La vuelta al ágora

 

 

Por MARISA PICÓ

El espacio comunica. Estos últimos meses de caldeado ambiente preelectoral hemos visto un “nuevo” formato en las presentaciones públicas de nuestros políticos: el orador al aire libre, sobre una pequeña tarima y rodeado de personas en torno a él.

Esta escenografía muestra a una persona arropada por su audiencia. Se tome desde donde se tome la foto para la prensa o la imagen para las televisiones se ofrece una sensación de apoyo y unión alrededor del candidato. Por otra parte, sale muy caro organizar grandes mítines y es costoso convocar o trasladar multitudes. Eso se deja para las grandes capitales. Pero, ¿qué pasa cuando se acude a una población más modesta? La inversión es mucho menor y el resultado sigue siendo el de un líder inspirador al abrigo de un público normalmente emocionado y entusiasta.

El rendimiento de imagen de esta escenografía es muy alto pero es un formato tremendamente incómodo para el orador. La persona que está hablando debe mirar al público, girando sobre sí mismo 360º. Habla sabiendo que está dando la espalda a la mitad de la audiencia. Una audiencia que le mira (y evalúa) por detrás. No hay una dirección ni un destinatario concreto hacia quien proyectar la voz, lo que puede ocasionar una pérdida de fuerza vocal, que “el viento” se lleve las palabras; afortunadamente, cuenta con sistema inalámbrico de emisión de sonido. La dificultad aumenta si hay televisión y fotógrafos porque instintivamente su atención se va a dirigir a la cámara y no debe olvidarse de quienes tiene al otro lado.

Pedro Sánchez en un acto político con público. Además, habla sin papeles en la mano, sin atril y a una altura similar a quienes le escuchan. Desde tarimas no muy elevadas. Como si no estuviera preparado y el discurso fluyera espontánea y naturalmente. Es el formato más arriesgado para cualquier comunicador y, sin embargo, el que transmite mayor cercanía y naturalidad a nivel no consciente. El interviniente no se “esconde” tras un atril ni lee un discurso previamente preparado. El formato ágora implica “estoy con y para mi público”. Aquí y ahora.

El espacio comunica. Pero las palabras también. Con la escalada de violencia verbal y actuaciones un tanto histriónicas en la política española, este ejercicio de acercamiento resulta poco coherente. Y al tiempo transmite un mensaje muy inquietante: me rodeo de gente para criticar y vapulear a mi enemigo.

Parece que nada ha cambiado bajo el sol. Este formato escénico recuerda al ágora ateniense, que ya se utilizaba en el siglo VIII a.C. como centro político, judicial, espiritual y comercial. Un ágora donde quienes mejor dominaran el Arte de la Oratoria y la capacidad de exacerbar a las masas eran quienes tenían más posibilidades de resultar vencedores. “La dictadura de los demagogos”, como dice Marcos Chicot en “El asesinato de Sócrates”.

"La escuela de Atenas", de Rafael. En el s. XXI, "ya no vivimos en una democracia. Vivimos en una "Emocracia" en la que las emociones mandan más que las mayorías y los sentimientos cuentan más que la razón. Cuanto más fuertes son tus sentimientos, más fácil los transformas en indignación y más influyente eres", en palabras de Niall Ferguson, de la Universidad de Stanford, emocracia expandida rápidamente por medios de comunicación y redes sociales, donde se viraliza la crítica, se alaban los “zascas”, se destruye sin escuchar y se opina sin saber. Sin memoria. Sin conocimiento. Sin respeto. Todo vale para ganar popularidad.

La guerra vende. La paz no. Los medios de comunicación tenemos mucha responsabilidad en esta nueva dictadura de la demagogia al alimentar incendios y vanidades. Quien la monte más gorda más posibilidades tiene de abrir un telediario.

Urge un Pacto por la Serenidad y el debate constructivo. En nuestra mano está convertir en noticia el diálogo y propuestas que realmente mejoren la calidad de vida de los españoles. Y en manos de los ciudadanos está viralizar la sensatez e ignorar el odio.

Somos capaces de hacerlo. Ya lo hicimos en la Transición Española, en un ejemplo de escucha, empatía y vocación de servicio público. En palabras de Adolfo Suárez Illana “ningún nieto tiene el derecho de romper el abrazo de sus abuelos”.

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