No soy mujer

Toni GIl

 

Por TONI GIL

Casi a diario salgo a andar. Más a menudo por la ciudad, pero también por el campo en derredor del terrenito que poseemos en Agost. Como es a primera hora de la mañana, en el cemento capitalino me cruzo habitualmente con gente que marcha a sus quehaceres laborales, andando o en patinete –alguno he tenido que esquivar-, con gente –generalmente joven- que saca a pasear a su mascota perruna, de las cuales constato sus huellas malolientes y resecas de vez en cuando por las aceras y los orines en torno a las farolas.

Me cruzo con madres que acercan a sus niños al colegio, y también a algunos abuelos que colaboran en esa tarea; veo al guardia municipal frente al semáforo frenando a los vehículos para que crucen sin peligro todos aquellos, y atisbo que ya le queda poco para jubilarse –como si para esa tarea fuera necesario ir diariamente al gimnasio y hacer prácticas de tiro-; soslayo como puedo la nube de cagaditas de los estorninos o de las palomas –habría que ser un experto escatológico para discernir-, piso la concentración de hojas secas que los últimos días del otoño siguen abatiendo, y todo eso mientras camino a paso apresurado oyendo la radio.

Si es en el campo, quizás me asalte un conejo asustado, o me cruce de lejos con algún cimarrón abandonado por su dueño; es fácil que coincida en el paseo con el tren de cercanías o incluso con un AVE que cruza disparado desde San Vicente a Monforte. También me sorprende a menudo el ladrido de algún perro tras una valla, unas torcaces que alzan el vuelo desde un solitario algarrobo, algún ciclista que prefiere la tierra apisonada al asfalto, o algún tractor mañanero cargado de cajas de uva aledo recién cortada.

Aquí o allá, paseo, ando y a veces troto, sin miedo. Acaso será porque no soy mujer.

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