De Don Quijote, de Sancho y de su creador en el s. XXI

JOAQUÍN ÑECO

Hace un día de perros, de esos en que apetece estar en casa al resguardo de un buen calor y no a la intemperie. A pesar de los inconvenientes meteorológicos, no me desanimo a subir a lo alto de una planicie de las afueras del pueblo conquense Mota del Cuervo, para contemplar no sólo los molinos cervantinos que se encuentran en este lugar, sino también la magnífica panorámica que desde esta altura se vislumbra.

 

Campo de molinos de producción de energía eólica. Foto: Flickr

Mirando la intensa planicie, a lo lejos, algo llama mi atención: es un campo eólico con muchos molinos para producir electricidad. Mi mente, un tanto filosófica, comienza a relacionar lo que tengo ante mi vista, lo antiguo y lo moderno, y construye una situación como si Cervantes, a través de mis ojos, pudiera contemplar los cambios sobrevenidos y ciertas aventuras quijotescas, pese a los siglos transcurridos,  todavía se mantuviesen y, con su pluma, lo relataría sin apenas tener que introducir grandes cambios.

 

 

Mientras estoy contemplando el paisaje imagino cómo se acercan un flaco caballero montado en un viejo y escuálido rocín, armado de lanza y rodela, acompañado por un personaje rechoncho, tocado con un viejo sombrero de paja con los bordes desechos por el uso y a lomos de un pequeño asno que apenas puede soportar su peso. Poco a poco, se acercan al parque eólico y se detienen frente a los molinos. Siguiendo imaginándome la situación, presumo la conversación que ambos están manteniendo.


Molinos de energía eólica. Foto: Flickr

- Mira Sancho, esos que ves, son gigantes que tienen secuestradas a doncellas inocentes. Pero ¡por Dios! y por mi dama Dulcinea que voy a librar combate con ellos y liberarlas.

 

- Señor, mire bien vuesa merced que ya tuvimos un episodio muy parecido a este y del que no salió muy bien parado.

 

- ¡Calla Sancho!, que estos sí que son gigantes y mucho más altos que aquellos. ¿No ves como agitan sus brazos retándome a singular combate? Pero por más que muevan sus brazos a mí no me intimidan y voy a cargar sobre esos malandrines.

 

D. Quijote, espolea a Rocinante y con la lanza en ristre, carga contra uno de los "gigantes". De pronto, el rocín, clava sus patas en el terreno y se detiene bruscamente ante una valla, desmontando al jinete, que da con su anatomía huesuda en el duro suelo, produciéndole magulladuras y traumatismos que hacen que se lamente diciendo:

 

- ¡Ay!, Sancho, ya ves que son gigantes muy fuertes y con sus artes mágicas me ha derribado antes de que yo pudiera alcanzarlo con mi lanza.

 

- Señor, repare vuesa merced, que lo que le ha derribado es una valla metálica y que el gigante contra el que su señoría ha cargado, es de nuevo, como en el episodio que ya vivimos, un molino, más moderno, pero molino y que de haberme escuchado, habría observado que en la valla hay un rótulo que dice "CAMPO EÓLICO, PROPIEDAD DE IBERDROLA". Qué los tiempos cambian, mi señor D. Quijote, aunque la esencia que inspiró en su momento al autor de nuestras andanzas no se haya agotado. Qué al fin y a la postre, molinos son mi buen señor D.Quijote.

 

Dejo de imaginar y vuelvo a la realidad de lo que me rodea y contemplo los molinos de la época que se alzan erguidos como torres majestuosas.

 

Molinos de viento antiguos en La Mancha. Foto: Flickr

 

 

Del Toboso, Dulcinea y las posadas

Siguiendo mi peregrinar por tierras manchegas, visito El Toboso, pueblo de Dulcinea y me llevo una gran  decepción porque esperaba que en él hubiera vivido realmente. En la fachada de la casa que todavía conserva las formas de una construcción de la época en la que yo suponía que vivió, la joven, existe una lápida que explica que esta casa donde D. Miguel relata que habitaba el amor de D. Quijote, era propiedad desde el siglo XVI de una de las familias más prestigiosas de El Toboso, los Martínez Zarco de Morales. En la época en que D. Miguel escribió la novela, la ocupaban dos hermanos descendientes de la citada familia, D. Esteban y Dª Ana, en la que se inspiró para crear el personaje de Dulcinea y con la que mantuvo una gran amistad. Según los corrillos del cuchicheo "oficial" del pueblo de la época, parece ser que la relación fue algo más que de amistad y alcanzó niveles más altos.

 

¡Pobre D. Quijote! Fue traicionado por su creador porque el amor que le llevó a ser caballero, de los de antes, defensor de los desvalidos, fiel a su amada y a recorrer las planicies de la Mancha "desfaciendo" entuertos, nunca existió y jamás habitó en El Toboso y para aumentar el colmo de sus desgracias, la dama en la que se inspiró para introducirla en su obra D. Miguel como su gran amor, era, según los mentideros populares, su amante.

 


Venta manchega de la Ruta de Don Quijote.

Para mitigar un poco, la decepción que me produjo el saber que en aquel pueblo y en aquella casa nunca habitó Dulcinea, me refugio en un bar con una decoración que recordaba a las posadas de las descritas en la novela y enseguida mi mente empezó a imaginarse la escena relacionando lo que le había ocurrido a nuestro caballero, en otra posada, con unos cueros de vino tinto y lo que tenía al alcance de mi vista.

 

 

Imagino a D. Quijote desprendido de su media armadura, sin las calzas cubriendo sus delgadas piernas, ocultando su huesudo torso con una raída camisa con largas mangas y faldones y durmiendo plácidamente en una cama de colchón de paja, en una habitación donde el posadero, guarda el género que utiliza en su negoci, como bebidas, toneles y tinajas de vino, legumbres, jamones, carnes adobadas y saladas, embutidos procedentes de la matanza, quesos etc.

 

Grabado ilustrativo del Quijote y el episodio de la venta.

En el piso superior hay una buhardilla, a la que se accede por una escalera de peldaños de madera, por la que veo descender, orgullosa de su palmito, a la princesa Micomicona. A mi lado, veo a Sancho dando buena cuenta de una cabeza de cerdo asada, y pasándose la manga de su camisa para limpiarse la grasa cada vez que le da un bocado. También veo al señor cura, breviario en mano, rezando las oraciones de vísperas después de haberse dado un atracón de palominos. Más allá hay un labriego, con sus ropas sucias por el polvo levantado al arar los campos que tiene arrendados, propiedad de unpoderoso señor de los muchos que se repartían los terrenos en aquella España que no acababa de salir del antiguo feudalismo, dando buena cuenta de un plato de "duelos y quebrantos" que los remoja, de vez en cuando, con un trago de vino tinto almacenado en una vieja bota.

 

De pronto, se oyen ruidos y gritos en la habitación ocupada por D. Quijote. Sancho sale a todo correr hacia ella presumiendo que su señor está haciendo alguna de sus "trastadas". Cuando llega a la habitación se lo encuentra con la espada en la mano y dando golpes de "abanico" (según la fraseología utilizada en esgrima, se da con una espada o sable para causar cortes en el cuerpo del enemigo) y estocadas a unos toneles de vino, puestos de pie uno encima de otro, saliendodel que ocupa la parte superior un gran chorro de vino tinto, mientras exclama:

  

- ¡Follón, malandrín, ladrón! Aquí te tengo acorralado en un rincón, viendo como tu sangre se derrama por el suelo con la estocada con la que te he atravesado. No podrás conmigo ni amenazándome con tu cimitarra. Esta vez no saldrás vivo de esta batalla.

 

A todo esto, continúa dando mandobles con su espada a paredes y a cuantos utensilios y viandas se encontraban en la estancia.

 

Sancho no sabe qué hacer, pues en otras ocasiones en que había intermediado, había salido muy mal parado y hasta incluso había recibido más de un golpe de su señor. Así que saliendo a todo correr, se dirige al señor cura y al posadero con una gran agitación diciendo:

 

- ¡Auxilio señores! Solicito de vuesas mercedes ayuda pues, a mi señor, creo que se le ha secado el seso y está dando mandobles a diestro y siniestro a cuanto hay en la estancia que ocupa. ¡Por Dios señores, ayudadme. Os lo suplico!

 

El cura y el tabernero se unen a Sancho y se dirigen a la habitación donde D. Quijote sigue dando estocadas al barril, mientras dice:

 

Grabado del episodio de la venta de "El Quijote".

¡Vive Dios que le he dado una mortal estocada al gigante Pandahilado, enemigo de la señora princesa Micomicona, que la perseguía y le hacia la vida imposible!

 

El cura se encara con D. Quijote y le recrimina de la manera siguiente:

 

¡Por Dios, señor de Quijada!, cesar de inmediato en esta locura pues ¿no veis los daños que estáis cometiendo? Os lo suplico, caballero, envainar vuestra espada. Tiempo tendréis de utilizarla en otras ocasiones.

 

La respuesta de D. Quijote es contundente:

 

- Ni vos ni el Papa podríais detenerme en castigar a este indeseable hijo de Satanás.

 

Viendo el posadero que el ido no cesa en su determinación de acabar con lo que él piensa que es un gigante, y que si continúa con aquella idea tan descabellada sólo se pueden esperar más destrozos en su despensa, coge un gran cuchillo de los que utiliza para cortar los costillares ahumados y, dirigiéndose a D. Quijote, le dice:

 

- Señor, mi paciencia y las pérdidas que he sufrido por vuestra sinrazón, ha llegado al límite que estoy dispuesto a soportar y si inmediatamente no deponéis vuestra actitud, tendré que tomar una medida que no está en mi ánimo, pero que de continuar con estos desmanes me veré obligado, si es preciso, a utilizar este cuchillo con vos.       

 

El de Quijada se resiste a cesar en su actitud, mientras que Sancho, el cura y el propio posadero insisten en que se calme y vuelva a la cordura. No admite que aquello que él cree que es un gigante, no es más que dos toneles apilados en un rincón y que la sangre que sale a causa de una de sus estocadas no es más que el vino que contiene. Pero D. Quijote vuelve una y otra vez a insistir en que es un gigante al que ha herido de muerte con una estocada en su vientre y una cuchillada en su garganta que le ha separado su cabeza del tronco y la prueba es la sangre que mana de su cuerpo.

 

Como siempre, la lógica de Sancho se impone una vez más cuando tomando la palabra le dice al de Quijada:

 

Señor, nuevamente hemos repetido un hecho que ya vivimos en otros tiempos. Lo que vuesa merced ve como un gigante, son dos barriles de roble francés apilados en un rincón. El vientre donde creéis que le habéis provocado la muerte con la estocada, es la curvatura del propio barril. La cabeza que con un mandoble de vuestra espada habéis hecho rodar por el suelo, era una jarra que había encima del barril superior. Y por último eso que vos creéis que es la sangre del gigante, es el vino que sale del barril a través del agujero que habéis provocado con la estocada. Además, señor, en el barril hay una leyenda que dice: "BODEGAS OSBORNE-PUERTO DE SANTA MARÍA".

 Interior de la bodega de Osborne, en Puerto de Santa María.

 

Vuelvo a la realidad. De la habitación en la que he imaginado que ocurrieron los hechos, salen los aromas mezclados de un buen jamón junto con los de un soberbio queso manchego, que llegan a mi olfato. Al no poderme resistir ante tales olores que convencerían al más experto gourmet, le digo al camarero que atiende en la barra, el imaginado posadero, que me sirva una copa de vino clarete de Valdepeñas acompañada de una tapitas de jamón y queso que cuando las pruebo todavía más me vuelven a la realidad.

 

 

Terminado el pequeño ágape, subo al autobús que me conducirá a la cercana Cuenca, terminando así la ruta del hidalgo en la Mancha que, aunque corta, ha sido provechosa. Me hubiera gustado conocer también algunas de las localizaciones de la Sierra Morena en donde se relatan, en la novela, las aventuras y desventuras por la que pasó el caballero andante y haber podido fantasear con ellas porque, aunque parezca que el juego es absurdo, no lo es tanto y estoy convencido que, de vivir en nuestra época D. Miguel hubiera narrado las mismas cosas pero teniendo en cuenta los tiempos en los que se desarrolla la trama.

 

El Quijote es un jeroglífico donde se esconden valores y modos de vida que no han cambiado

Los Quijotes, no han desaparecido de nuestra querida nación y, aunque quedan pocos, continúan buscando aventuras, tratan de ayudar a los desvalidos aunque a veces se equivocan, tienen amores platónicos y están un poco locos porque, a veces, hay que dejar a un lado a nuestro cerebro y darle más importancia a nuestro corazón. Estoy convencido que si en el mundo actual existieran mas Quijotes, las cosas iría mejor porque el pertenecer a esta "saga", conlleva muchos valores de los que quedan reflejados en la novela y que poco a poco se van perdiendo. 

El Quijote, no está considerado, a nivel mundial, como la novela más leída, más traducida  y considerada como el mayor hito escrito que permanece a través de los tiempos, a excepción hecha de la Biblia, sólo por las andanzas de los protagonistas, sino también porque de su lectura se desprenden otras cosas que nos llevan a reflexionar y a tomar ejemplo para hacer nuestras vidas más llevaderas. El Quijote es como un gran jeroglífico en donde se esconden, y hay que encontrar al leerlo, las ideas, valores y modos de vida que, a pesar de los tiempos transcurridos desde su publicación, no han cambiado. Es como uno de esos pasatiempos que por medio de figuras, símbolos y palabras, hay que descubrir lo que propone el enunciado. Querido lector, prueba a hacerlo y las encontrarás.

 


     

         

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