La ciudad me duele

Toni Gil

Por TONI GIL

“Pérdida de cercanía de la naturaleza, de la identidad; angustia, inseguridad, dosificación del tiempo; el crecimiento, la dispersión y la creación de periferias; el tráfico, la arquitectura y los problemas de espacio; la mercantilización, la difícil socialización y sociabilidad; la exclusión, el desempleo y el culto a la movilidad y el confort; la zonificación, los intereses funcionales, la especulación, el poder del mercado y la indiferencia”.

Ese era el resumen tras un congreso celebrado en el Colegio de Arquitectos de Madrid que publicaba el diario El País en abril de 1997 bajo el titular “Qué le duele a la ciudad”. Esta semana he vuelto a la mía, tras un largo verano rural y en los andares matutinos constato que nada ha cambiado en cuatro meses de nueva gestión municipal.

Las aceras siguen llenas de cagadas de perros, las farolas y las paredes de orines, nos invaden las colillas, los papeles, los plásticos, los botes…hasta crece hierba en las juntas de las aceras con el asfalto, basura en derredor de los contenedores y no me he tropezado con ni un solo empleado público de limpieza. Miento, en el castillo de San Fernando había uno con un soplador de hojarasca.

Mientras tanto, los medios recogen el desaire de la Generalitat a la Universidad, el nonato proyecto de peatonalización de la fachada este de la Explanada, la apertura al tráfico rodado en torno al Teatro Principal, la ordenación de los pisos turísticos, la subida del paro y el cobro del IBI…

Nada sobre sensibilizar a los ciudadanos a cuidar de su entorno, la ciudad que es de nuestra propiedad; nada de exigir a los responsables de su adecuado mantenimiento –gestores políticos, funcionarios técnicos y empresas adjudicatarias- el cumplimiento estricto de sus obligaciones, por las cuales, precisamente este mes, la mayoría cumplimos con los impuestos. Nada de multar a los insensibles que fuman y tiran la colilla al suelo; nada de educar a los jóvenes a no dejar las latas de refresco en los vanos de las ventanas; nada de sugerir a las señoras que lleven a los perros a hacer lo suyo a los alcorques de tierra, nada de nada…

Así que, con esta ciudad que tanto me duele, me dan ganas de hacer mía la letra de esa canción de Rosana e irme de nuevo al campo. Sólo un atisbo de esperanza: en mi plaza, a la que han cambiado el nombre pero aun no han colocado el nuevo, en una esquina donde antes dormía un mendigo me he cruzado con una persona de edad, de rasgos orientales, practicando tai chi. Probablemente a él le dolerá algo menos.

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