A vueltas con el valenciano

Toni Gil

 

 

por TONI GIL

Andan las gentes castellanoparlantes revueltas con el decreto sobre el plurilingüismo que trata de la enseñanza del valenciano en ésta la nostra comunitat. Y no sólo en zonas donde la lengua autóctona ha brillado secularmente por su ausencia, sino en áreas en derredor de la ciudad de Alicante, donde su uso es tan poco significativo como respetable.

 

Siendo uno descendiente de manchegos, aunque ya nacido en la terreta, aprendí a respetar la llengua de dos anécdotas que me llegaron siendo yo bastante joven; la primera, se refería a la abuela de un compañero, residente en una partida rural alcoyana, que las pasaba canutas cuando visitaba al médico de familia: ella solo sabía expresarse en el lenguaje que había heredado de sus mayores, y el galeno, trasladado desde la meseta, sólo entendía el idioma de Cervantes. El segundo sucedido, la acaeció a un colega de Pinoso: criado en el entorno familiar sólo hablaba valenciano y al llegar a los seis años al colegio, por rigurosas órdenes docentes, allí sólo se impartía enseñanza en castellano; tras algunas semanas, el profe se dio cuenta de la inopia del alumno, y avisó a la familia, con quien se convinieron unas clases particulares –fuera del centro- de aprendizaje de la lengua “oficial”.

 

Otra cuestión, aparentemente baladí, es la calidad del valenciano, en la que no entraré por no considerarme conocedor suficiente, pero también aquí citaré dos anécdotas más: una cuñada, maestra en Crevillente, sufrió de lo suyo cuando tuvo que amoldar su lenguaje al “libro” impuesto por Cipriá Ciscar; y el caso de mi amigo monovero, hombre de letras, culto donde los haya, y valencianoparlante, cuando trató de obtener el certificado no solo suspendió en el grado superior sino que tampoco pudo alcanzar el mitjá, para su desespero; por lo visto, lo que había mamado era otra cosa.

 

Me dicen que la presión se ha ejercido de tal forma a los colegios concertados que éstos han de asumir de tal forma el asunto porque de lo contrario puede peligrar la subvención: la coincidencia de plazos y fechas parece estar condicionando decisiones. Y un ejemplo: en un colegio de Gran Alacant (urbanización de Santa Pola) donde predominan niños extranjeros y emigrantes, me aseguran que están tratando de imponer el máximo nivel de valenciano frente al castellano y al inglés.

 

Hasta se afirma que se realizarán valoraciones preferentes y/o excluyentes para asignar plaza de funcionarios en función del conocimiento de lo que es –en esto espero que no haya discusión- la segunda lengua. Entiendo que valorarla no ha de significar excluir, que incentivar no ha de suponer castigar, y que no se enseña a amar pegando palos. Y ya  hay quien –con un doble sentido- le llama decreto del monolingüismo. Y es que hay quien ve las cosas casi a ciegas.

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