirán con el correr de los tiempos. Yo me hago la siguiente pregunta: ¿fueron mejores o peores? Sinceramente, no lo sé. Lo que sí sé, es que eran diferentes y se nos han ido.

¿Para bien o para mal? Tampoco lo sé. En cualquier caso, forman parte de nuestro pasado y, a veces, vuelven a nuestra memoria de forma nostálgica porque han sido nuestras vivencias de la infancia y de nuestra juventud. Para, como he dicho al principio de esta narración, los que formamos el grupo de setentones, entre los que me encuentro, creemos que eran unos tiempos en los que no exigíamos mucho para ser felices y de alguna manera marcaron nuestras vidas para el futuro.

Comienzo así la primera serie de "Aquel Alicante que se nos fue", un relato que no tiene otro objeto que, primero, recordar aquellas imágenes de mi infancia y juventud que todavía las tengo presentes en mi memoria y, segundo, dárselas a conocer a aquellas personas que por su edad no las habrán conocido. Para los de mi quinta también puede ser motivo de gusto y quizás de nostalgia el recordarlas.

 

El agua que tocamos en los ríos es la postrera

de las que se fueron y la primera de las que vendrán;

así el día presente.

Leonardo da Vinci 

Vendedor ambulante en una terraza de Alicante de 1946. Foto: Colección Francisco Sánchez. Archivo Municipal de Alicante

 

LOS TRABAJADORES DE LA CALLE I

Los “barquilleros” - Con su cubo metálico y normalmente pintado de azul que hacía las veces de almacén y ruleta,  su sitio de venta habitual era la Explanada, sobre todo los domingos que era el día en que las familias paseaban con sus niños. La tirada costaba un “real”(veinticinco  céntimos de la antigua peseta) y el premio o los premios dependía de la suerte que se tuviera y consistía en unos barquillos alargados que, en aquella época de escaseces, sabían a gloria.

Niños comiendo barquillos en la Feria de Alicante de 1909. Foto: colección FRIAS. Archivo Municipal de Alicante

 

Las “bamberas” - Con su gran “cistella” de mimbre y una gran asa por donde pasaban su brazo para sujetarla y apoyarla sobre su cadera, recorrían las calles anunciando el género que contenía,  consistente en “panellets”, “bambas” (ensaimadas), madalenas y alguna que otra “toña”.

Vendedora ambulante de los años 50.

 

Las “jazmineras” - Casi todas ellas de etnia gitana, con su delantal normalmente blanco, con su brillante pelo recogido en un moño que se parecía a la patata que llevaban pinchada en una caña, en donde prendían los ramilletes de los olorosos jazmines que vendían a los novios para que ellas, las novias, los lucieran.

Los “chambileros” - Cargados con sus heladoras portátiles, vendían los “chambis” (cucuruchos de helados de chocolate, mantecado y turrón), a una peseta los grandes y a dos reales los pequeños. Con el tiempo, ampliaron sus ofertas de helado con los famosos “coyotes”, combinados, de fresa y nata o de chocolate y mantecado.

Chambileros jijonencos. Foto: Archivo Municipal de Xixona

Las castañeras - Aparecían a mediados del otoño a las puertas de los cines, con sus hornillos, vendiendo las castañas asadas y los sabrosos boniatos asados, de Guardamar. Desde hace unos años, han vuelto a resurgir por las calles de nuestra ciudad, para recordarnos que algunas costumbres no se han perdido con el transcurrir de los tiempos. Eso sí, con unos aires más modernos, con fuegos de butano, sustituyendo aquellos fogones caseros hechos con un bidón alimentados por carbón que se mantenía encendido, con el aire de un soplillo de esparto que manejaba la castañera dándole vaivenes.

Castañera en las calles de una ciudad española a mediados del s. XX.

Los limpiabotas - Los habían que ejercían la profesión en salón y otros en la calle. El salón que estaba en la Rambla, al lado de la puerta de entrada al patio de butacas del cine Avenida, me recordaba, con sus grandes sillones para sentarse los clientes, a los que se veían en las películas de gansters en el Chicago de  los años veinte. Los callejeros, iban con su caja con dos departamentos en donde guardaban los cepillos y el resto de los útiles con los que efectuaban la limpieza del calzado. Sobresaliendo y formando parte de la caja, destacaba una horma en la que apoyaban los zapatos los clientes. Como parte del utillaje, había también una pequeña banqueta de madera, de construcción artesanal, en la que se sentaban para hacer su trabajo. La secuencia de la limpieza, se convertía en todo un rito. Comenzaba por ponerle al cliente unos protectores, normalmente de cartón, entre el zapato y los calcetines para protegerlos de posibles manchas. A continuación, se daba tinte al zapato y una vez que se secaba un poco, se pasaba el cepillo específico para este fin. Después, con los dedos de la mano, se daba la crema, de la marca Tractor, del color de los zapatos y con el cepillo de sacar brillo, comenzaba la tarea de dar lustre. En esta parte de la operación, los limpiabotas demostraban su destreza en el manejo del cepillo, pasándolo de una mano a otra para cambiar de un lateral a otro del zapato con un golpe seco en la mano que recibía el utensilio, que más parecía que estaba haciendo el primer tiempo del presentar armas, en la instrucción militar, en la desaparecida “mili”. Terminaba la “faena” con el paso de una banda de trapo, estirada entre las manos, frotando el zapato hasta que aparecía un rutilante brillo.

 

Barquillero, limpiabotas y vendedores de corbatas en el Madrid de mediados del s.XX.

Los vendedores de “arrop i tallaetes” - Con sus acémilas, transportaban los cántaros de barro con los suculentos trozos de melón, calabaza, sandía, melocotón y ciruela bañados por el dulce caldo del arrope procedente de la reducción, al poner todo el conjunto a hervir, con el mosto de un excelente tinto mezclado con azúcar. Aquellas “tallaetes“ puestas sobre una buena rodaja de una “coca” de pan casero y bañada con el espeso “arrop”, era un majar de dioses. Es uno de los sabores que todavía permanece en mi memoria. Estos vendedores venían de los pueblos de la montaña de nuestra provincia para comercializar sus productos y se anunciaban por nuestras calles con el repetitivo estribillo de: “Arrop y tallaeteeeees” y al oírlo acudían las amas de casa con un recipiente en donde ponían la “delicatesse”.

Antigua elaboración del "arrop". Foto: arropartesa.com

Los fotógrafos de la Explanada - ¿Quién no tiene una fotografía, de niño, subido en el caballo de cartón? Yo creo que casi todos los de mi época (los de mi edad seguro que estarán de acuerdo con esta aseveración). La máquina de entonces, con aquel fuelle que terminaba en el objetivo, apoyada sobre un trípode con un pequeño cubo con agua que colgaba del mismo, y con un manguito en su parte posterior por donde el fotógrafo manipulaba el negativo para obtener la foto, que era todo un arte, daba miedo a los niños. Más de uno ha salido en la foto llorando. Todo un icono de nuestra Explanada. Hace como tres años o cuatro años, apareció, en el mismo paseo, un fotógrafo con una de estas máquinas, aunque sin el caballo, que seguro que, como me sucedió a mí, a muchos de los lectores les traería a su memoria recuerdos nostálgicos. Desde hace un par de años, este último fotógrafo, también ha desaparecido de la Explanada y no sé si será por algún tiempo o definitivamente.

Fotógrafo trabajando en la Explanada de Alicante en 1960.

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