El salvaje del cabo. Un relato verídico

Alberto Pinillos

 

Por ALBERTO PINILLOS

Unos cuantos años atrás, no más de una década, habitaba un hombre joven al que denominé, por los motivos que el lector comprenderá si completa este breve relato, el salvaje del cabo. Se había instalado en una ruinosa construcción abandonada en el principio del Cabo de la Huertas, desde donde se divisa al inicio de la playa de San Juan de Alicante y toda la bahía, junto a una pequeña cala. Vistas no le faltaban. Era un individuo peculiar como pocos, de aspecto bastante desarrapado si puede calificarse así, ya que se pasaba la mayor parte del tiempo completamente desnudo, deambulando arriba y abajo por esa zona durante todo el año.

Ruinas de la construcción donde moraba el salvaje del Cabo. Foto: A. PINILLOSDe tez morena oscura hasta casi la negritud, barba desmesurada y curtido por el implacable sol, parecía llevar bastante bien su soledad, se supone que voluntaria.  Era hombre muy parco en palabras y de mirada sospechosa e incisiva. No pude cruzar con él más que algún “hola” y nunca le escuche mediar palabra alguna con nadie.

De noche se alumbraba con la luna y las estrellas, y cuando se retiraba a su espacio preferido, se podía distinguir una tenue luz interior procedente de velas o alguna oxidada linterna, por algún ventanuco o por los agujeros que ya descubría la ruinosa fachada del pequeño espacio donde habitaba. Su guarida, por que eso era casi literalmente, era una especie de antiguo almacén junto a una de las calitas que hay debajo del faro, unos pocos cientos de metros antes de llegar al mismo. Mantenía aún una parte del techo, que puedo asegurar amenazaba con caerse solo con mirarlo. Y ahí estaba este hombre. Durmiendo a pierna suelta y sin puerta alguna, confiado, eso sí, en que sería extraño que alguien fuera a entrar en aquél lugar e interrumpir su intimidad.

Por aquellos años no estaba aún vallado el perímetro que ahora protege el faro y sus aledaños. Eso le facilitaba también la caza de conejos, bastante frecuentes entonces por la zona. También tenía una caña rudimentaria y un hilo de nylon, por lo que es fácil de imaginar que algún pez pescaría.

Tenía el hombre hábitos tranquilos, casi contemplativos, que en ocasiones se veían alterados cuando pasaban por el camino que conduce al faro señoritas de buen ver, normalmente en bañador o en bikini. En más de una ocasión en la que yo paseaba casualmente por allí, le vi acercarse a alguna de ellas haciendo ostentación de sus atributos y provocando un susto incluido quien escribe este relato.  Pero todo quedaba en eso. Cuando se había dejado ver suficientemente, regresaba a su hábitat natural .

En una ocasión le vi junto a los restos de un velero naufragado en la misma punta del cabo, tratando de aprovechar algunos utensilios y materiales como cuerdas, trapos y artilugios diversos de cocina que habían quedado esparcidos en las rocas a la intemperie tras el naufragio.

Contrasta y no poco, que en una de las zonas residenciales más cotizadas de Alicante como es la zona del faro, habitase, hasta tiempos tan recientes un espécimen tan auténtico y “robinsoniano”, que evocaba y no poco las novelas de náufragos al estilo Defoe o Stevenson.


Era el salvaje del Cabo de las Huertas. Un día desapareció y no volvimos a verlo. Desde entonces, solo quedan unas pocas ruinas de la memoria de quienes lo vimos por allí campando a sus anchas.

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