¿Machismo o feminismo?

 

Por JOAQUÍN ÑECO

El gobierno autónomo de Cantabria ha patrocinado un video sobre el machismo en el que un actor se dirige a una serie de hombres haciéndoles preguntas impertinentes y tratando de involucrarlos como si fueran unos verdaderos machistas.Si he de ser sincero, ninguna de las dos palabras me gustan sobre todo si se utilizan de forma ideológica o revanchista. La palabra IGUALDAD me parece la más adecuada para lograr los fines que persiguen la mayoría de las mujeres en el mundo.

Durante los días anteriores a la manifestación multitudinaria a nivel mundial que se produjo el pasado 8 de marzo y en las últimas del pasado 25 de noviembre, he oído decir cosas que, a mi corto entender, no venían a cuento sobre lo que pretendían esas mayorías de mujeres y, en cambio, estaban envueltas en un tufillo político que, alguno de los líderes de los partidos, de los organismos sindicales y de grupos extremistas de nuestra nación utilizaron la ocasión que se les presentaba, para arrimar el ascua a su sardina y obtener un rédito que no era coherente con el sentir general de las mujeres que era lo que se perseguía. Más les hubiera valido el hacerlo a diario y no olvidarlo, como así sucede, una vez transcurrido el Día de la Mujer, el 8 de marzo y el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el 25 de noviembre de cada año.

A mi modo de ver, la igualdad de mujeres y hombres no pasa, solamente, por arreglar el problema de la brecha salarial, el acceso a puestos de responsabilidad en sus trabajos, el utilizar la educación escolar con libros adecuados sobre el tema para enseñar a los más pequeños que todos somos iguales o en aprobar una ley que regule las condenas en los casos de violencia de género de una manera rigurosa. Evidentemente, estoy de acuerdo en que deben de emprenderse medidas, pero creo que no bastan para que la sociedad cambie. La solución a este problema, tan viejo y tan anacrónico como la propia humanidad, reside en cada uno de nosotros como individuos y en nuestros propios hogares.

Hace mucho tiempo leí un cuento que, en mi opinión, encierra una moraleja que puede que le haga reflexionar y llegar a encontrar la forma de crear esa IGUALDAD desde su hogar:

“María y Andrés, son un matrimonio como tantos otros. Tan típicos como cualquier pareja. Como muchos matrimonios, se esfuerzan para que el sueldo les alcance mes a mes para darles a sus hijos todo lo necesario y ambos trabajan. También son típicos, en otro sentido, por las discusiones que frecuentemente suceden entre ellos. Parte de esas discusiones tienen su origen alrededor de los muchos desencuentros en su relación matrimonial y sobre todo de quién es el culpable de esas situaciones acusándose mutuamente. También, en lo referente a sus cuatro hijos, surgen opiniones encontradas que les llevan, muchas veces, a que estos las presencien.

Un día ocurrió un suceso, un tanto extraño, cuando María encontró a su marido en la habitación matrimonial, delante de la cómoda y le dijo: Sabes María, esta cómoda es mágica. Cuando abro un cajón para buscar mis calcetines o mi ropa interior, lo encuentro lleno y ordenado. Quiero agradecerte el haberlo hecho durante tantos años. María mira a su marido con un gesto en su cara un tanto sorprendido y le pregunta: ¿Qué quieres decirme Andrés? Nada, sólo quiero que sepas cuánto que aprecio estos cajones mágicos.

No era esta la primera vez que Andrés hacía algo insólito y raro, y por eso María no lo tuvo en cuenta y pasados unos pocos días lo olvidó. Unos días después, en una conversación que mantenía con Andrés sobre los esfuerzos que tenía que hacer para administrar el salario y llegar a final de mes, este le dijo: María, gracias por cómo durante tantos años has administrado nuestros escasos recursos económicos para llegar a final de mes. Sin creer lo que oía, María dejó de tejer una bufanda que hacía para su hijo Alfonso y le contestó: Andrés, siempre te has quejado de cómo despilfarraba nuestro dinero, en peluquería o en comprarme para mí o para tu hija Genoveva unos zapatos nuevos, cuando tú te gastabas también nuestros recursos en el bar y en acudir a  los partidos de tu equipo favorito. ¿Por qué opinas ahora lo contrario? Andrés le dijo: Por nada, sólo quería que supieras que aprecio los esfuerzos que has hecho para cubrir nuestras necesidades familiares. María sacudió la cabeza y pensó: ¿Qué bicho le habrá picado?

Al día siguiente, durante la cena volvió a comportarse de una manera que no era habitual en él y le dijo a María: María, una cena excelente. Quiero decirte que siempre he valorado el interés que pones en todas tus comidas, después de haber cocinado en los 20 años que llevamos casados, 14.600 almuerzos y cenas. Y añade: También quiero decirte, cariño, que además de tu trabajo en el supermercado, nos has cuidado al resto de la familia y has mantenido la casa con gran esfuerzo. Gracias por cuanto has hecho  María. Te prometo que, en adelante, vas a tener mi apoyo en todas esas tareas que hasta ahora hacías tú sola.

María, se sentía cada vez más preocupada por el comportamiento de Andrés y llegó a pensar que estaba desvariando, probablemente, porque se acercaba a la cincuentena.  También pensó: ¿Dónde han ido a parar su sarcasmo y sus sesiones de sillón leyendo el "Marca" mientras yo limpiaba la casa y hacía las comidas después de mi jornada de trabajo en el supermercado? La confirmación de sus sospechas, todavía se reafirmaron más cuando su hija Genoveva, de 18 años, le confesó a su madre que: Mamá. Papá esta desvariando. Me ha dicho que estoy muy guapa con este vaquero lleno de rotos y con el maquillaje que me he puesto hoy. Siempre me había dicho lo contrario. Papá no está bien. ¿Qué le pasa?

Fuese lo que fuese, el caso es que Andrés, día a día seguía "desvariando" según su familia, pero él evolucionaba positivamente en cuanto a su relación con ellos y especialmente con María. Conforme discurría el tiempo, todos se fueron habituando a que Andrés mostrara su buen hacer limpiando la casa, haciendo algunas veces la compra y preparando la cena para que María, cuando volviese cansada de su jornada laboral, no tuviera que hacer las faenas domésticas que hacía con anterioridad.

María, con el paso de las semanas, meses y años se fue habituando más y más al comportamiento de Andrés y de vez en cuando le daba las gracias por su ayuda. Se enorgullecía de su marido a pesar de que se tomaba el cambio con un cierto recelo. Un día, Andrés, tras almorzar en su casa no se sentó en su sillón para su "siestecilla" que habitualmente hacía antes de incorporarse de nuevo para completar su jornada laboral y le dijo a María: Yo voy a lavar los platos. Así que por favor deja esa sartén y sal de la cocina. Gracias Andrés. Muchísimas gracias. Aquel detalle que había tenido Andrés con ella le hizo recordar cuando, en el pasado, regresaba de su jornada habitual de trabajo y tenía que hacer la comida a pesar del cansancio y después fregar la vajilla utilizada. Eso le llevó a reflexionar que Andrés había cambiado a mejor y que estaban en el mismo plano de IGUALDAD. Era el mismo Andrés del que se enamoró en su juventud y que la trataba con cariño y RESPETO. Esta reflexión también le hizo reconocer que prefería la conducta actual de Andrés y que ya no tenía esa tristeza que tanto le afectó en su autoestima.

Aquí acabaría el cuento a no ser que, un día, Andrés en una conversación que mantenía con María sobre sus respectivos trabajos, le dijo lo siguiente: María, quiero agradecerte el haber trabajado en el supermercado y el haber contribuido con tus salarios en el mantenimiento de la familia durante todos estos años. Nunca te dije en el pasado cuánto lo he agradecido. Ahora te doy las gracias por cuánto hiciste por toda la familia. Y añadió: Te pido también disculpas y tu perdón, por mi modo de tratarte durante tantos años y admito que he sido un machista que no ha sabido reconocer tu valía como mujer y como persona.

Nunca, María, supo a qué fue debido el cambio de conducta de Andrés, aunque no le importó el no saberlo, porque era consciente que había alcanzado la IGUALDAD que muchas mujeres tratan de encontrar pero que nunca les llega y eso le hizo feliz durante todo el tiempo en que convivió con su marido a partir de ese momento en que Andrés reconoció que había sido un machista”.       

Eso se llama para mi RESPETO que hace que una mujer se dignifique y consiga la IGUALDAD. Luego, las otras cosas que se reclaman son importantes pero no tanto como las que hemos dejado con letras muy grandes escritas en este relato. Lo bueno del caso, es que los hijos también aprendieron de Andrés y participaron, todos a una, en esa IGUALDAD. Hoy todos ellos están casados y con hijos y lo que un día aprendieron de su padre, lo han puesto en práctica en sus respectivos hogares. Es posible que en el futuro, algunos de estos hijos que durante su niñez han visto cómo sus padres se trataban en un mismo plano de IGUALDAD y lleguen a ser empresarios, políticos, ejecutivos de organizaciones y empresas etc., puedan llegar a resolver el problema de la brecha salarial, el respetar la maternidad de las mujeres, la conciliación familiar, los  cargos en jefaturas presidenciales o de primeros ministros. Eso será algo que se habrá conseguido con lo aprendido en nuestro propio hogar: que la mujer está al mismo nivel que el hombre. Lo demás es ponerle parches al problema.                 

¿Es una simpleza, la moraleja que se puede extraer de esta también simple narración? Puede que lo sea, pero también es cierto que aquello que aprendemos de niños, en nuestros hogares, lo bueno y también lo malo, no se olvida a lo largo de nuestra vida y quizás este sea el camino para que entendamos desde muy niños que la IGUALDAD entre ambos géneros se merece un RESPETO. Lo demás, manifestaciones, leyes, educación escolar y opiniones pueden ser unos buenos complementos pero sin cimientos firmes no se pueden levantar rascacielos.

  

      

                         

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn